Celibato y pedofilia
Todos hemos conocido curas libidinosos. Muchos se entregan a actividades gatunas sin dejar de cumplir sus obligaciones rituales
Guillermo Sánchez Borbón
El celibato sacerdotal tiene una larga (se remonta al siglo VI en la Iglesia de Occidente) y complicada historia, que sería imposible resumir en tan corto espacio. Hace bastantes años, en una de las mayores bibliotecas del mundo me mostraron de lejos una historia del celibato sacerdotal en, si la memoria no me falla, 10 tomos. Así de complejo es el asunto. Yo he picado aquí y allá mis pocos conocimientos sobre el tema, pero no tengo la menor intención de infligírtelos ahora.
Con ser tan vieja la discusión, jamás pierde actualidad; la realidad se encarga de reanimarla periódicamente. Los partidarios del celibato sostienen que un cura no puede ser un hombre común: el camino a Dios pasa por la autonegación, el ascetismo, el dominio de los instintos. Quien no quiera transitar esta senda, no tiene nada que hacer en el sacerdocio. Sin contar con que a un hombre preocupado por tensiones conyugales, pañales, enfermedades infantiles, papillas, etc., le queda muy poco tiempo para adorar a Dios. Además, la Iglesia siempre ha temido que se le cuelen influencias ajenas a ella.
Quienes adversan el celibato, aducen desde aquella sentencia famosa de San Pablo (“es mejor casarse que arder”) hasta argumentos de orden biológico: privarse del segundo instinto en importancia de todas las especies es una imposibilidad para el hombre normal.
Como parte de su rebelión contra el papado, Lutero repudió el celibato y permitió (mejor dicho, ordenó) el matrimonio a los sacerdotes que se le unieron. El mismo Lutero dio el ejemplo casándose con una monja. Pero en él primaron consideraciones tenebrosas, que eventualmente permearían el mundo espiritual del protestantismo. En su gran novela Doctor Fausto, Thomas Mann sostiene que el diablo también exige a sus adoradores una castidad absoluta. Cuando el protagonista (inspirado en Nietzsche) falta una sola vez a su voto, contrae una sífilis que lo lleva a una locura tan severa como la de su modelo (que, como es sabido, pasó los últimos 12 años de vida en un manicomio, atacado de parálisis general progresiva, castigo condigno a una sola violación del mandamiento correspondiente). Lutero compartía esta aterradora concepción. Por eso escribió: “me he casado para escapar al diablo y a sus escamas”. Para él, la castidad en un adulto podía ser un indicio de que se había cambiado de bando.
Sirva lo anterior como introducción a un problema que en estos días llena la pantalla de la televisión y la primera plana de los diarios, pero que es tan viejo como el hombre. Me refiero a los sacerdotes que han faltado a la castidad. Todos hemos conocido curas libidinosos. Muchos se entregan a actividades gatunas sin dejar de cumplir sus obligaciones rituales. Otros se convierten en auténticos libertinos. Hay quien ahorca el hábito para casarse con (nadie lo dirá mejor que el arcipreste de Hita) la “fembra placentera” que le ha sorbido el seso. Esto ya no asusta a nadie.
La alarma reciente fue provocada por los muchos casos de sacerdotes pedófilos que han salido a la luz en Estados Unidos. Lo peor de todo fue la tolerancia, completamente inadmisible e incomprensible, de la jerarquía eclesiástica (obispos, arzobispos y hasta un cardenal) frente al gravísimo problema. A comprobados pedófilos simplemente los trasladaban a otras parroquias, donde continuaron dándole rienda suelta a sus inclinaciones patológicas. Y no olvidemos que el mismo Jesús sentenció: “al que escandalice a un niño, más le valdría que lo lanzaran al agua con una piedra de moler atada al cuello”. Así de atroz y repugnante es la pedofilia para los buenos cristianos y para todas las personas decentes.
A propósito de estos horrores, se ha revivido la discusión sobre la conveniencia de que los curas se casen para que no sucumban a las tentaciones de la carne. El argumento no es muy convincente: la pedofilia es una enfermedad que no tiene absolutamente nada que ver con el celibato. Puesto a elegir entre una mujer despampanante y un niño enclenque, el pedófilo se decidirá por el niño enclenque. Es preciso aislarlo de la sociedad –ignoro si el mal tiene remedio– en un manicomio o en la cárcel, para que no siga destruyendo criaturas que se le acercan llevadas por la fe, la ingenuidad y la confianza. De no enfrentar el problema enérgicamente, sin contemplaciones de ninguna especie, la Iglesia (y desde luego incontables seres inocentes) pagarán un precio elevadísimo.
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