Arriba Franco
Había decidido no contestar las groserías de José Franco por muchas razones, la principal: sentí en su sarta de adjetivos y patrañas un temblor de locura, que me contuvo. Pero de paso me hace públicamente algunas acusaciones personales, que no puedo dejar pasar por alto.
1) Los premios en general y el de la Universidad en particular me importan tres pares de pepinos. Todo lo que dice Franco sobre este asunto es falso. Quienes me propusieron amablemente como candidato, llevaron toda la documentación con tiempo de sobra. El jurado me otorgó el premio por unanimidad. El Consejo Académico anuló el fallo con argumentos ridículos, porque ninguno de sus miembros tuvo el coraje de decir la verdad: era un pase de factura política.
2) Franco sostiene que no era un premio por méritos literarios, sino por distinciones burocráticas. Si ese hubiera sido el caso se lo hubieran dado a Jorge Illueca, el tercer candidato. Nosotros dos (Franco et ego), hasta donde recuerdo, no hemos sido ni diputados, ni negociadores, ni siquiera presidentes. Y agrega: “se premiaba a un servidor público, a un defensor de la nación (soberanía) y en última instancia, el valor literario”, cualidades todas que reúne él en abundancia, pero yo no: ni he sido servidor público, ni defensor de la soberanía, ni tengo valor literario. No podía, pues, aspirar a este Premio Kafka a la excelencia burocrática.
3) “¿Defensor de la soberanía? Sólo hay que remitirse a sus alabanzas a la invasión de Panamá”. Repito lo que le dije a José Carr hace un tiempo, cuando me hizo el mismo cargo: lo desafío a que me señale una sola línea que yo haya escrito alabando la invasión. En cuanto a Chuchú Martínez, atacó, en el mismo artículo, el libro que Koster y yo escribimos sobre la dictadura, e hizo un encendido (y seguramente inmerecido) elogio de mi poesía.
4) No voy a comentar sus opiniones sobre mi obra literaria, porque él tiene absoluto derecho a ellas. No recuerdo (ni entendí) el pasaje que se refiere a Changmarín. Con él nos hemos dado botes de lanza por cuestiones políticas, pero cuando la jauría de ERSA se lanzó sobre mí, él se negó a unirse a ella por respeto, me parece que dijo, al escritor.
5) No sabía que la Academia Panameña de la Lengua odiara a Franco (de estas cosas siempre se entera uno, como se dice, en la calle). El pasaje que cuenta sobre Baltasar Isaza y Calderón (de quien soy admirador y amigo, siempre lo fui) suena a una de sus típicas invenciones de mitómano.
Y ahora sí puede José Franco decir y escribir todo lo que se le antoje, que yo no volveré a contestarle. Tengo mejores cosas que hacer.
Guillermo Sánchez Borbón
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