Panamá, 21 de abril de 2002
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‘Contactos’ y amigos, S.A.

La historia de tres aprendices de calbideros cuyo primer contrato fue de diez millones de dólares

Rolando Rodríguez B.
rrodriguez@prensa.com

P oseer un restaurante representa, en no pocos casos, un negocio de muchos sacrificios: dispararse en medio de la madrugada a buscar alimentos de primera; fajarse en las artes del regateo o mantener una difícil clientela satisfecha. Pero, para otros, es también una caja de resonancia —siempre y cuando se sepa escuchar bien—, especialmente si es frecuentado por abogados, políticos o empresarios de seguros.

Horacio Petroni —el propietario del restaurante El Viejo Pipo— demostró tener un oído virtuoso, supremamente agudo y una insospechada vocación por los negocios. Una conversación entre dos de su comensales, Walter Mayers y el abogado Ramón Mendoza —que trabajan para Lew Rodin—, sacudió su imaginación. Tras unas breves operaciones aritméticas, concluyó que probablemente habría una tajada para él si conseguía hacer negocios con Lew Rodin. El empresario trataba de promover un proyecto para construir y vender casas de bajo costo en las áreas revertidas, con una inversión máxima de 400 millones de dólares.

En la conversación, Petroni —de acuerdo con una declaración jurada ante el Ministerio Público el pasado 22 de febrero— se enteró del proyecto y de que Rodin llevaba 7 meses con su proyecto paralizado.

Petroni —consciente de que su aporte a un negocio de bienes raíces tenía poco que ver con aderezar ensaladas— contactó a otro de sus comensales, Fabio Alvarado Barés, con quien planeó conseguir una “platita extra”. No era una elección al azar. Petroni sabía “que el señor Fabio tenía contactos en el Gobierno”, declaró.

Pocas semanas después de reunirse con Alvarado y Petroni, Rodin firmó un contrato en el que se comprometía a pagarles diez millones a cambio de sus servicios. Sin que sus nombres figuraran para nada en la sociedad, Petroni y Alvarado crearon en septiembre de 2001 la sociedad Gestiones Nacionales e Internacionales con la que haría negocios con Rodin.

Los socios

Abogados de Rodin figuran como agentes residentes de esta sociedad, cuya especialidad es, según palabras de Alvarado, “la promoción, desarrollo y culminación de proyectos que necesiten el impulso que todo proyecto de magnitud necesita”. Más claro ni el agua.

Alvarado ha demostrado ser un prolífico y —muy a la moda— diversificado empresario. Además de figurar como dignatario de una sociedad que preside Carlos Wittgreen (un viejo socio de Manuel Antonio Noriega), preside otra, al parecer, vinculada al modesto negocio del “transporte selectivo”, llamada Radiotaxi 2000, S.A. Es, además, empresario de seguros, distribuidor de gas y ahora “cabildero”.

Petroni confesó que supo de la existencia de la palabra “cabildeo” cuando le habló a Alvarado del negocio. Para él, había definiciones más sencillas: “él [Alvarado] me comentaba que tenía amistades dentro del Gobierno”.

Alvarado —en declaración jurada ante el Ministerio Público el 22 de febrero de 2002— comentó las razones por las que él cree que fue contactado por Rodin. Para nada mencionó sus “contactos” en el Gobierno, por el contrario, su carta de presentación dijo que fueron sus 30 años en la empresa privada, “con una realización empresarial medianamente exitosa”. Con esos contactos, dijo, “me parece que tengo facilidades y relaciones para tocar puertas”.

Por su lado, Petroni ya no tenía mucho más que aportar al negocio, pues él ya había hecho su parte: fue quien “llevó”: el negocio. En otras palabras, era el padre de la criatura.

Sin embargo, Petroni se tomó el trabajo de “estudiar bien el proyecto” y de gestionar una rebaja del precio del terreno que pretendía comprar Rodin, para lo cual se reunió con el jefe de Catastro del Ministerio de Economía, Adalberto Pinzón.

Sin embargo, la gestión de los “cabilderos” fue otro fracaso, ya que Pinzón dijo a La Prensa que “no se reconsideró ni un solo centavo” del avalúo que se hicieron a esas tierras.

El tercer socio de Alvarado, Rodrigo Riera, también parece tener credenciales de empresario especializado en las más diversas disciplinas. Es dignatario de sociedades de nombres sugerentes, tales como: Gerencia de desechos sólidos de Panamá; Radiotaxi 2000; Lucar Oil Gas, Inc.; Sound Laboratories; Residencial Costa Bella; etc. y es el “asesor financiero” del proyecto, según Alvarado.

Los ‘primísimos’

¿A qué se refería Petroni con los “contactos” y “amigos” de Alvarado en el Gobierno?

