Al son de la política
Jorge E. Ritter
jritter@orbi.net
El Diccionario de la Real Academia Española constituye para muchos la voz suprema e inapelable sobre la existencia y el significado de las palabras. Lo que se ignora es que sus miembros se cercioran siempre de definir las palabras según las circunstancias políticas del momento en que elaboran el Diccionario. Si se les quisiera juzgar generosamente, podría decirse que los inspira la realpolitik, de lo contrario habría que ubicarlos en el mundo cada vez más amplio de los oportunistas. Dos ejemplos bastan para mostrar la revisión constante de las definiciones a la que nos someten los rectores de la lengua española, orientados, más que por la etimología de las palabras, por la veleta cambiante de la política. Utilizo para tal efecto las cuatro últimas ediciones del Diccionario de la Real Academia Española -1970, 1984, 1992 y 2002- y dos palabras: marxismo y occidente.
Marxismo. En 1970, vivo aún Franco, y por lo tanto proscrito todo aquello que oliera a marxismo, la definición era la siguiente: “Doctrina de Carlos Marx y sus secuaces….[2] Movimiento político y social que en nombre de esa doctrina pretende imponer en el mundo la dictadura proletaria”. En 1984, cuando los socialistas (PSOE) estaban en el poder en España, la definición cambió; uno de los “secuaces” de Marx adquirió nombre y apellido, y la definición resultó distinta: “Doctrina derivada de las doctrinas de Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) consistente en la interpretación económica (materialismo histórico) de la dialéctica hegeliana, la tesis de que la fuerza fundamental de la historia es la lucha de clases, que conducirá inevitablemente a la destrucción del capitalismo, la dictadura del proletariado y, finalmente, al establecimiento del comunismo, y a una sociedad sin clases. [2] Designación de varios movimientos políticos fundados en una interpretación más o menos estricta de este sistema”. En el año 2002, sin atreverse a declararlo como un arcaísmo -todavía quedan algunos comunistas en la Cámara de Diputados española- definió el marxismo así: “Doctrina derivada de las teorías de los filósofos alemanes Friedrich Engels y Karl Marx, consistente en interpretar el idealismo dialéctico de Hegel como materialismo dialéctico, y que aspira a conseguir una sociedad sin clases”. Gran esfuerzo de síntesis. Pero si las cosas siguen como van en el mundo, nadie debe extrañarse que la próxima definición incluya a Fidel Castro. Y a sus “secuaces”, desde luego.
Occidente. En 1970, todavía orgullosos del legado histórico y cultural de Europa, los académicos definieron occidente así: “Conjunto de naciones de la parte occidental de Europa, de su civilización y de su poderío político, en oposición a los pueblos situados al este, principalmente asiáticos, y a su civilización o su poderío”. Subrayo la mención de Europa y de su poderío. En 1984 y 1992, el peso abrumador de Estados Unidos se dejó sentir: el poderío desapareció de las definiciones, pero Europa siguió siendo el punto de partida de las dos acepciones en las que se dividió; decía así: “[2] Conjunto de naciones de la parte occidental de Europa”; y “[4] Conjunto de países de varios continentes, cuyas lenguas y culturas tienen su origen principal en Europa”. En el 2002 los académicos finalmente se entregaron del todo: desapareció Europa de la definición y occidente se identificó con Estados Unidos. Así reza la definición (volvió a ser una sola) que rige hoy: “Conjunto formado por los Estados Unidos y diversos países que comparten básicamente un mismo sistema social, económico y cultural”. Se esfumó Europa y apareció Estados Unidos.
Y con eso terminaron de enredarnos la vida, pues, salvo que la geografía sea tan variable como los académicos, si Estados Unidos es el punto de partida para definir occidente, Europa, que antes era occidente, ahora queda al este, y Asia que antes quedaba al este -por eso se le conoce como lejano oriente-, ahora queda al oeste (nosotros, desde luego, seguimos siendo el sur). Cuando el centro era Europa occidental, la definición de occidente no ofrecía problemas porque América quedaba al occidente y Asia al oriente. Pero ahora, con el eje en otra parte, el asunto es más difícil de explicar.
Para no hablar de los otros elementos de la definición de occidente: en 1992 -conmemorábamos entonces el quinto centenario del descubrimiento- se hablaba de “lenguas y culturas” cuyo origen era Europa. Ahora se trata de compartir el mismo sistema “social, económico y cultural” con Estados Unidos para poder calificar como país occidental. Cuba, por ejemplo, ya no califica como occidente, pues no comparte el mismo sistema económico que Estados Unidos. Y lo de compartir un mismo sistema cultural, me queda sin entender, puesto que hasta ahora creía que también Estados Unidos formaba parte del legado cultural de Europa, y no al revés.
Menos mal que los académicos de la Historia no son tan volubles, porque si lo fueran tanto como los de la Lengua en cualquier momento nos dirían que hace quinientos años Estados Unidos descubrió Europa.
El autor es ex-canciller de la República
Además en opinión
• Premios y apremios:
Guillermo Sánchez Borbón •
Al son de la política: Jorge E. Ritter
• Washington
fracasa una prueba de principios democráticos: Betty Brannan
Jaén •
Sólo para panameños : Leonor G. Motta
|