Panamá, 17 de mayo de 2002
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Cacarear o morir

La confrontación evidencia sobre todo, el estado de guerra entre unos políticos que necesitan las luminarias, y unos medios que poseen su propiedad y que enfocan lo malo

Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx

Cuando Mireya introduce el concepto “cacarear obras del gobierno”, pone la mesa del banquete a los caricaturistas. A primera vista, la figura no pareció feliz. Para mi asombro, cacarear resulta sinónimo de ponderar. A mitad del período, el gobierno toma posiciones para una batalla de percepciones que no va ganando. La presidenta lo entiende e invita al equipo a ponderar obras, mientras el ministro Aníbal Salas anuncia revisión de las leyes mordaza.

Pero la polémica con unos influyentes medios parece consustancial al arnulfismo. Gobierno y prensa que –como trago con agua bendita– no mezclan bien. Hoy, los enfoques de Telemetro, RPC televisión y radio, El Universal y El Panamá América, tampoco mezclan demasiado con el oficialismo. La Prensa también amplía distancia. A pesar de los encontronazos, Endara y ahora Mireya y su Ley de Transparencia, respetan como los que más la libertad de expresión.

Por su parte, Balladares mantuvo reuniones con periodistas y columnistas, organizadas por su atildada directora de comunicación. Excepcionalmente confronta. Demanda a varios y trata de negar permiso de trabajo a Gorriti de La Prensa, para propiciarse un lío internacional. Hace un mes, Martín agasaja a comunicadores con tenida en un bar de moda. El PRD hoy reconoce las ventajas de invertir en comunicación.

Ningún político panameño mezcla tan mal con medios como Arnulfo. Resulta adversado incluso, por los periódicos de su hermano Harmodio. Terrible orador, pero cuyo arresto para enfrentar adversidades genera, por 60 años, una inercia noticiosa que le atrae titulares. Y mientras más Arias desprecia a los medios, con más avidez éstos lo persiguen. Quedaría demasiado fácil concluir que los arnulfistas de hoy repiten la historia en espiral, como difícil concebir en plena era de la comunicación, tanto idealismo ingenuo.

Los arnulfistas evidencian incomodidad de mezclar con cámaras y micrófonos, salvo excepciones. Y para vencer la inseguridad estarían remedando, cual espiral de Arnulfo, aquello de situarse encima del bien y del mal, al mantener silencio ante los ataques. Ayer pretenden evadir la discusión sobre nepotismo y corrupción. Pero el tema resulta demasiado dulce a unos medios que, pintados de guerra, mantienen vigentes ambos temas. Y aunque ministros intentan responder, terminan relegados a páginas internas con despliegues ínfimos. Los medios ejercen su vocación denunciadora, copando primeras planas con cualquiera que abanique sospechas hacia el oficialismo.

Pero el gobierno zigzaguea cuando hoy endilga a los periodistas durísimos epítetos, para mañana consentirlos. La propia Mireya relativiza que “no son todos”. Los señalados aducen que sólo reflejan la realidad, mientras rebuscan con fruición la versión “objetiva” más escabrosa. Quienes aducen que en denunciar lo malo está el papel del periodismo, mientras que en divulgar lo bueno el de las relaciones públicas del gobierno, también renuncian al concepto de objetividad periodística.

Si el Ejecutivo está realizando obras, entonces su equipo de relaciones públicas no garantiza que el cacareo ministerial alcance titulares. Los arnulfistas blanden razón cuando restriegan a los medios que estos parecieran vacunados al efecto de las relaciones públicas oficiales. Pero la confrontación evidencia sobre todo, el estado de guerra entre unos políticos que necesitan las luminarias, y unos medios que poseen su propiedad y que enfocan lo malo.

Por su lado, las encuestas demuestran que el público cree el doble en los medios que en el Gobierno. El carro de Unión por Panamá parece optar por, en vez de montarse en el poderoso tren, chocar contra este.

Y cuando restan sólo 18 meses para la campaña, resalta el déficit de líderes telegénicos de manejo contundente ante cámaras y micrófonos, que defiendan la gestión del gobierno. Aunemos esto a la política zigzagueante hacia periodistas con quienes exhiben tensión. Añada usted a unos ministros que no alcanzan suficientes titulares, a menos que sean para exhibirlos cuando tropiezan entre ellos o yerran. De mantenerse el statu quo, la credibilidad del gobierno de Unión por Panamá nunca ganará flotación. Convendría a los seguidores del Gran Líder, por el bien del país, declarar la estrategia de comunicación del gobierno en ¡crisis!

El autor es investigador de mercado


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