Panamá, 26 de abril de 2002
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Quién escribió mi artículo

Y aunque gusto consentir mi ego, prefiero cuestionarme sobre qué tan clara y unívoca resulta la idea que quiero comunicar

Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx

Para alguien de oficio como Ernesto Endara, escribir supone terapia para la opresión de pecho. En mi definición prosaica, entraña otro estilo de enseñar. Investigadores de mercado, alguna vez mostramos vocación de escribir. Los periodistas por su parte, escriben y enseñan, pero rara vez investigan. Pero escribir sin ser escritor, pudiera ser desacierto mayor para un psicólogo investigador, que hiere vanidades y pisa callos, mientras dice lo que no debe (y oye lo que no quiere), y peor aún, critica con nombre propio.

Escribir sirve para creer que uno influye. Para algunos malquerientes, blandeemos pluma, o más acorde con los tiempos, la tecla, por la envidia de no disponer del báculo papal o cetro de rey. Pero si usted persigue poder o fama duradera, métase a político o prense acordeón. Si no, consuélese con los minutos de gloria y agonía, que da la idea escrita en letra imprenta.

Denuncio como enemigo del articulista, aquel lastre congénito: el malentendido. El lector ejerce hasta la terquedad, su derecho de entender lo que le viene en gana. Escritores experimentados sugieren ejercicio, que para un investigador resulta interesante: escuchar a la audiencia, para coger el golpe de qué significados evoca nuestro artículo. Para mi sorpresa, lo significado termina distinto a texto e intención mía. Palabras de alto vuelo, aterrizan descompuestas en conceptos tan sencillos como estribillos de tamborito, mientras evocan significados humildes. Incluso el género chispeante pero concreto de la caricatura, convoca las más diversas interpretaciones.

Llego al rol, preparado para un aplauso, que a la postre resulta escaso, y para una crítica que deja entrever que al menos alguien te toma en serio. Pero nunca para esta frustración de que mi texto se reconvierta y el lector lo entienda a su manera.

Hoy acepto, qué remedio queda, que el artículo sea creación colectiva, donde también ponen lector y periódico. Lo que ideaste como gran concierto, primero se le asigna un espacio en una página, un tipo de letra, y a veces se le ilustra. Con todos los significados que aportan diagramación e ir dentro de un medio específico, llega al lector quien además, lo interpreta según propias expectativas.

Que periódico y lectores se apropien de tu creación y la reescriban, frustra. De tales lecturas de contrasentido, puedo defenderme malamente, persiguiendo en mi redacción, una claridad que riñe con esas palabras domingueras que con tanto afán padezco y de las que parece, nunca me repondré.

Para bajar la píldora de que lean lo que no escribes, alguien parangona la audiencia a un circo de cíclopes lectores de un solo ojo, de fieras ágrafas y enanos mentales, donde pocos superarían prueba de lectura comprensiva. Y aunque gusto consentir mi ego, prefiero cuestionarme sobre qué tan clara y unívoca resulta la idea que quiero comunicar, en vez de inculpar al lector por entender a su manera.

No en pocos artículos, denuncio que las encuestas publicadas sufren contagio del sensacionalismo de medios, mientras abogo por reenfocarlas. Algunos amigos me increpan por desvalorar el esfuerzo de orientar la opinión con encuestas. Por su parte, encuestadores tildan mi posición de poco ética por ser colega. Lecturas políticas tampoco me faltan. Algunos observan aviesas intenciones de avalar posturas oficialistas de “carne y hueso”. Otros concluyen que el PRD ya me mediatizó. Por delicadeza nadie me lo dice, pero también leen en mi insistencia de reenfoque, frustración de que las mías permanezcan inéditas. Para consuelo me queda que unas cuantas de mis sugerencias resulten volcadas en las encuestas publicadas.

Si las musas aterrizan para inspirar claridad en los escritos, será en el aeropuerto de Berna Calvit, nunca en el mío. Aunque manuales para escribir con claridad abundan, no ubico aquel donde repose fórmula que asegure, un artículo sea entendido apegado a lo que quiso decir. Escribir claro implica auxiliarme en gramática y técnicas periodísticas de redacción. Y mientras persigo la evasiva noción de qué quiero decir, reviso una y otra vez el texto. Luego, escuchar vía internet o personalmente, al señor lector y conocer qué tan cerca estuve, o mejor, estuvimos del blanco, ¿nos habremos explicado?

El autor es investigador de mercado

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