Panamá, 26 de abril de 2002
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La interminable e inaceptable guerra

Comienzo a evolucionar hacia la convicción de que la solución no se logrará por la ruta de una paz negociada, sino por una paz impuesta

I. Roberto Eisenmann, Jr.

En la trágica e interminable guerra entre israelitas y palestinos se dan las situaciones insólitas usuales en las guerras.

Sharon, por la fuerza, aísla físicamente a Arafat, pero pierde ganando, ya que quien parece quedar aislado es Sharon. Ha desatado las pasiones suicidas de sus enemigos, ha producido dudas entre sus amigos, y ha perdido la guerra en la opinión pública mundial.

Sin embargo, entre guerreros parece ser que la opinión mundial es secundaria. Con sus actos, Sharon ha logrado inmensa popularidad entre los israelitas, a la vez que ha logrado agigantar la popularidad de Arafat entre los palestinos.

Los ríos de sangre han producido victorias políticas personales entre sus gentes para ambos guerreros, pero se ha perdido –para ambos pueblos– la esperanza de una vida futura para sus hijos y nietos.

Cuando visité Israel hace años en un momento de relativa calma, una madre israelí me dijo algo, para mí, dramático: “Acá no podemos tener menos de tres hijos porque sabemos que perderemos uno, sino dos, en la guerra”. Eran tiempos de guerra entre ejércitos formales; hoy tendría que pensar que puede perder a todos sus hijos por una bomba suicida en un café, en la calle, en un bus… en cualquier lado. ¿Qué vida es esa?… ¿qué futuro? Israel subsiste por la teoría de nunca mostrar debilidad ante los enemigos… “ojo por ojo”. Sharon arrecia la ocupación militar de las áreas palestinas para “acabar con la infraestructura terrorista”, lo que a su vez, luego de paréntesis cortos, produce más bombas suicidas. La violencia engendra violencia. Recordemos que el que es considerado como terrorista por un lado, es el liberador para el otro.

Mirando su propia historia, Israel tiene que recordar que grandes políticos israelitas fueron considerados en su momento “terroristas” contra un poder mundial cuando trataban de establecer –y luego mantener– el anhelado Estado judío. ¿Puede entonces alguien en su sano juicio pensar que es liquidable –por la fuerza del puño de hierro israelí– el anhelo de un Estado palestino?

Se está perdiendo el futuro para ambos pueblos. Sharon y Arafat no parecen tener capacidad alguna sino para la guerra. Incluso esta guerra tiene visos de una enemistad personal. Cada uno es aplaudido por su respectivo pueblo, produciendo un círculo vicioso de sangre y más sangre.

La intervención del Poder Mundial como mediador con la reciente visita a la región del secretario Powell, quien es además militar y entiende la psicología de la guerra, fue ignorada por ambas partes. Ni siquiera pudo resolver el problema de la Basílica de la Natividad, lo que adiciona ahora una agresión a los cristianos; la Iglesia que marca el lugar del nacimiento del clavado en la Cruz, llena de palestinos armados y rodeada por tanques israelíes.

Aun cuando va contra mis sentimientos como ciudadano no creyente en las intromisiones militares, comienzo a evolucionar hacia la convicción de que la solución no se logrará por la ruta de una paz negociada, sino por una paz impuesta. La comunidad internacional, con el apoyo de EU y de la Unión Europea, quizá deba entrar con contingentes armados, separar a los guerreros a la fuerza, establecer límites y fronteras que formalicen el Estado palestino, y quedarse largo rato para asegurar que todo sea respetado. Entonces quizás, y solo quizás, ambos se habitúen nuevamente a la virtud de vivir en paz y esto conduzca a que puedan convivir finalmente un Estado palestino y el Estado de Israel.

Es una solución extrema y preñada de peligros, pero la situación sangrienta de hoy es inaceptable en un mundo que se dice civilizado.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana

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