Sobre asambleas constituyentes y asilo político
Juan Ramón Vallarino Jaynes
jrvj@vvgm.com
En Panamá existen figuras públicas que pregonan su punto de vista de forma incesante, logrando a veces imponer el mismo a la colectividad casi por el cansancio de los demás. Dos ejemplos de estos temas son la posibilidad de convocar a una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución política para Panamá, y el otro es si se debe otorgar o no asilo político a ex mandatarios o figuras políticas clave de otros países vecinos.
Los recientes sucesos en Venezuela me han inspirado a compartir algunas reflexiones sobre estos dos temas.
En relación al primer tema, el argumento básico es que la república de Panamá necesita convocar a una Asamblea Constituyente, de forma que la misma reemplace nuestra actual Carta Magna (aprobada en 1972 durante la dictadura militar, y modificada en 1978, 1983 y 1994). La necesidad de dicha Constituyente ha sido explicada en el sentido de que hay que librarnos de los resabios de militarismo existentes en la Constitución actual, en que es la única forma de eliminar ciertas estructuras nocivas en nuestro sistema político y, en general, es una forma de que el pueblo (a través de sus representantes, los constituyentes), exprese su voluntad.
Todo esto es conceptualmente correcto, pero lo que me preocupa es que esto es exactamente lo que hizo Hugo Chávez en Venezuela. Es por todos conocido que Chávez en repetidas ocasiones recibió el voto afirmativo para sus iniciativas, lo cual legalmente le da una gran legitimidad. Pero es la opinión de muchos (entre los cuales me incluyo), que Chávez ha manipulado todas las instituciones venezolanas a su conveniencia, de forma cuasi dictatorial, y que se trata de una persona cuyas credenciales democráticas son sumamente cuestionables.
Volviendo a Panamá, lo que más me preocupa es que los voceros pro-Constituyente no parecen contemplar en sus planteamientos el riesgo de que una Constituyente produzca una Constitución peor que la que tenemos ahora, o que políticos inescrupulosos aprovechen la misma para abusar del poder o perpetuarse en el mismo.
En relación con el segundo tema, en diferentes momentos Panamá ha concedido asilo a figuras políticas extranjeras. Esto ha sucedido en casos como el de Bucaram (presidente ecuatoriano que fue destituido de forma bastante irregular por el Congreso ecuatoriano que decidió en una sesión declararlo “loco” y por ende removerlo de la Presidencia), y el de Cedras (hombre fuerte haitiano, que ante el peligro de una invasión estadounidense que lo derrocaría y que devolvería la Presidencia haitiana al depuesto presidente Aristide, aceptó asilarse en Panamá).
Particularmente después de que Montesinos llegase a Panamá solicitando asilo, se dio un fuerte debate acerca de si Panamá debía conceder asilo a figuras políticas con “cola de paja”. En este sentido, los argumentos iban desde que dichas figuras políticas tenían que rendir cuentas a la justicia en sus países de origen, hasta que Panamá no tenía por qué convertirse en el “basurero” de Latinoamérica.
Respeto mucho los puntos de vista anteriores, pero pienso de todo corazón que Panamá le hubiera hecho un inmenso favor a la paz y el futuro de Venezuela y Latinoamérica si el viernes 12 de abril hubiéramos ofrecido asilo inmediatamente a Chávez. Pienso que si el gobierno de transición venezolano (o las fuerzas militares de dicho país), hubiesen enviado a Chávez a Panamá, se hubiera evitado mucho derramamiento de sangre y Latinoamérica se hubiera evitado el riesgo de tener un Chávez vengativo de vuelta en el Palacio de Miraflores. Yo doy mi apoyo irrestricto a que si se vuelve a dar una situación similar en días venideros, Panamá sirva como coadyuvante a la problemática venezolana y no caigamos en el lastre retórico de algunos inconformes.
Panamá no es Venezuela (ni Venezuela es Argentina, donde De la Rúa, civilizadamente, dejó la Casa Rosada). Debido a lo anterior, debemos tomar los ejemplos de otros países con mucho recelo, pero viendo los dos temas antes mencionados desde la perspectiva de la crisis política venezolana. Sólo me queda decir que ojalá aprendamos las lecciones correctas de lo que está sucediendo en el hermano país.
El autor es abogado
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