Siervos y amos
Los nuevos amos no golpean con varillas a sus siervos, pero hieren su dignidad y sus esperanzas de forma lastimosa
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Desde que la humanidad se vio obligada a ganar su sustento, quedó claro que el destino, caprichoso y arbitrario a menudo, confería a unos la condición de dueños y a otros la condición de esclavos. Los primeros eran los amos absolutos de los segundos, hasta el punto que podían, aparte de reventarlos a trabajar, golpearlos, venderlos y ejercer sobre ellos una autoridad absoluta. Andando el tiempo, los esclavos se convirtieron en siervos, un ligero matiz de diferencia que entrañaba poco más que una cuestión semántica. Salvo vestigios aislados en algún remoto país del mundo, estas prácticas están abolidas. Al menos de modo oficial.
Si quisiéramos, no obstante, ser fieles al devenir histórico, tendríamos que decir que el esquema básico no ha cambiado (unos mandan y otros siguen órdenes), pero es cierto que ha sufrido una evolución bastante civilizada. El salario, la protección en casos de enfermedad y un supuesto trato respetuoso entre empleado y empleador, hacen la diferencia. Al menos, así lo aconsejan las más elementales reglas de derechos humanos.
Los amos modernos trabajan también en su mayoría. Algunos no lo hacen personalmente, pero ponen a trabajar el dinero que heredaron de sus padres o de sus abuelos. El método tiene la particularidad de que permite multiplicar los panes y los peces de forma milagrosa, aunque también tiene sus riesgos y sinsabores: uno que otro descenso en las bolsas de las grandes capitales del orbe ocasiona esporádicamente amagos de infarto o infartos masivos en los interesados.
Otros ponen a trabajar al prójimo, lo que dicho así suena feo, pero no es mala idea; en el mundo civilizado, los que toman tal decisión se llaman empresarios y son generadores de empleos, es decir, que pagan un sueldo a quienes hacen posible que sus negocios prosperen (bajo su sabia y prudente administración, eso sí). Este sistema requiere más esfuerzo que el anterior y se rige por el siguiente proceso: yo invierto, dirijo y superviso, tú trabajas para mí, en pago te doy una remuneración y yo me quedo con las ganancias. No está mal. Menos es nada. Ahora bien, a veces (y recalco a veces porque generalizar es injusto, y a quien le calce el guante que se lo aguante), para conseguir que el asalariado produzca y no abuse del privilegio de tener un trabajo, se usan diversos métodos, unos más honestos que otros pero métodos al fin.
El más común es inocular por vía intravenosa la mística de la empresa, y gracias a ello se le convence de que el negocio es suyo aunque no lo sea. Para ello se echa mano de tácticas que incentivan al empleado a dar lo mejor de sí, a trabajar en equipo y a ser fiel a la empresa, y de ese modo, aunque se le descuenten los minutos de retraso y no le paguen las horas extras, y aunque el sueldo no se corresponda con la labor que se lleva a cabo, no está bien visto que el empleado proteste. Los quejosos están considerados gente poco cooperadora (e incluso leguleyos si la cuestión es muy obvia), y a nadie le gusta que lo señalen con el dedo. Más, cuando, como suele ocurrir en el sector privado, el empleado tiene pocos o ningún foro donde exponer sus argumentos ni representante que vele por sus derechos y sus intereses.
En Panamá, muchos jóvenes profesionales de clase media, saludables, inteligentes y honestos, terminan con entusiasmo sus estudios y ofrecen su preparación y su buena voluntad a la empresa privada. Suponen que todo se regirá por un cálculo directamente proporcional, es decir, que a mayor empeño, mayores serán las posibilidades de lograr mejores condiciones. Pero por desdicha se equivocan. A menudo, las promesas de aumento de sueldo no se cumplen o se hacen a cuenta gotas y, a la postre, baja su productividad porque se sienten engañados. En otros casos, deben pagarse los cursos o seminarios que requiere la empresa para su propio beneficio, y no faltan los aspirantes a ingreso que han tenido que someterse a un detector de mentiras aun antes de que su hoja de vida fuera considerada. Los nuevos amos no golpean con varillas a sus siervos, pero hieren su dignidad y sus ilusiones de forma lastimosa. Sin duda, el mundo del trabajo está duro y hostil. Tanto, que algunas empresas tienen entre ellas una especie de pacto de lealtad para no “robarse” empleados valiosos, por lo que a estos se les quita la oportunidad de acceder a mejores opciones y se convierten en prisioneros de su propia competencia.
Curiosamente, poco se habla en público o en los medios de esta situación, aunque las anécdotas y las quejas abundan en petit comité. Las razones pueden ser muchas, entre ellas el miedo. O quizá, que no hay una auténtica voluntad de cambiar las cosas. Y si la hubiera, bueno sería que nuestros jóvenes profesionales aprendan a organizarse, a dejar atrás el individualismo y la “timidez” cobardona y hagan sentir su opinión. En la mayoría de los casos ni siquiera será necesario acudir a los recursos tradicionales de huelgas y piqueteos, que desgastan a fuerza de estar desgastados, pero las batallas no se ganan sin pelea. Dado que ambas partes se necesitan, un cauce eficiente y firme de comunicación se impone. Si en verdad las empresas modernas pretenden que sus jóvenes profesionales se sientan parte de ellas y les entreguen su tiempo y su entusiasmo, no les queda otro remedio que escuchar y atender sus quejas.
La autora es correctora de La Prensa
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