Monseñor Emiliani
Para monseñor Emiliani, aquellos que están oprimidos por la pobreza son el sujeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia
Norberto Delgado Durán
La designación de monseñor Rómulo Emiliani por Su Santidad Juan Pablo II para servir como obispo auxiliar en San Pedro Sula, Honduras, nos produce gran alegría, pero también un poco de pesar, sentimiento que deriva de la privación de ese contacto directo y cotidiano de su persona y sus mensajes, reconocidos en amplios sectores de nuestro pueblo, que se atesoran por el fecundo papel orientador que ha logrado transmitir claridad y tranquilidad a las necesidades espirituales de la población.
Monseñor Emiliani es un hombre de acción con una gran voluntad para materializar sus sueños; el ejemplo lo tenemos en el valioso trabajo que realizó en la provincia de Darién. Con su incansable lucha, su voz en beneficio de una población con indicadores altos de pobreza, se escuchó en toda la República, y como nos dice Paúl Constance en un reportaje, “la gente de su diócesis lo conoce como el obispo con los zapatos enlodados”; y es que desde que se le confió como pastor el pueblo de Darién en 1988, recorrió la región innumerables veces, ganándose la fama de hombre sencillo, que resuelve las cosas con sus propias manos, “monseñor pone el hombro, y no solamente para sacar automóviles empantanados”. Cuando llegó a Darién halló una región que no sentía que era parte de Panamá. Los problemas eran muchos: extrema pobreza, desnutrición, escuelas que apenas funcionaban, tala descontrolada del bosque, servicios e infraestructura lamentablemente deficientes y un solo camino, intransitable la mayor parte del año.
Utilizando todas las tribunas a las que ha tenido oportunidad, monseñor lanzó una fervorosa campaña para destacar las necesidades de su nueva congregación en la escena nacional, y dejó escuchar su voz más allá de nuestras fronteras, con pedidos de ayuda a organizaciones internacionales. En su pragmatismo cobra verdad que, a veces la acción en la comunión resulta más elocuente que todas las enseñanzas, y los gestos unidos a la palabra son testimonios particularmente eficaces.
En el acto en que se condecoró a monseñor con la Orden Manuel Amador Guerrero, en el grado de Gran Oficial, la presidenta de la República destacó que por “la verticalidad de sus planteamientos, la dedicación a sus proyectos y lo diáfano de sus mensajes de amor, le han valido a lo largo de los años el apoyo de la sociedad hacia sus proyectos. Así ha conseguido poner en funcionamiento y mantener activos sus apostolados: Hogar Luz y Vida, Cristo Sana, Fundación Pro Niños de Darién, Nutre Hogar, Fundación Ofrece un Hogar y la Asociación un Mensaje al Corazón”.
Indudablemente, por esas y otras obras de gran sentido humano, para monseñor Emiliani aquellos que están oprimidos por la pobreza son el sujeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia. Y es que la Doctrina Social Católica bosqueja una visión de una sociedad justa, y que el respeto a la dignidad de la persona humana implica que cada ser humano debe tener acceso a cubrir las necesidades básicas de la vida.
Lo anterior nos trae al presente las palabras de su Santidad Juan Pablo II a los participantes de la plenaria del Pontificio Consejo Cor Unum de 1997, cuando decía “mediante el testimonio de la caridad fraterna, los discípulos de Cristo contribuyen también a la justicia, a la paz y al desarrollo de los pueblos. La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo. El deseo de hacer que reinen la justicia y la paz en nuestro mundo, presupone la preocupación por compartir los recursos. La caridad contribuye a ello, pues crea vínculos de estima recíproca y de amistad entre las personas y los pueblos”. La Iglesia católica panameña nos ha donado a lo largo de nuestra historia pastores como monseñor Emiliani, quienes han hecho eco de este mensaje.
Rómulo Emiliani es un gran promotor del Programa de Desarrollo Sostenible de Darién. Desde un inicio contribuyó a formular prioridades y jugó un papel decisivo como mediador entre los numerosos y a menudo contrapuestos grupos de interés de Darién, con lo cual se aseguró una justa participación. “Debo entender que hay muchas formas de ir descubriendo la verdad y que todos tenemos derecho a expresarla y a vivirla” ha dicho, mostrándonos la tolerancia, cualidad fundamental cuando se trata de avanzar hacia acuerdos para resolver problemas multifacéticos y complejos, que fomenta la confianza y fundamenta los vínculos entre las personas basados en el respeto y el reconocimiento de la fraternidad.
Con motivo de su partida, en nombre de la gente de Darién: los niños, adolescentes, ancianos, mujeres, artesanos, profesionales, agricultores, ganaderos, educadores, en fin, de los indígenas, negros darienitas e interioranos residentes en Darién, presento mi saludo y agradecimiento por su ejemplo y enseñanzas, al amigo, al humanista, al pastor. Bendiciones, monseñor.
El autor es ministro de Estado
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