Panamá, 21 de abril de 2002
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Washington fracasa una prueba de principios democráticos

Cada vez que los funcionarios estadounidenses tratan de excusar su actuación, lo que hacen es hundirse más

Betty Brannan Jaén
laprensadc@aol.com

Si escribí el domingo pasado que el golpe venezolano sería una prueba del nuevo compromiso interamericano con valores democráticos, hoy sabemos quiénes pasaron la prueba y quiénes no. Estados Unidos fracasó rotundamente; la Organización de Estados Americanos (OEA) pasó raspando, y los grandes héroes (¿quién lo hubiera creído?) fueron los países grandes del Grupo de Río, especialmente México y Argentina.

La OEA anda autofelicitándose inmerecidamente por su actuación. Es cierto que el sistema interamericano –fortalecido el año pasado con la aprobación de una “cláusula democrática” en la Cumbre de las Américas y luego una “Carta Democrática” adoptada por la OEA– condenó el golpe contra Hugo Chávez, pero fue por iniciativa del Grupo de Río, no de la propia OEA. Su secretario general, César Gaviria, pudo haber invocado la Carta Democrática de una vez, pero no lo hizo hasta que el Grupo de Río se lo solicitó.

Aun así, Gaviria no convocó una sesión formal del Consejo Permanente de la OEA, sino que reunió a los embajadores “informalmente” a puerta cerrada para discutir lo que debían hacer. Esa reunión comenzó a las 10:30 de la mañana del sábado y no se terminó hasta la 1:00 de la mañana del día siguiente. ¿Qué era lo que tanto tenía que discutirse?, pregunto yo. Los hechos eran sencillísimos: un presidente debidamente elegido había sido derrocado por militares que nombraron de a dedo a un presidente interino que dizque iba a celebrar elecciones nuevas en un futuro no muy lejano. No cabía otra medida más que invocar la Carta Democrática.

Pero el dilema era que Estados Unidos –sólo porque detesta a Chávez– tomó la posición insostenible de que no se trataba de un golpe militar y que Chávez había “renunciado voluntariamente”. Después de tanta retórica sobre democracia, Washington trató de hacerse de la vista gorda sobre lo que de veras había ocurrido en Caracas y sólo cedió sobre el punto cuando se hizo evidente que el golpe contra Chávez había fracasado.

Dejando a un lado las especulaciones de que el golpe contra Chávez fue obra de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) –vean, por ejemplo, la revista cibernética www.slate.com– lo que ya se ha confirmado públicamente de la reacción del Departamento de Estado es indefendible. Y cada vez que los funcionarios estadounidenses tratan de excusar su actuación, lo que hacen es hundirse más. Por ejemplo, se refugian ahora en la excusa de que los militares venezolanos mintieron cuando dijeron que Chávez había renunciado; esa excusa es patética porque ninguna renuncia presidencial (aun si se hubiera dado) puede considerarse “voluntaria” si fue producto de un golpe militar. Los funcionarios estadounidenses también alegan que ellos –supuestamente defendiendo la democracia venezolana– le aconsejaron a Pedro Carmona (presidente interino) que no disolviera la Asamblea Nacional. ¿Por qué no le dijeron sencillamente que abandonara sus ínfulas presidenciales porque su gobierno carecía absolutamente de legitimidad? Además, los funcionarios estadounidenses admiten ahora que se reunieron de antemano con los golpistas, por lo que es difícil resistirse a la sospecha de que Washington les dio luz verde, por más que lo nieguen.

Parte del problema seguramente fue que el secretario de Estado, Colin Powell, estaba en el Medio Oriente cuando se desarrolló la crisis venezolana. La ausencia de Powell dejó al Departamento de Estado “sin la supervisión de adultos”, comentó el senador demócrata Christopher Dodd, en lo que debe interpretarse como una bofetada al subsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos, Otto Reich. Fue por oposición de Dodd que el Senado no confirmó a Reich en el cargo, y el presidente George W. Bush al fin le dio un nombramiento temporal. Ahora parece probable que Dodd, presidente del Subcomité de Senado para Relaciones Hemisféricas, celebre una audiencia para investigar el papel de Reich en el fiasco.

A su regreso a Washington, Powell trató de reparar el daño. Se apersonó el jueves a la OEA a reafirmar el compromiso democrático de su país en una forma que hubiera sido inobjetable si no fuera por las acciones anteriores de su gobierno. El propio presidente Bush afirmó el jueves que su gobierno había hablado “con una voz muy clara en defensa de la democracia”, como si los hechos no demostraran todo lo contrario.

Pese a esas declaraciones, no hay duda de que el incidente ha tenido un costo alto para la credibilidad del gobierno de Bush en Latinoamérica. Algunos comentaristas caritativos dicen que el incidente muestra incompetencia, pero muchos más lo tildan de franca hipocresía.

La autora es corresponsal de La Prensa en Washington


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