El potencial de Bocas del Toro
Insto a las autoridades para que mantengan mano dura en la lucha contra la droga; no sólo previniendo y luchando contra su tráfico, sino también contra su consumo
Luis H. Moreno Jr.
Bocas del Toro es nombre mágico; no realismo mágico, ni magia virtual. Aunque algo de esto puede haber, conforme a los cuentos y novelas que llenan de hechizo sus leyendas y misterios.
No acabo de descubrir su encanto, ni siquiera en mi último viaje de la semana pasada. Lo he visitado muchas veces. Inclusive, en cierta ocasión especial, hace unos 10 años, cuando con el apoyo de empresas y organizaciones cívicas de prestigio invité a 20 parejas de embajadores extranjeros para que recorrieran la panorámica carretera de David a Chiriquí Grande, y luego, en barco, atravesar la bella Laguna de Chiriquí hasta Almirante, para de allí ir en carro a Changuinola y pasar un par de noches en las casas de huéspedes de la United Brands. Fue una gran promoción que sembró relaciones e inquietudes positivas (en momentos del inicio del problema de la fruta en Europa), y que dejó recuerdos perdurables, como el de alguna embajadora distinguida que nunca antes había visto de cerca un tallo de guineo, y que de la semilla que le obsequiaron, comió la “musa paradisíaca”, producto de la siembra en su jardín.
Pero en esta oportunidad, después de dos años de ausencia en que pude cómodamente trasladarme en automóvil corriente por buenas carreteras hasta Changuinola, extasiado por el paisaje intacto y arrobador, palpé, como nunca antes, el evidente futuro halagador de esta provincia largamente abandonada, como un hecho en pleno desarrollo que es necesario cuidar y alentar. Ya Bocas no es solamente bananos, ni gente desocupada en los muelles y en las plazas.
Desde muchacho escuché con atención los relatos entusiastas de mi padre y de mi tío Gil Blas Tejeira, cuyos afanes de sanitario y de maestro rurales, respectivamente, les dieron la oportunidad de vivir algún tiempo en esas tierras. Los atractivos que desde entonces, hace casi tres cuartos de siglo, muy gradualmente, han venido descubriendo y apreciando los panameños, y ahora también una legión de turistas extranjeros, que suman en total cerca de 130 mil al año, se han conservado incontaminados y, en algunos casos, como los inigualables cayos Zapatilla, parte del Parque Nacional Marítimo Isla Bastimentos, bajo la atención de la Autoridad Nacional del Ambiente, sencillamente deslumbrantes.
Muchas publicaciones han dado y siguen dando cuenta detallada e ilustrada de las bellezas físicas de Bocas, de su isla capital, de su pintoresco archipiélago, de tierra firme con sus bosques, extensos cultivos agropecuarios y febril actividad comercial. Quiero referirme a la proliferación de hoteles –la mayoría casi sobre el mar– de arquitectura caribeña, cómodos y al alcance de todos los presupuestos. Hay uno cuya dueña y administradora española se refirió a la obra como el producto de una tesis de maestría, especialmente diseñada para la pintoresca Punta Caracol, en Isla Colón, de aguas cristalinas, arrecifes coralinos y verdor contrastantes, que se compone de seis cabañas y una más grande y abierta que sirve, como en otros sitios, de comedor y salón de reunión social. Todo construido sobre el mar, sobre pilotes sólidos y unidos por una vereda de madera. ¡Sensacional! Para Semana Santa estaba todo reservado por una sola familia.
Podría escribir muchas cuartillas acerca de los taxis acuáticos, de los magníficos restaurantes con recetas deliciosas, de las excursiones de todo un día por el archipiélago (a 15 dólares por persona), de la tranquilidad y seguridad que se siente de día y de noche; del cambio –aún mezquino– que he notado en el mejoramiento de las calles; del mayor grado de limpieza general, y del más acelerado ritmo de construcción, de remodelaciones y de actividad comercial.
Pero no sólo deseo llamar discretamente la atención, sin ningún espíritu de crítica indebida, sino con la intención y celo de panameño que quiere lo mejor para su país, que con pena noto que casi el total de los hoteles, restaurantes y almacenes están en manos extranjeras, capaces, dedicadas y gentiles, pero que revela un espíritu nativo poco entusiasta, emprendedor o arriesgado, o que no sabemos, política, empresarial o gubernamentalmente, cómo orientar hacia el mejor aprovechamiento de esos recursos, para no quejarnos después de haber vendido tierras y negocios, de la explotación del chino o del norteamericano o del europeo con visión y deseos de trabajar. Porque, según informan personas serias, la demanda de tierra la ha encarecido y el panameño vende para luego quedar sin hacha, calabaza ni miel. Se impone la toma de una conciencia que, desde las asociaciones profesionales, en conjunto con los organismos oficiales concernidos, se den a la ingente pero recompensadora misión de abrir horizontes, de brindar apoyo honesto, de planear responsablemente y de estimular la inversión nacional.
Por último, en esta apretada nota, que para aspirar a ser compartida por lectores públicos debo resumir y descartar muchas cosas, insto a las autoridades para que mantengan mano dura en la lucha contra la droga; no sólo previniendo y luchando contra su tráfico, sino también contra su consumo, tan buscado a veces por turistas jóvenes que abundan, como me lo aseveran serios conductores de taxis terrestres y acuáticos. Mano dura significa seriedad, honradez, sanción y, sobre todo, espíritu patriótico.
Si proyectamos esa imagen, conservaremos a Bocas como un refugio del turismo sano, cordial, hospitalario, histórico, ecológico, a precios razonables, cuyas espléndidas experiencias pueden transmitirse, como aparentemente se está haciendo, al tenor de lo que nos dice una pareja de jóvenes recién casados argentinos o un grupo de jóvenes austriacos o un matrimonio de científicos españoles, y de muchos más que vienen ansiosos a disfrutar de las islas virginales, las arenas blancas, el sol radiante, las palmeras llenas de cocos, el famoso noni silvestre, la caribe calidez del bocatoreño.
El autor es banquero
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