Panamá, 13 de mayo de 2002
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Diana: un viaje a la esperanza

La única esperanza era conseguir $260 mil para pagar un trasplante de hígado en Estados Unidos

Hermes Sucre Serrano
hsucre@prensa.com

Diana Cristina Montemayor Castillo.

Aquel 24 de noviembre de 1996 el débil sol de la tarde daba los últimos retoques a las paredes del hospital Jackson Memorial de Miami. El cirujano Andreas Tzakis enfundaba sus manos en los apretados guantes de plástico, con una inquietud parecida a la que sienten los toreros cuando se ponen su vestido de luces, antes de enfrentarse a la disyuntiva de la vida o la muerte.

Los ojos azules del veterano médico griego estaban fijos en Diana Cristina Montemayor Castillo, panameña de 11 años, cuando era colocada bajo los candiles del quirófano para recibir en su cuerpo el hígado donado por un muchacho de Nueva York.

La cirugía se inició a las 6:00 de la tarde del 24 de noviembre. Ocho horas duraría aquella espera. Isabel, madre de Diana, acompañada del kiwanis José Antonio Monzó, su esposa Catita, y de un sobrino, (Edwin Castillo), aguardaba angustiada. El padre, César, y los hermanos, Carlos y Daniel, se mantenían unidos por la oración desde Panamá. A todos ´les parecía que las manecillas del reloj no se movían.

La sala de espera estaba repleta. Como a las 2:00 de la tarde del 25 de noviembre Isabel sintió un vacío en sus piernas, como si desapareciera el piso, cuando vio al doctor Tzakis levantar su pulgar derecho en señal de triunfo. “Los dos nos unimos en un emocionado abrazo, lo sentí como mi familia” comentó Isabel.

Diana, quien cumplió 17 años el pasado 8 de mayo, ahora se pasea del brazo de Tzakis por los lustrosos e inmensos pasillos del Jackson Memorial para visitar a pacientes que, como ella, luchan por una oportunidad de vida.

Historias de valor

El drama de Diana comenzó a los tres años, cuando se le detectó histiosistosis X, una enfermedad complicada (no solo de nombre) que destruye el hígado. A los ocho años padeció un raspado digestivo debido a las várices esofágicas que castigaban su garganta. Poco a poco la enfermedad fue diezmando su frágil anatomía.

La crisis tocó a la puerta el 7 de mayo de 1996, un día antes de cumplir 11 años. Se encontraba de excursión en el Hogar Javier de Capira con sus compañeros del sexto grado del Colegio Javier. “Tengo ganas de vomitar”, fue lo único que alcanzó a decirle a Syhara, su mejor amiga. En un periquete todos quedaron bañados en sangre. El 6 de junio de 1996 fue internada en cuidados intensivos en el Hospital del Niño con 5 gramos de hemoglobina; las continuas transfusiones sanguíneas fueron en vano. Fue cuando sus padres recibieron el doloroso ultimátum médico: o consiguen 260 mil dólares para un trasplante de hígado o pierden a la niña. Los Montemayor aceptaron el desafío, con el único recurso que su fe en Cristo, en San Judas Tadeo y en el Divino Niño.

Hermanos de la mano

Ya no había tiempo que perder. Sus compañeros del Javier se lanzaron a la calle a pedir plata en los semáforos, a vender suéteres con la leyenda “Diana, estamos contigo”. Los estudiantes de Comunicación Social de la Universidad Santa María la Antigua (USMA) hicieron un concierto de rock para recoger fondos. La causa de Diana se convirtió en una cruzada nacional. El empuje inicial lo dio el Colegio Javier y el Club Kiwanis. El expresidente Ernesto Pérez Balladares le puso el azúcar al merengue cuando donó 100 mil dólares. En septiembre de 1996 ya se había colectado el dinero.

El filántropo Tomás Ford hizo los contactos con los médicos estadounidenses del Jackson Memorial de La Florida. Diana pasaría cinco meses en Miami hasta completar todas las etapas del trasplante. Los dos primeros años (97 y 98) sufrió algunas amenazas de rechazo, pero como los jóvenes se entienden aun después de la muerte- la compatibilidad con el donante neoyorquino fue perfecta.

Una vida por delante

Ella sigue un tratamiento médico riguroso; diariamente toma medicamentos costosos, que sufraga con la ayuda del Club Kiwanis y de la Caja de Seguro Social. Tiene que viajar al Jackson Memorial por lo menos una vez al año.

En Panamá hay tres personas que han recibido trasplante de hígado: Marlon De Sousa, Mónica Muschett y Diana Montemayor.

Diana regresó a Panamá el 10 de febrero de 1997. Se graduó el año pasado de bachiller en Ciencias, Letras y Filosofía. Picada por los grandes retos, ahora estudia periodismo en la Universidad de Panamá. “Le debo mucho a la vida, por eso quiero hacer algo por la gente; aliviar sus tragedias” indicó.

Es aficionada a la lectura, en especial de las obras de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. “Quiero graduarme y trabajar para cambiar las cosas, mejorar el nivel de vida de los panameños”.

Dijo que es una lástima que muchos jóvenes no aprecien el don de la salud y se autodestruyan en manos del vicio. “Yo les pido a los muchachos (y a los adultos también) que se valoren más, que comprendan que la vida es fugaz”.

Para Diana cada día es una cuenta de rosario que se une al milagro de su vida. “Yo celebro mi cumpleaños dos veces al año, el 8 de mayo y el 24 de noviembre”, afirma la jovencita.

Isabel, su madre, sigue como profesora de matemáticas en la primaria del Colegio Javier; César Montemayor quedó cesante en su trabajo, mientras que Carlos y Daniel disfrutan de la hermana que regresó.

En Panamá hay muchos niños y jóvenes que requieren de trasplantes de órganos y de otras operaciones igual de costosas. En un país con una vergonzosa distribución de la riqueza, los buenos samaritanos no crecen al mismo ritmo que las necesidades. Sin embargo, Diana es un vivo testimonio del poder de la perseverancia.

Al doctor Andreas Tzakis, a quien Diana llama “mi héroe”, le gusta dar buenas noticias, por eso pone todo su empeño para que su bisturí marque la esperanza de una nueva oportunidad ante la vida.


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