La otra corrida
A mí no me interesan las cosas materiales, porque termina uno siendo esclavo de ellas. Y yo nací para ser libre
Guillermo Sánchez Borbón
No voy a levantar el capote para que –como en los dibujos animados, que tanto me gustan– la última embestida del toro se pierda en un ruedo infinito. Me reduciré a poner los puntos sobre algunas íes y otras tantas jotas.
No veo por qué estar siempre de buen humor sea un defecto. En cuanto a la presidenta actual, al principio le di públicamente consejos y después palos. Nadie le ha dicho cosas tan duras como yo, por ejemplo: que su gabinete es el peor de la historia republicana; también le sugerí que le cortara las cuerdas vocales a todos sus ministros para que no sigan metiendo la pata cada vez que abren la boca. Como ya no tengo la columna, no puedo comentar (como lo hacía en tiempos de la dictadura y en los primeros de Endara) los sucesos del día. Tengo que llevar mi artículo semanal al periódico los miércoles o jueves para que aparezca los domingos. De ahí las generalidades a que se refiere el toro, olvidando convenientemente que bajo su gobierno hice lo mismo. Sólo me ocupaba de él cuando sus estupideces se pasaban de la raya. Aunque debo reconocer que el ex presidente es tan solemne, y se toma tan en serio, que es una invitación abierta a la cuchufleta, invitación que en alguna oportunidad acepté.
Lo reto a que señale una sola de las obras que haya construido la Hutchison en Cristóbal. En cuanto al INTEL, debo decir lo siguiente: yo no he estudiado en ningún centro del saber. Pero aquí donde me ven, soy egresado de la Escuela República de Nicaragua, y no he olvidado las cuatro operaciones que me enseñaron ya no recuerdo en qué grado. Con ellas me basta para darme cuenta de que fue un mal negocio vender, por una bicoca, una empresa que producía 150 millones anuales de ganancia. Se privatizan, como lo hicieron en otros países, empresas deficitarias. Tampoco creo que el Estado deba meterse en el negocio de la producción (todavía estamos pagando las locuras del proceso con el azúcar). Otra cosa son los servicios. Cuando, durante el gobierno de Endara, Billy Ford anunció, con su característico énfasis, que le cortarían el agua a todos los morosos, yo le pregunté: ¿usted tiene una idea de lo que ocurriría si les cortan el agua a los pobres en plena epidemia de cólera? Sale más barato subvencionarlos, que pagar el coste prohibitivo de las consecuencias sanitarias. Es obligación del Estado suministrar el agua, aunque la operación arroje cuantiosas pérdidas. No puede manejarse como un negocio.
En cuanto a cuál de los dos es el mentiroso y calumniador, eso es mejor dejárselo a la opinión pública.
El toro se jacta no sólo de sus bienes, sino de la educación superior que recibió en una prestigiosa universidad norteamericana, e insinúa que si yo hubiera hecho lo mismo (en vez de perder el tiempo en los cafetines) ahora tendría tantos autos, casas, aviones y yates como él. A mí no me interesan las cosas materiales, porque termina uno siendo esclavo de ellas. Y yo nací para ser libre.
En cuanto a lo otro... es un hecho histórico que la Primera Internacional se desintegró por los choques entre Marx y Bakunin, dos colosos intelectuales. En muchas de las cuestiones debatidas Marx tenía razón, en otras no. Por ejemplo, Bakunin le aconsejó a su adversario: déjese de hablar tan despectivamente del lumpenproletariat [como es sabido, lumpen en alemán significa harapo y también chusma y también guiñapo]. Y hace una predicción terrible: si a lo que usted llama lumproletariat no lo recluta la revolución, lo reclutará la reacción. En un luminoso estudio, Gyorgy Lukacs dice que la base social del fascismo eran los lumpenproletarios y una clase media depauperada y resentida. ¿Qué tiene que ver lo anterior con lo que discutimos? Nada, por supuesto, pero me importaba resaltar el don profético de Bakunin. En el curso de otra de sus peloteras, predijo que en el futuro la explotación no será de los que tienen a los que no tienen, sino de los que saben a los que no saben. Pero el saber –tronaba el genial profeta del anarquismo– de los nuevos explotadores no será un saber verdadero, sino un falso saber, hecho de terminologías herméticas, debajo de las cuales se abre un abismo de ignorancia. Leyendo estas palabras pensé mucho en el toro y en los expertos que han hecho cisco las economías de nuestros pobres países subdesarrollados.
Por lo demás, yo no menosprecio los títulos. Me hubiera gustado seguir estudios sistemáticos; no lo hice en parte por las circunstancias, pero en gran parte por culpa mía. Bernard Shaw decía que él era un hombre educado gracias a que había abandonado la escuela a los 14 años de su edad. Huelga decir que yo no suscribo esta exageración. Pero tampoco hay que exagerar la importancia de los diplomas. Hace poco, me decía un amigo que nunca antes se habían sentado, en los bancos de la Asamblea, tantas personas con títulos universitarios, pero, se apresuró a añadir, jamás hemos tenido peores diputados. Y la pobreza del debate político actual es deprimente. Quedamos en que yo no menosprecio los diplomas, pero tampoco exagero su valor.
Para terminar, repetiré lo que le dije a José Franco: a partir de hoy el toro puede escribir todas las cartas que se gesten en su minerva, que yo no le voy a contestar. No me divierte polemizar con él. El poco tiempo que me queda sobre la tierra es demasiado precioso para perderlo en gansadas.
Además en opinión
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• ¿Qué son los bienes
ocultos del Estado?: Guillermo A. Cochez
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• ¿Educación
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Guillermo Sánchez Borbón
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