Panamá, 19 de abril de 2002
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
La Ciudad
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Defensor del lector
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Historia de un amor

Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx

No encuentro mejor definición para el bolero que aquellas cuatro palabras con que nombra Carlos Eleta Almarán a uno de los más hermosos y conocidos mundialmente. El género canta con alevosía al amor ido, negado, vencido, deseado, vengativo, realizado, despechado, para musitarnos siempre la Historia de un amor. Pero, ya no estás más a mi lado, bolero, y en el alma sólo tengo soledad.

Este melodrama erótico identifica el alma latina de forma más rotunda que el tango, son, pasillo o cumbia. Para un agudo observador como Tony Fergo, el mismo de Luna lunera, el bolero requería 32 compases para solicitar un beso. En la balada postmoderna, desde el primero, ya la dama está desnuda y en la cama. Vorágine de los tiempos, le llaman.

Pero aquel género romántico resiente el destape de la era. Con un siglo de transgresión erótica a cuestas, su corazón arrítmico ya sube y baja en oleadas, dando muestras de cansancio. Así, el abrazo estrecho de su baile pausado y elegante, va cediendo paso al vértigo de piernas de la salsa, como a contorsiones y decibeles del rock. Y aunque hace décadas su salud preocupa, aún me aferro en creer que sólo reposa, que de amor hiberna, y que pervive con toda su alevosía y efectividad.

En su época de oro, grandes boleristas pueblan el pentagrama criollo: la versátil Marta Estela Paredes, la voz de contralto melosa de Marcela Troesch, la sin par Leoni Herrera, Basilio Martínez, Juan Coronel, y el atildado guitarrista Cutito Larrinaga y su hermano Rodrigo. Y aunque los cantantes internacionales del momento hacen fila por las composiciones de nuestros Chino Hassán, Carlos Eleta, Ricardo Fábrega, Tony Fergo, los únicos intérpretes que logramos exportar resultan Camilo Rodríguez y su Mirna, y Manny Bolaños.

Ese animal telúrico llamado La Lupe, oxigena al género con un bolero urbano y desgarrado. Otro respiro darán Cutito Larrinaga (Soy la arena, Esa mujer) y Danny Rivera con aquella producción “Serenata”, con canciones de Rafael Hernández. El bolero toma otra bocanada cuando salseros lo interpretan: Oscar D’León, Pellín Rodríguez, Cheo Feliciano, y la voz metálica de Pete Conde Rodríguez, en un tempo vivace. Incorpora entonces estribillos sabrosones con aires de son, que junto al pregón, imprimen una jarana tan de moda: “Yo la vida entera, te entregaría”, corea el sexteto de Joe Cuba. A Rubén Blades, por su parte, a pesar de que lo intenta, el género le resulta esquivo.

Será Luis Miguel y su potente voz quien, en las postrimerías del siglo XX, ponga la juventud a bolerear. Pocos saben que Panamá exhibe complicidad en su afán bolerístico. Todavía niño, frecuenta con su padre, el guitarrista Luisito Rey, la casa de playa de los Larrinaga, donde los paladea en largas noches de luna.

En sus “Romance”, y con Manzanero como productor, incluye piezas de este (No sé tú, Somos novios), Luis Demetrio (La puerta), y otros tradicionales como Roberto Cantoral (La barca, Reloj). Logra evocación al incluir a Chamín Correa, mítico requinto de Los Panchos. Pero incorpora batería y sintetizadores. Y aunque logra prender en la juventud con un timbre cónsono con los tiempos, lo aleja de su sonoridad original de guitarra y piano acústicos, bongó y maracas, por acercarlo a la balada.

Luis Miguel demuestra que la fina textura del amor en frase elegante, aún asoma sobre la crudeza de una alusión sexual tan a tono con la época. El Puma José Luis Rodríguez, Braulio, José Feliciano, y los juveniles Charlie Zaa y El Tri O, trepan la ola bolerística e inundan un ambiente sonoro, pero cuya efervescencia no llega, ni cerca, a la de su época de oro.

Quizás el miedo a parecer anticuado, una vorágine que no incentiva amistad ni seducción a fuego lento, la crudeza de una globalización contraria al romanticismo, o la ausencia de una cultura libresca juvenil, determinan que el bolero no rime con la era. Hoy, un grupo de románticos insiste en presentar un primer festival internacional en su honor, empecinados en convencer que no boquea, y que respirará mientras exista una sola cuita aspirando elevarse a historia de un amor.

El autor es investigador de mercado



Además en opinión

Garzón: I. Roberto Eisenmann
Historia de un amor: Jaime A. Porcell Alemán
Prestidigitadores: Marco Julio De Obaldía
Lo que no se dice del Seguro Social: Jorge G. Obediente






¦
Portada¦ Hoy por hoy¦ Trasfondo¦ Nacionales¦ Deportes¦ Opinión¦
¦
Mundo¦ Negocios¦ Revista¦ Reseña¦ Última hora ¦ UH Mundo¦
¦
UH Negocios ¦ UH Deportes ¦ UH Farandula ¦ UH Ciencia y Salud¦ UH Tecnología ¦ UH Cultura ¦ UH Curiosidades ¦
Derechos reservados, Corporación La Prensa.internet@prensa.com

Corporación La Prensa TEL (507)222-1222
Apartado 6-4586 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá