Entre nosotros anda el teatro panameño
Mireya Hernández
revista@prensa.com
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El sorteo, de Edgar Soberón Torchía, obra que está en cartelera en el Teatro La Cúpula.
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En el Teatro La Cúpula, y como parte de la Temporada de Verano del Instituto Nacional de Cultura, se estará presentando El sorteo escrita y dirigida por Edgar Soberón Torchía. Esta obra nos confirma la existencia de valores positivos dentro del teatro panameño.
Estructura teatral
El sorteo nos llega como un espectáculo teatral distribuido en planos diferentes: textual, físico, escénico, técnico y social. El texto no tendrá entonces mayor preeminencia que los otros componentes, ya que será parte de una propuesta integral en la que intervienen de manera decidida, la forma de dirigir la obra, la actuación y los mecanismos de comunicación con el público.
En el plano textual, una joven pareja se presenta como núcleo dramático. Ellos están en búsqueda de elementos vitales, él a través de la literatura y ella reafirmando su personalidad no solamente con el trabajo cotidiano sino también con propuestas fallidas o no. Su entorno consiste en un mundo cambiante, decadente, bullicioso y a veces mágico - como esta ciudad, este país en el que vivimos- el cual permite la convergencia a otros personajes reconocidos, ambivalentes, relevantes, salvables o insalvables con sus propios fantasmas existenciales.
La dramaturgia, como manifiesta el propio Soberón, es fragmentada, sucede en rápidos cuadros, con personajes en el que se destacan un lenguaje pintoresco y hábitos y costumbres matizados de humor. Son escenas cortas, que no intentan una progresión dramática tradicional, sino un avance a saltos como en la escuela brechtiana. Escenas dirigidas hacia el espectador como flechazos certeros, que nos acompañarán en reflexión posterior como producto adicional a lo que se nos entregó en escena.
El sorteo es una propuesta cercana quizás al sainete o juguete cómico, y que -apuntamos nosotros- rebasa los moldes repetitivos del teatro tradicional, que no busca la risa como medio fácil y carente de imaginación, sino que al igual que la música utilizada en esta obra, enriquecen la imagen y el discurso teatral contemporáneo.
La obra se perfila -en parte- como teatro político. Los aristofánicos se divertían con los mitos y en tono de sorna recreaban situaciones de la época, postulando una abierta crítica política y social en el teatro. De igual manera, el teatro político era ya utilizado por los nahuas en la América prehispánica, cuando en representaciones aparecían funcionarios satirizados “como espejos delante de otros” buscando que actuaran de manera cuidadosa. Los mayas ejercían, con sus sátiras, presión sobre las autoridades criticadas. Esa tradición milenaria es recurrente en la obra dramática de Soberón Torchía, quien aborda la figura del presidente de Panalandia, sintetizando la demagogia y la corrupción, entendida y sentida como un desorbitado espejo de la realidad.
Los actores
Ninguno de estos elementos por sí mismos, cobraría brillo, si no fueran sustentados por un excelente trabajo actoral, coherente y definitorio. Posiblemente una de las características sobresalientes de El sorteosea precisamente esa labor en conjunto que trasciende el escenario, resultado de un equipo entregado en cada detalle y sobre todo a los personajes a los que hicieron cobrar vida.
Tanto en texto como en actuación, las mujeres de El sorteoson difíciles de olvidar: una ”agenta” de policía interpretada por Eyra Portillo, María Elena Mena, llena la escena con su voz, con su presencia, con su deslizamiento interpretativo en el papel de Yamiléis Pastrana y sus ideales puestos en amores furtivos. Dayanara Medina, la negrita de oro, marca la ingenuidad y reparte esperanzas de manera convincente.
(La autora es poetisa y dramaturga)
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