Sereno timonel y hombre de Estado
A Ramiro nunca le tomó más tiempo que el necesario para reflexionar profundamente cuando tuvo que tomar decisiones
Julio Ligorría Carballido
Tranquilo timonel en momentos de gran tormenta política, el hoy desaparecido ex presidente de la República, ex constituyente, ex diputado y ex procurador de los derechos humanos, Ramiro de León Carpio ha partido al más allá en paz consigo mismo y sin duda satisfecho por haber servido a su país con el corazón en la mano, siempre revestido de la humildad y temple que todos, en secreto o en público, admiramos de los grandes líderes.
La noticia conmueve dada la gran calidad humana de este hombre, quien tuvo el valor de romper los paradigmas políticos del país desde que se integró al equipo fundador de la Unión del Centro Nacional, organización que junto a su primo y líder centrista, Jorge Carpio Nicolle, supo sembrar en el país la semilla de una nueva visión para la nación.
En una nación como Guatemala, donde producto de la guerra civil de 30 años hay una cultura de violencia y confrontación en amplios sectores de su población, Ramiro de León constituía una rareza en la clase política, pues su actitud en pro del diálogo y la concertación contrastaba con el discurso altisonante de muchos de sus colegas en la arena. Ramiro fue siempre identificado nacional e internacionalmente como el caballero de la política. Cuando Jorge Serrano golpea la constitucionalidad del país, la reserva moral que necesitaba la nación para sobrellevar la crisis se encontró en las figuras de Ramiro De León y Don Arturo Herbruger.
Esa actitud descrita retrata en buena forma la esencia de Ramiro. Hombre prudente, mostró todo el tiempo la humildad necesaria para revaluar el cargo de diputado y constituyente mientras lo ejerció, el de ombudsman cuando le tocó defender al país en momentos agitadísimos y luego durante la conducción del país como presidente de la transición. Su valentía y temple, cuestionados por muchas personas que desconocen la visión estratégica de los estadistas, y que han estado acostumbrados a los golpes de mano y la arbitrariedad de los gobernantes, fue puesta a prueba para definir los momentos que como hombre, caballero y ciudadano requirieron puntos de dolorosa y complicada definición. A Ramiro nunca le tomó más tiempo que el necesario para reflexionar profundamente cuando tuvo que tomar decisiones, tal y como lo haría cualquiera ciudadano que se preocupe por sus semejantes.
En sus manos tuvo decisiones críticas: el relevo de altos jefes militares; la interrupción de las pláticas de paz con la guerrilla y su posterior relanzamiento; la depuración legal del Congreso y la Corte Suprema de Justicia vía el referéndum; la intensificación de la inversión pública a nivel de los municipios promoviendo el aporte constitucional del 8% para la obra municipal; los valientes señalamientos que él hizo como procurador de derechos humanos ante los excesos del Gobierno; y finalmente, su renuncia pública al Congreso y al FRG por no compartir las decisiones del general Ríos Montt y la cúpula partidaria. Difícilmente, un muestrario más complejo de decisiones que reclamaron en su momento una alta dosis de compromiso, certeza y valor.
Por eso hoy comparto en el alma el duelo que su familia y el país llevamos. La partida de Ramiro implica la extinción de unos de los grandes políticos y estadistas en la Guatemala de nuestro tiempo. Su valía, medida en el nivel de respeto que sus decisiones despertaron a nivel popular, y la trascendencia que sus actos tienen en el tiempo, sólo serán dimensionadas con justicia cuando los años hayan transcurrido y la imagen del gobernante humano, sereno y bien intencionado se haga más grande por contraste.
Ramiro no ha muerto. Su legado pervivirá al ejercicio político en el país. Su firma puesta con toda humildad al servicio de la nación, compartirá escenarios con las de honorables ciudadanos como don Arturo Herbruger, su vicepresidente en el Ejecutivo de la transición; con don Gonzalo Menéndez de la Riva, su antecesor en la Procuraduría de los Derechos Humanos, y con la de Jorge Carpio Nicolle, su primo y cofundador de la UCN, en la etapa de renacimiento político del país.
Como su consultor durante el tiempo que fue presidente hubiera querido decirle más veces a mi amigo Ramiro De León Carpio, que siempre me sentiré orgulloso de haberle podido servir a mi país por su medio. Hubiera querido agradecerle más veces la confianza que depositó en mi persona. Hoy se ha adelantado al encuentro del Señor. Sé que su paso a la vida eterna está garantizado porque siempre supo ser el hombre sincero, honesto y humilde que todos quisiéramos tener permanentemente como líder.
Descanse en paz, Ramiro de León Carpio.
El autor es comunicador público guatemalteco
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