Panamá, 28 de abril de 2002
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Los responsables

Guillermo Sánchez Borbón

Al cabo de 15 meses de investigaciones, la Comisión de la Verdad ha entregado al Gobierno un cuidadoso informe sobre la labor que le encomendaron: establecer –hasta donde ello sea humanamente posible– las circunstancias en que centenares de panameños desaparecieron para siempre dentro de las fauces de la dictadura militar durante sus primeros años durísimos, cuando todo el aparato legal, que en un régimen de derecho protege al individuo de la arbitrariedad impersonal del Estado, fue eliminado de un sablazo el 11 de octubre de 1968.

El informe, por su misma naturaleza, es incompleto. No podía ser de otra manera. Los elaborados en otros países (Argentina y Chile, víctimas, como Panamá, de sus propias fuerzas armadas) también fueron incompletos: hubo que limitarse a los casos en que existía evidencia documental, testigos y deudos dispuestos a denunciar la desaparición y muerte de sus familiares. Sea lo que fuere, tuvieron que concentrarse en los casos típicos, sabiendo perfectamente que por cada crimen investigado quedaban tres o cuatro sin investigar. Es física y humanamente imposible abarcarlos a todos, pero la Comisión da a conocer suficientes hechos para establecer un patrón de delincuencia estatal, que permitirá a los historiadores del futuro formarse una idea clara de lo que fueron (para emplear el título de la gran novela de André Malraux) “Los años del desprecio”.

Sé que faltan muchísimos nombres. Por varias razones. En su “El archipiélago de GULAG”, Sholtezenitsin se refiere al grupo humano más castigado por la locura ideológica que, como una posesión demoníaca colectiva, provocó convulsiones inenarrables en el organismo nacional de Rusia: los kulaks (definidos arbitrariamente por los teóricos bolcheviques como “campesino rico”, porque tenía un cerdito o media docena de gallinas). Como los analfabetos –agrega el gran novelista– no escriben autobiografías, el mundo tardó varias décadas en enterarse de una de las tragedias más espantosas de la historia: el exterminio de una clase social entera.

La mayoría de las víctimas panameñas eran campesinos, personas desconocidas, que no tienen amigos influyentes ni envían cartas de protesta a la prensa extranjera. Por eso pudieron sepultarlas impunemente sus asesinos en tumbas anónimas, dispersas a lo largo de un vasto territorio anfractuoso, no suavizado todavía por la mano del hombre.

Aguardaré a leer el informe completo para poder comentarlo con propiedad y en detalle.

Mientras tanto, hay que preguntarse ¿quiénes fueron los grandes culpables de nuestra tragedia? En primer lugar, desde luego, los jefes militares y sus cómplices civiles, los colaboracionistas que nunca faltan en los períodos de ocupación (y los ejércitos latinoamericanos, como bien lo dijo Eduardo Santos, son “fuerzas internas de ocupación”). Nulidades que no hubieran llegado a nada en un proceso político normal, se convirtieron, gracias a su falta de dignidad, en grandes personajes durante unos meses y años (hoy es preciso hacer un agotador esfuerzo mnemotécnico para rescatar sus nombres y cargos del olvido). Después están los grandes aprovechadores, que se enriquecieron como unos desconocidos a la sombra de las bayonetas. Y los periodistas, que desde los infectos diarios de ERSA adulaban servilmente a sus amos y lanzaban las calumnias más abominables contra quienes se negaban a doblar la cerviz. Y los capitanes de la empresa privada, que se arrimaron al calor de los cuarteles y cantaron loas a los gorilas. Y los comunistas –junto con los líderes sindicales y estudiantiles– que se arrojaron glotonamente sobre la bazofia que en inmundas escudillas les servían los héroes de la “gesta octubrina”. Y los intelectuales, que guardaron silencio frente a los desmanes de la soldadesca.

Súmese a todo esto la heterogénea cadena internacional de complicidades, que extendió un gigantesco escudo de protección sobre el proceso de cambios revolucionarios” –expresión que hoy suena a broma pesada–. Estados Unidos, que estrenaba su teoría de la “seguridad nacional” dirigida contra los comunistas, coincidió con sus archi enemigos en el apoyo a la dictadura que nos oprimía, lo mismo que Israel (remember Mike Harari) y los países árabes, los guerrilleros colombianos y el ejército que los combatía, Wall Street y el Santo Sínodo de Moscú, la DEA y todos las mafias de narcotraficantes, la CIA y la DGI (aquí se resolvieron dialécticamente todas las contradicciones). Y ni hablar de los corresponsales extranjeros, que contribuyeron a crear el mito de Torrijos, el defensor de los pobres. ¡Para qué seguir! Todos ellos tienen su porción de culpa en los crímenes de la dictadura, y algún día habrá que denunciarlos por sus nombres propios y apellidos.


Además en opinión

Los responsables: Guillermo Sánchez Borbón
La participación ciudadana: Eric Aragón
Las bondades de la microempresa: Rodrigo Riera
El fin de la no intervención: Betty Brannan Jaén






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