Garzón
Estoy seguro de que escucharle nos dará esperanzas de lo mucho que podemos hacer aquí los ciudadanos, ante nuestra crisis institucional
I. Roberto Eisenmann
He terminado de leer el magnífico libro de la periodista Pilar Urbano titulado Garzón, en el que reseña la vida y acción del juez español Baltasar Garzón, un hombre que como juez de instrucción ha afrontado con integridad y valentía a todas las delincuencias poderosas del mundo, y ha entregado al mundo civilizado un gran regalo al darle a la justicia nivel universal cuando logra arrestar a Augusto Pinochet, en Londres, por el genocidio que dirigió en Chile y en otros países contra ciudadanos españoles o hijos de españoles.
En un momento de su carrera Felipe González –presidente del Gobierno– próximo a someterse a una reelección lo convence de ingresar en la política, obviamente para “usar” su reputación de incorruptible. Tras poner condiciones, Garzón acepta.
He aquí una conversación de Garzón con Felipe, contenida en las páginas 27 a 30 del libro: “De pronto, (Felipe) se dirigió a mí: –¿Y tú, Baltasar, qué opinas de esto? “Esto era nada menos que la situación que se estaba viviendo en el país. Entre los alientos de Bono y las ganas que yo tenía de decirle al presidente del Gobierno lo que pensaba, no me hice de rogar. Pensé: ‘Esta es la mía… ¡a saber si se presenta otra!’. Y entré pegándole en el hígado: “Pues mira, presidente, yo opino que la clase política tiene muy poca credibilidad. En especial, los que gobernáis. La gente está harta de la corrupción, harta de que la engañen, harta de la falsedad del político, que en campaña promete el oro y el moro a sabiendas de que no lo va a hacer...”. “–¿No estás siendo un poco duro?”. “–No más bien me estoy quedando corto. Lo que te pasó en la Universidad Autónoma –y disculpa que sea tan directo– es un test claro de ese hartazgo”. “–¿Por qué no piensas que fue un montaje? Había reventadores del PP moviendo el cotarro…”. “–Felipe, a ti eso te puede tranquilizar, pero, por mucho reventador, cuando la reacción general que se produce es de un abucheo compacto, no le des vueltas: hay un magma. Y te recuerdo que, ante los estudiantes, tú te comprometiste a luchar contra la corrupción. No habéis hecho nada. Les has mentido”. “–¡Hombre…!”. “–Perdona, sé que es fuerte, pero la percepción desde fuera es que el gobierno no hace nada, ¡nada de nada! contra la corrupción. Y eso la gente no lo perdona. La gente aguanta mucho tiempo, hasta que un día se le hinchan las narices y deja de aguantar”. “–Tú eres juez, Baltasar, y sabes que el gobierno no puede tomarse la justicia por su mano y condenar antes de que condenen los tribunales”. “–Yo soy juez, y sé que una cosa es la sanción penal y otra cosa es la sanción política. Hay casos, como el de Juan Guerra o el de García Valverde y los terrenos de la Renfe, o el de Filesa… en los que no se ve reacción política. Los que lo han hecho, o lo han consentido, siguen ahí tan campantes. Y el gobierno no puede ser ajeno a eso. No basta decir ‘ya escampará”. “Al citar esa frase del propio Felipe, sentí las miradas de todos clavadas en mí. Pero no me arredré”: “–Yo echo de menos que, en la lucha contra la corrupción, tome la iniciativa el gobierno. Yo echo de menos el bisturí para amputar lo que está podrido, o lo que está bajo sospecha…”. “–Me parece, Baltasar, que eres demasiado drástico”. “–No, presidente. Es que aquí no camina nadie, no se cesa a nadie. Seguimos viendo en los escaños las mismas caras de los escándalos. Y el ciudadano deja de creer. Con todo lo que ha caído del despacho de influencias de Juan Guerra, no es de recibo que Alfonso siga de diputado y de número dos del partido”. “–¡Un momento, un momento! Eso no es justo imputármelo a mí. Esos son asuntos de Alfonso Guerra. Yo ahí no he entrado ni he salido… ni quiero meterme. ¡Menudo punto me has ido a tocar!”. “A Felipe se le ensombreció el rostro. La mirada se le puso torva. Yo seguí con mi alegato”: “–Al ver esos cientos y miles de millones de financiación espuria del partido, uno se pregunta: ¿a dónde va ese dinero?, ¿quién se lo queda?”. “–Yo no me atrevería a hablar de financiación espuria, sin tener los datos…”. “Felipe, ya que me has tirado de la lengua, déjame terminar mi speech. Yo no quiero acusar aquí a nadie de nada; pero sí señalar la gravedad de que los ciudadanos ya estén pasados de vuelta y convencidos de que los partidos no son lo que debieran ser: los cauces de su participación en la política. Uno, porque se les engaña con promesas que no se realizan; dos, porque no se sienten representados ni defendidos en sus intereses por ciertos dirigentes corruptos; y tres, porque se les estafa creando unas carísimas maquinarias artificiales, llamadas partidos, que sólo sirven para que de ahí chupen unos cientos de apparatchiks”. “Dije cuanto quise. Felipe lo encajó bien. Luego intervino Ventura. Empezó suave, envolvente, en clave gallega; poco a poco, fue cargando el discurso, y acabó clavando el arpón con brío. Estuvo valiente y brillante, Felipe, muy atento. Yo creo que sorprendido del sopetón. Quizá nadie le hablaba así…”
Y en algunas páginas siguientes, textualmente: Algunas noches, al volver (Garzón) a casa le decía a Yayo (su esposa): “Esto es una mierda… ¡Y yo soy el circo!...” “Aznar le echa en cara a Felipe aquella Comisión Anticorrupción que prometió en campaña y de la que nunca más se supo”… “Antes lo intuía; ahora lo sabe: Felipe está atado. Felipe no es libre”.
Garzón renuncia muy pronto a la política y vuelve a su puesto como juez de instrucción.
El gobierno del PSOE pierde las próximas elecciones sumido en una montaña de escándalos de corrupción.
Garzón es hoy una figura internacional, más respetado que nunca, comprobando que una sola persona íntegra e incorruptible puede –sí, puede– hacer la diferencia.
¿Le suena familiar la historia, amigo lector (a)?… a la junta directiva de ILDEA también. Por eso ha invitado a Baltasar Garzón a Panamá. Ojalá pueda aceptar, ya que estoy seguro de que escucharle nos dará esperanzas de lo mucho que podemos hacer aquí los ciudadanos, ante nuestra crisis institucional provocada por la inmoralidad política.
El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
Además en opinión
• Garzón: I. Roberto
Eisenmann
• Historia
de un amor: Jaime A. Porcell Alemán
• Prestidigitadores:
Marco Julio De Obaldía
• Lo que no se dice
del Seguro Social: Jorge G. Obediente
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