Economía y política… ¿o sexo y cocina?
Hay una especie de árido desierto intelectual, frente a un serio problema de viabilidad económica y política
I. Roberto Eisenmann, Jr.
Por cortesía de la embajada norteamericana, ILDEA (Instituto Latinoamericano de Estudios Avanzados) pudo invitar a un conversatorio con el economista y profesor Forrest Colburn, que resultó ser altamente revelador e interesante.
El profesor Colburn cumplió con lo que considero una obligación de todo intelectual: hacer esfuerzos por simplificar las cosas. Presentó unas cuantas y sencillas diapositivas que comprueban que el modelo neoliberal o simplemente “liberal” (como él prefiere llamarlo) –nacido luego del exhausto modelo de sustitución de importaciones– no ha producido los beneficios que prometió. Los ganadores han sido pocos y los perdedores muchos. Comprobó, luego de muchas entrevistas con grandes empresarios de la región, que estos están resignados al modelo que consideran una imposición, aunque a la vez se sienten amenazados por el mismo. Curiosamente, parece haber consenso de izquierdas y derechas, ya que ambas sienten igualmente la amenaza del modelo. Pero lo más preocupante –indicó el profesor Colburn– es que nadie está debatiendo ni produciendo ideas nuevas para resolver el dilema. Indica que las universidades –tanto en el sur como en el norte– están como muertas, sin ideas, sin debates. Las bibliotecas no tienen libros nuevos sobre la economía ni sobre la política, sino sobre sexo, cocina y sobre cómo ganar millones a lo Bill Gates. Hay una especie de árido desierto intelectual, frente a un serio problema de viabilidad económica y política. La presentación del profesor Colburn fue objetiva, impactante y motiva preocupación.
Por otra parte, ha salido un importante libro titulado The Elusive Quest for Growth, del economista William Easterly, quien trabaja (¡no sé hasta cuándo!) con el Banco Mundial. Indica en él que ninguno de los modelos aplicados por el Banco Mundial ha cumplido hasta ahora con lo prometido. Es, según Easterly, una historia triste, y que lo peor es que modelos que fracasaron hace 40 años siguen siendo vendidos por economistas internacionales hasta el día de hoy.
Según este honesto economista, hay varios problemas fundamentales y básicos en los modelos económicos desarrollados por su profesión; uno es que sus análisis no toman en cuenta el entorno político y mucho menos a los gobiernos cleptocráticos, y el otro es que olvidan el principio básico de la economía descrito por Landsburg, cual es que los seres humanos responden a incentivos; todo lo demás es simplemente comentario. La mayoría de los modelos no solo no incluyen incentivos que provoquen acción hacia los objetivos enunciados, sino que tienen lo que llama “incentivos perversos”, contrarios a los objetivos de los modelos. Un estudio sobre el crecimiento de los países que recibieron préstamos de ajuste estructural –dice– demuestra que los estimados del propio Banco Mundial, donde trabaja, estaban errados en 3.5% porque los préstamos estructurales son incompatibles con el principio básico de que “la gente responde a incentivos”, además de que hicieron caso omiso a la corrupción de los gobiernos.
En conclusión: los modelos hasta ahora conocidos no cumplieron con lo prometido y que, en vez de dedicarnos a leer sobre Bill Gates, sexo o cocina, debemos –los ciudadanos de cada país– debatir ideas nuevas para establecer la fundación económica y política del país que queremos. Los partidos políticos están exhaustos, los economistas, quemados; nos toca a los de la sociedad civil (entidades privadas dedicadas a la agenda pública sin aspirar al poder público) tomar la batuta de la iniciativa y –sin buscar modelos milagrosos y utópicos– provocar consensos nacionales sobre la visión del país que queremos, y cómo lograrla vía acciones concretas y pragmáticas que tomen lo mejor de los modelos ya exhaustos, y adicionen ideas nuevas y creativas. Recordemos que los seres humanos respondemos a incentivos, que la iniciativa individual del hombre es el mejor motor para el desarrollo y que la solidaridad social es vital para lograr una sociedad estable y justa.
Caminemos, a partir de allí, el continuo camino de producir ideas frescas que nos lleven a consensos.
El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
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