Educación extraviada
Una educación que desarrolla la conciencia y fomenta la excelencia humana es el objetivo moral y espiritual que debe perseguir el hombre
José Ignacio Ramírez C.
Se sostiene que la educación comienza en el hogar. Los padres constituyen en este sentido los primeros maestros y modelos del mundo para el niño. Pero en una sociedad como la nuestra, ¿qué podemos hacer cuando la mayoría de los padres no puede enseñar o transmitir aquello de lo cual carece? Un hogar alienado sólo traspasará a sus hijos la misma perturbación, con lo que se crea un vínculo vicioso difícil de romper. Es demasiado frecuente que los progenitores sean “malos padres”, no porque no amen a sus hijos, sino porque ignoran cómo educarlos apropiadamente. Tienden por lo general a ser demasiado autoritarios o excesivamente permisivos, y lo común es que se sientan sobrepasados por ellos.
En todo caso, nuestros padres fueron, a su vez, como todos nosotros, víctimas de un sistema educativo aberrante que privilegia la imitación ciega y el aprendizaje memorístico, por lo cual su responsabilidad es muy relativa.
Llegamos al colegio, en donde lo que se dice en las aulas tiene que ser verdadero de todas maneras, por lo que solo resta aceptar, estudiar, memorizar y ejecutar lo que nos piden. Estos maestros poseen, además, la facultad de poner mal a sus alumnos con sus padres, ya que una mala nota perturbará de inmediato el flujo y reflujo afectivo entre hijos y progenitores. En verdad la mayoría de las veces los estudiantes van al colegio solo para complacer a sus padres, ya que en esa época de la vida carecen de la discriminación necesaria para visualizar la necesidad del estudio. El exceso de información contemplada en los programas de estudio aturde y satura la mente. Es común que después de una clase el alumno pregunte atónito sobre qué versaba en realidad dicha instrucción. El maestro debe estimular al estudiante para que se enseñe a sí mismo utilizando la información dada, sin continuar sometiendo al individuo a la servidumbre de la mediocridad colectiva.
El problema más serio de la educación reside también, pues, en la desoladora carencia de técnicas de aprendizaje realmente efectivas, que privilegien la comprensión por sobre la simple memorización. Este es precisamente el estilo de la educación actual: fabricar ciudadanos, de tal forma, que cada uno de ellos sea prolongación de la cultura dominante o una copia fiel de los que influyeron en su cerebro. Una educación que desarrolla la conciencia y fomenta la excelencia humana es el objetivo moral y espiritual que debe perseguir el hombre para alcanzar su plena realización. A pesar de los obstáculos, sabemos que existen excelentes profesores en la mayoría de las áreas del saber, no porque comprendan a profundidad lo que deben, sino porque sus cerebros han sido muy bien programados.
En la universidad la formación profesional no se traduce necesariamente en excelencia humana. Pareciera normal que, mientras más prestigio tenga una universidad, mayor estima tendrán sus títulos. Mas no es así, es una falacia calificar altamente todo lo que emana de una fuente de prestigio, sin considerar que dicho título no tendrá ningún valor si las capacidades que dice avalar no funcionan efectiva y eficientemente en la vida real, lo que es posible comprobar con el paso del tiempo. En un absurdo sistema educativo, se escoge y valora a los profesores por los títulos que tienen y no por lo que son.
El logro primordial más elevado de la educación debe ser el de desarrollar seres con mayor humanidad y contenido interno (carácter, voluntad) y no solamente sujetos mecánicamente eficientes.
Definitivamente, el colegio y la universidad no son los templos en los cuales se forja la humanidad de la especie. Solo la “escuela de la vida” da una oportunidad de encontrar por sí mismo el camino recto. Lamentablemente, son demasiados los que se extravían de la ruta.
El autor es profesor titular de la Universidad de Panamá - sede de Coclé
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