Panamá, 4 de mayo de 2002
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La mujer sirofenicia: cómo es la fe que obtiene un milagro

Jorge De Las Casas
[email protected]

“La mujer cananea”, de William Hole

Maravillosamente, el Evangelio nos narra, en la ocasión que hoy comentamos, el drama de una escena de la vida de Jesús que nos da el testimonio de Su bondad y de cuán cara es para El la actitud de fe de las personas. También nos demuestra cómo debe ser esta actitud de fe.

La narración la tomamos de una combinación de los evangelios según san Mateo y san Marcos.

En el tiempo de su predicación, Jesús un día se fue la región de Tiro y Sidón (Fenicia). Entró en una casa para estar a solas; no iba a predicar. Pero la gente se enteró. Una mujer pagana de ese territorio, una cananea sirofenicia pues, tenía una hija que estaba endemoniada. Y al enterarse de la presencia del profeta de Israel en medio de su nación corrió a su encuentro. Ella pidió, como era de esperarse, que Jesús liberara a su hija del mal espíritu: “Señor, Hijo de David, ten compasión de mí: mi hija es atormentada por un demonio”. Pero Jesús no le contestó ni una palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le dijeron: “Concédele lo que pide, para que no siga gritando detrás de nosotros”. Jesús le contestó: “No fui enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer se acercó a Jesús, se postró ante El y le dijo: “Señor, socórreme”. Jesús le contestó con una de las frases más duras que se hayan escuchado en el Evangelio: “Espera que se hayan saciado los hijos, no está bien tomar el pan de los hijos, para echarlo a los perritos”.

Los judíos estaban acostumbrados a considerarse a sí mismos como los hijos. Y a los paganos los veían como los perros. El lenguaje que Jesús usó no era extraño a su gente ni a su pueblo. Pero para los paganos, desde el otro lado de la barrera, obviamente no era un piropo. Ni lo es para nosotros, hoy, que somos precisamente los pueblos gentiles que nos hemos beneficiado con la universalidad del Evangelio. Qué duro es que pidas un favor y que te llamen perro. Pero Jesús aguardaba una respuesta de fe.

Aquella mujer respondió: “Es cierto, Señor, pero los perritos debajo de la mesa, comen las migas que dejan caer los hijos”.

Hizo dos cosas esta sirofenicia: en primer lugar, se tragó su orgullo. Para ella era más importante la vida y la salud de su hija que reaccionar airada ante una respuesta como esta. Hizo una segunda cosa también: reconoció en Jesús al profeta milagroso, al Hijo de David anunciado, al hombre venido de parte de Dios que tenía el poder para sanar a su niña.

“Los perritos comen también de las migajas...” Ante una respuesta tan humilde como esta, el Señor le contestó: “Mujer, qué grande es tu fe. Vete, por lo que has dicho el demonio ha salido ya de tu hija”. Y concluye el Evangelio: “Y llegada a la casa, halló a la niña acostada en cama, liberada del demonio.

Primero, con respecto a la renuencia de Jesús a hacer milagros allí, se dice que ello responde a la decisión de Jesús de respetar la misión que su Padre le había encomendado: predicar el Reino de Dios entre los judíos. Más tarde sería el momento de predicar entre paganos y hacerles favores. Pero la fe de la gente a veces adelanta el reloj de Dios. Y este es uno de esos casos (otro ejemplo es el de María en las bodas de Caná, donde Jesús adelanta el inicio de su obra, la manifestación de su gloria nada menos que por intercesión de su Madre).

Por otra parte un comentario de la Biblia Latinoamericana dice: “Jesús parecía exigir mucho de esta extranjera que se atrevió a venir a suplicarle por su hija. ¿Seguirá confiando en El después de esa dura palabra? Jesús conoce el corazón de los hombres y prueba a esta madre porque sabe que es capaz de una fe más grande. Jesús espera que le manifestemos confianza como se hace con un amigo. Venimos a El para pedir. Quizá El también espera algo de nosotros, como de esta mujer”.

Repasemos una vez más el cuadro completo: la mujer que reconoce al Mesías como tal y le pide. Jesús que guarda silencio, al principio (Así nos parece a nosotros, a veces, que nuestras oraciones no son escuchadas). Los apóstoles que interceden. La mujer que insiste. La dureza aparente de Jesús. La respuesta humilde de una persona todo amor y corazón, que asombra al Salvador. La humildad y la perseverancia rinden a Dios. El lo ha determinado así, como norma. De eso hay muchísimos testimonios en la historia. Pero para demostrar esa humildad y perseverancia capaz de obtener milagros, se necesita un amor capaz de producirlos.


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