Prestidigitadores
Tengamos cuidado con los absolutos; no todo lo que se cubre bajo la capa de soberanía, inversión, fuente de trabajo o menor precio es, por ello mismo, bueno
Marco Julio De Obaldía
Hace muchos años en Washington, D.C. un compañero de trabajo me comunicó muy contento que teníamos algo en común: él había invertido en la bolsa y había adquirido acciones e invertido en electrónica, su especialidad.
Las cosas han variado, naturalmente, tal como aquella madre que dijo a sus hijos: “Su papá ha mejorado, ya no me pega a diario…”
Muchas personas han caído en los señuelos de los prestidigitadores, de los ilusionistas, de los que hablan de inversiones –su efecto multiplicador– y de fuentes de trabajo. Personas que luego repiten con seriedad de loros, posesos o iluminados, los axiomas que, en diversas pócimas, les han dado a tragar. Recuerdo la seria convicción de aquel ministro que sostenía: “Mientras más nos endeudemos ahora, mejor será para el país” y no había, entre sus pares, quien osase cuestionar verdad tan evidente. Las consecuencias las conocemos: deuda impagable, baratillo “por quiebra” de empresas estatales y un supuesto fondo fiduciario con no sé cuántos cancerberos que han perdido totalmente la noción de quién es el verdadero responsable de la miseria del pueblo panameño.
La Biblia nos hace el relato de los gemelos Jacob e Isaac, hermanos en perpetua lucha que todos tenemos (Yin-Yang) bajo la misma piel. Los dirigentes PRD –no necesariamente la membresía– apuraron el plato de lentejas hasta hartarse, pero hábilmente mediante la creación del frente empresarial y de la tendencia, embobaron a gran parte de la ciudadanía que formó sus huestes y que hoy día por variadas razones no acepta haber cometido un error que fue perfectamente inocente.
Tengamos cuidado con los absolutos; no todo lo que se cubre bajo la capa de soberanía, inversión, fuente de trabajo o menor precio es, por ello mismo, bueno. La moneda tiene dos caras y si, por ejemplo, los centavos que usted “ahorra” en papas obliga al campesino a emigrar con su familia a la capital, debería recapacitar un poco.
Los tiempos cambian las estrategias; así como se fueron las ferias de Portobelo, así mismo las naves de guerra extranjeras no tienen ahora que apoderarse de puertos y bahías. Los métodos son mucho más sutiles y “civilizados”: basta con educar a la clase pensante en forma tal que acepte como dogmas infalibles ciertas teorías económicas favorables a los magnates; dichos individuos en su hora, se encargarán del resto. No me produce asombro ni tampoco amargura, sino tal vez lástima, notar que quienes hablaban de sustitución de importaciones y de monumentales empresas estatales, pasasen con igual vehemencia a la privatización masiva y a la libre importación de todos los productos.
¿Qué le ha parecido la venta del INTEL? Sin embargo, los discursos y la propaganda de los prestidigitadores recibieron ya el premio de su efectividad. ¿Estaba usted confundido o no lo estaba? Las comunicaciones constituyen para un país lo que el sistema nervioso para un ser vivo. El error lucrativo bien calculado por el PRD de vender el INTEL, nos ha costado muy caro y seguirá desangrándonos.
Mi amigo de Washington es un hombre bueno y procuró enmendar su errada escogencia. Como millares de nosotros, estima que es bueno ganar dinero y si se invierte en la bolsa es en procura de recibir réditos. No tengo nada contra la inversión de capitales, mas sí contra los métodos que algunas corporaciones utilizan, muchas veces con desconocimiento total de sus accionistas.
Los aventureros “inversionistas” cuentan con la ayuda de algunos tecnócratas, así como con la de algunos políticos corruptos muy dispuestos a dejarse convencer por sofismas siempre que vengan acompañados de un maletín cuyas dimensiones y volumen se calculan a velocidad cibernética.
Nosotros tenemos estos especímenes, pero, afortunadamente, hay también una reserva buena de ciudadanos dentro y fuera de partidos políticos que inexorablemente han de llegar a la conclusión de que nuevamente hoy, como ya lo hicieron ellos mismos o sus mayores durante la oscura época de la dictadura, se requerirá su concurso sin egoísmos, reservas o rencores estériles para enderezar el rumbo que en tan poco tiempo hemos perdido. No vislumbro, sería demasiado pedir, a un equipo de personas honestas; para el caso bastarían personas honradas, cívicamente valerosas y, sobre todo, con conocimiento real y profundo de nuestro país, algo que frecuentemente olvidamos y que debería enfatizarse en los programas educativos incluyendo los universitarios. Enfocar la acción hacia el ciudadano humilde, más que hacer las grandes corporaciones, podría ser un punto de partida.
Es necesario que desaparezca la apatía y renazca la acción, porque sin el concurso de personas de buena voluntad, la resurrección de la patria no se dará nunca.
El autor es ingeniero y profesor jubilado
Además en opinión
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