Quizá ello pueda ser explicado en una circunstancia un tanto “accidentada”. Alvarado —pariente del jefe de la Policía, Carlos Barés— era uno de los pasajeros del helicóptero HP-1430 hundido en febrero de 2001, cuando, procedente de la casa presidencial de Punta Mala, viajaba hacia Panamá. Junto a él, viajaban Carmen Muñoz y Gisela Moscoso de Palermo, primas hermanas de la presidenta, Mireya Moscoso.

Carmen Muñoz es hermana del presidente de la junta directiva de la Caja de Seguro Social, Erasmo Muñoz (quien, como se deduce, es primo de la presidenta). Gisela Moscoso de Palermo, esposa de José Domingo Palermo —nombrado por Moscoso como directivo del Ente Regulador— es también secretaria de la presidenta.

Riera, por su lado, era (o es) entrañable amigo del ex ministro de Gobierno y Justicia y hoy magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Winston Spadafora. Y éste, a su vez, era (o es) cliente de Petroni, en su concurrido restaurante, “donde he almorzado un par de veces con él [Spadafora], como lo he hecho con varios ministros”. Petroni, como se ve, también disponía de unas cuantas “amistades”... o ¿contactos?

Las gestiones

Así pues, con estos flamantes socios, Rodin suscribió el contrato el 14 de septiembre de 2001. Se supone, de acuerdo con una declaración jurada de Rodin, que la empresa de Alvarado debía proporcionar un estudio de factibilidad, consultas con instituciones financieras, con empresas privadas y estatales, asesoramiento, etc.

Y los pagos vinieron enseguida: 400 mil dólares cambiaron de manos en cosa de semanas. Esos pagos eran para cumplir el contrato, que estipulaba el pago de un abono inicial de 200 mil dólares, tras su firma, y 200 mil dólares más un mes después. El resto se pagaría a razón de 250 mil dólares durante 17 meses, y luego 100 mil dólares por mes durante cuatro años.

Así pues, comenzaron las reuniones y Petroni se ocupó de conseguir pases para que Rodin inspeccionara varias propiedades en las áreas revertidas. “De más está decir que yo hice la gestión”, se enorgullece Petroni en su declaración. Y de más está decir también que esos pases son gratuitos y se obtienen con sólo llamar a la ARI, informó la propia institución.

Sin duda, los servicios de Petroni, Alvarado y Riera resultaron ser extremadamente costosos, pues resulta que el contrato advertía que cualquier necesidad de contratación de ingenieros, arquitectos, ambientalistas, financistas, etc., debía correr por cuenta de Gestiones Nacionales, pero Petroni admitió en su declaración que su equipo de trabajo no era otro que ellos mismos.

Y aunque en el contrato no se menciona ni una palabra de publicidad, Petroni asegura que esa era la principal actividad asignada a su empresa. “Nuestra tarea —comentó— era la de hacer todos los trabajos de mercadeo, publicidad del mismo y todo lo que publicitariamente conlleva en cierto momento tratar que dicho proyecto sea bien visto”. En consecuencia, aseguró, “íbamos a tener un gasto bien grande”, aunque no lo precisó.

Las inversiones

En lo que parece no haber invertido ni un centavo fue en papel. Preguntado por algún documento que respalde su gestión tras embolsarse un tercio de los 400 mil dólares pagados por Rodin, Petroni reconoce cándidamente: “documento en sí, no se le presentó”. Después de todo, ya tenía sus pases para ver las áreas revertidas. Además, Petroni asegura que “se logró bajar en parte el precio de los terrenos”, cosa que no fue así, tal como se dijo líneas atrás.

Los fracasos de los “cabilderos” parecen haber colmado a Rodin, pues Alvarado y Petroni alegan que él “no goza de mucha paciencia con temas que tienen que ver con un mercadeo y una publicidad de tan grande proyecto”.

¿En qué se gastaron los 400 mil dólares que pagó Rodin?, preguntó las Procuradurías a Petroni. “Se ha utilizado —dijo— en todas estas reuniones anteriormente citadas por mí, cenas y almuerzos” y en preparar la publicidad del proyecto. ¿Y dónde se hacía eso? “La mayoría de las reuniones —admitió— se realizaron en mi restaurante, El Viejo Pipo”. Rodin invitaba, después de todo.

Empero, Alvarado habló de otro destino: como eran “honorarios”, fueron a dar a sus bolsillos.

¿Cuál fue el resultado de la gestión de los “cabilderos”? “Fue una estafa”, se queja Rodin. Petroni y Alvarado dijeron sentirse extrañados de esa expresión, “pero lo cierto es que el contrato está vigente”, afirmaron. Ello se contradice con una carta que Rodin envió a La Prensa el 4 de febrero pasado: “desafortunadamente estos señores no me pudieron resolver estos problemas” y por ello dio por terminado el contrato.


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