Panamá, 12 de mayo de 2002
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Ayer, hoy, mañana

No hay duda de que en todas partes la gente está cansada de los partidos y líderes tradicionales

Guillermo Sánchez Borbón

Cuando vi la cantidad de votos que había sacado Le Pen, como en ocasiones similares me dieron ganas de levantarme de mi butaca rezongando “Aquí entré”, y salirme del cine. No es una película que me gustaría ver dos veces.

El elemental cabecilla de la extrema derecha le había ganado al primer ministro Lionel Jospin, hombre honorable y culto, por lo que sé, y líder del Partido Socialista francés, un partido que dentro de un par de años celebrará el centenario de su fundación, y que ha desempeñado un papel decisivo, y extremadamente progresista, en la vida pública francesa desde 1905. Ahora bien, esta fecha es engañosa: hay una tradición de radicalismo en Francia que se remonta al siglo XVIII –con figuras tan notables como Babeuf y como Saint Simon–, continúa a todo lo largo del XIX, en las jornadas memorables de la Revolución de 1848 y la Comuna del 71 (en esta última participó Blanqui, un hombre que, por sus convicciones, pasó casi toda su vida adulta en la cárcel). Tampoco olvidemos que en 1893, antes de la existencia formal del partido, Jaurés fue elegido diputado. Y a lo largo de todo el siglo XX el socialismo fue uno de los grandes protagonistas de la política francesa.

No hay duda de que en todas partes la gente está cansada de los partidos y líderes tradicionales. Eso explica la derrota de Jospin y, sobre todo, la gran abstención, calamidad común a todos los países desarrollados. Mas la perspectiva de un primer ministro fascista movilizó a todos los sectores sensatos de la nación francesa. Eso explica el triunfo resonante de Chirac en la segunda vuelta; pero, como observó un agudo analista político, es una victoria hueca, porque, añado yo, no es hija del entusiasmo, sino del miedo. Vi en mi televisor enormes manifestaciones de la izquierda, que izaba cartelones con la consigna: “En contra del fascismo, votemos por el pillo de Chirac”. Y una señora apolítica, una simple ama de casa, entrevistada por la televisión gringa, explicó que ella sabía perfectamente que “Chirac is a crook”; pero que el miedo a Le Pen la obligaría a votar por el crook. Y todos los que se abstuvieron en la primera vuelta, votaron en masa en la segunda. Por Chirac, naturalmente. De modo que éste no tiene muchas razones para regocijarse por el resultado de las elecciones. Tampoco el resto del mundo.

Aquí hay que hacer algunas distinciones importantes. Arthur Koestler decía que la explicación marxista del fascismo (un producto más del capitalismo) era falsa y peligrosísima. Porque, agregaba, no es lo mismo el Partido Nazi que el Partido Conservador inglés, aunque ambos sean de extracción burguesa. Como no se puede decir que la derecha civilizada española de hoy (la de Aznar) sea igual a los cavernícolas que se alzaron en armas contra la República en 1936. A estos últimos los unía el odio irracional a todo lo que oliera a democracia, liberalismo, justicia social, modernidad en suma; su victoria sumió a España, hasta la muerte de Franco, en una prolongada y angustiosa tiniebla. El Partido Popular, hoy en el poder, ha respetado no sólo las libertades públicas e individuales de los españoles, sino las conquistas sociales implantadas por sus adversarios socialistas.

El movimiento de Le Pen, tiene muchas cosas (no todas) en común con el fascismo. Apela a los más bajos instintos de la especie y a la xenofobia y a los prejuicios raciales. De ahí su atractivo y su alta peligrosidad. Decía Huxley que para comprender una crisis económica, es preciso estudiar materias muy abstrusas y hacer complicados análisis que las personas corrientes no están en condiciones, ni en disposición, de hacer. Pero si alguien se pone a vociferar que la culpa de todos los males del país la tienen los judíos, o el imperialismo yanqui o, en el caso de Francia, los argelinos en particular y los extranjeros en general, todo el mundo lo entenderá. Aunque falsa, es una explicación clara y al alcance de hasta los más obtusos. Por eso tienen tanto éxito los demagogos de todos los signos. Le Pen, además, propone a sus oyentes suicidarse en masa sacando a Francia de la Comunidad Europea para devolverla ¿a qué? ¿A los felices tiempos del queridísimo mariscal Petain?

¿Ha desaparecido el peligro con el resultado electoral? De ninguna manera: para empezar, Le Pen sacó más votos en la segunda vuelta que en la primera. Y basta con recordar que los nazis fueron una minoría insignificante hasta que la gran depresión del 29 los aupó al poder en la cresta de una gigantesca ola popular de desesperación. Una nueva crisis económica de grandes proporciones –posibilidad que nunca puede descartarse– fácilmente podría inducir a los franceses a hacer a un lado su racionalismo tradicional para votar en masa por el ñame de Le Pen. Así que lo mejor es no cantar victoria todavía.


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