Si es buena, ¿por qué no se hace?
La Constitución nueva debe ser el colofón de un proceso de participación ymaduración política de este pueblo
Jorge Gamboa Arosemena
Desde la confesión de Carlos Afú, sumada a toda la percepción de fallas constitucionales de nuestro Estado, cada día más ciudadanos, de todos los niveles, se manifiestan a favor de que nos encaminemos hacia el desarrollo de una nueva Constitución; unos a través de junta de notables y otros, por Asamblea Constituyente.
El objetivo único o principal no es tener una Constitución, porque si eso fuera así, en las bibliotecas las hay de todas las formas, colores, extensiones y lo que usted quiera encontrar sobre constituciones o códigos que rijan las relaciones ciudadanas, porque no hay nada nuevo en este mundo en materia política, pasando por todas las civilizaciones precedentes. La nueva Constitución debe ser el colofón de todo un proceso de participación y maduración política de este pueblo, porque eso es lo que necesitamos, que las mayorías de este pueblo se sientan ciudadanos plenos, que no mendiguen un favor o una dádiva cuando les asiste el derecho, que entiendan que viven en una sociedad, en la cual lo que uno haga bien, todos lo disfrutarán, y lo que se haga mal, todos lo sufrirán.
Ese es el proceso a desarrollar; proceso que gana más adeptos cada día, pero que no parece empezar a caminar: ¿Por qué, si es bueno, no se lleva a cabo?
Esa es la pregunta llave del asunto. La respuesta está en que los que abrazan ese proceso como bueno están sumergidos en un mar de suspicacias, dudando de la mayoría de los que de esa forma se manifiestan, viendo en los demás agendas ocultas, afán de protagonismo, megalomanías, mesianismos, y lo que sea para no confiar y no unirse. En cambio, los que propugnan por el statu quo, después que le dejen hacer lo que hacen, que los demás hagan lo que quieran.
No es que los que impulsan la Constituyente no puedan sufrir o caer en los vicios señalados, pero el inmovilismo no conduce a ningún objetivo, es decir, que los que padecen esta “suspicacitis aguda” o desconfianza en grado sumo, parecen condenados a vagar por este país como almas en pena, y por gusto todas sus buenas intenciones, porque así esta sociedad no madurará, no crecerá políticamente y los mangoneadores de la política seguirán por los siglos de los siglos.
Hace falta llenarse de voluntad política, es decir, llenarse de voluntad de búsqueda del bien común, que si es bien común, allí estaremos beneficiados todos –dejando de traficar influencias para lograr un derecho– con mucho amor propio y dignidad.
La junta de notables para darnos una nueva Constitución es mantener resabios aristocráticos, aunque esta aristocracia sea la del saber, porque nadie es poseedor de la verdad absoluta, por más sabio que se suponga que es. Cuando se supone que aspiramos a vivir en democracia, los resabios aristocráticos no encajan, por eso es que debe ser una Asamblea Constituyente, que además de amplia, generará una dinámica de participación y compromiso, entiéndase democracia, lo que repercutirá en calidad política hacia futuro.
Panamá es un desorden y cuando la Constituyente esté debatiendo sobre garantías fundamentales, sobre nacionalidad y extranjería, sobre trabajo, sobre familia, sobre hacienda pública, sobre salud y seguridad social, sobre educación, sobre los tres órganos del Estado, sobre los servidores públicos, la ciudadanía estará en un postgrado intenso de ciencias socioeconómicas y políticas, es decir, un postgrado de ciudadanía plena, para que sepa hacia dónde debemos ir como sociedad organizada.
La Constituyente no es la solución a los problemas del Estado panameño, dicen los promotores del statu quo o de soluciones aristocráticas, tratando de descalificarla, pero sin un proceso constituyente democrático, no hay solución. La Constituyente es el camino, dejémonos de suspicacias y unamos esfuerzos.
El autor es odontólogo y político
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