Panamá, 12 de abril de 2002
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Camino hacia la nueva república

Hay una serie de cosas que cambiar para ajustar el país legal al país real que queremos

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Estamos viviendo una gran crisis institucional. El país puede resistir una y muchas crisis de gobierno. Lo peligroso es que esta es una crisis de Estado, en la que todos los poderes han quedado desnudos de credibilidad. Sin embargo, los ciudadanos debemos estar en un estado de esperanza, reconociendo que en la crisis hay un enorme peligro, que es -a la vez- una igualmente enorme oportunidad. Es nuestra responsabilidad re-adquirir nuestra auto-estima cívica y política, lograr nuestro despertar hacia una nueva actitud histórica y ahora -al acercarnos a nuestro Centenario- lograr los cambios necesarios para que nuestra base política vuelva a ser la moralidad y la ética. Tenemos que volver a vivir con la verdad, evitando la contaminación moral, la arrogancia del poder, la intolerancia y, sobre todo, la apatía. Tenemos que volver a confiar en nuestros instintos y saber que nadie manejará lo nuestro más que nosotros mismos.

Tenemos todos que accionar como ciudadanos competentes; con nuestra acción ciudadana tenemos que convertir lo posible en probable.

Como escribió una vez Schweitzer, “mi sentimiento por lo que acontece es pesimista, pero mi compromiso con el cambiar las cosas y mi esperanza son optimistas”. Tenemos que dejar de preocuparnos para, en su lugar, ocuparnos.

En ese sentido hay una serie de cosas que cambiar para ajustar el país legal al país real que queremos. Ya tenemos descrito el país real que queremos los panameños; está plasmado en blanco y negro en un libro titulado Visión Nacional 2020, firmado en consenso por todos los partidos, toda la sociedad civil y todos los gremios. Ese documento de consenso es la base sobre la cual tenemos que construir para que el país legal llegue a conciliarse con el país que queremos los panameños. Lo legal hoy está para favorecer a los ya favorecidos; esto tiene que cambiar, y radicalmente.

La palabra “corrupción” viene del verbo latino rumpere, que significa romper. La corrupción desenfrenada rompió la legitimidad de las instituciones del Estado; hay que reconstruirlas, por iniciativa de la ciudadanía. Esta tarea de crear una nueva república para nuestro nuevo Centenario no es para nada complicada; es la arrogancia típica de los “expertos” la que nos lleva a encontrar respuestas complicadas a problemas sencillos. Los problemas fundamentales de toda sociedad son cuatro: Legitimidad, autoridad, escasez y seguridad. En materia constitucional ya está casi todo inventado. Una Constitución principista que no pretenda lo propio de las leyes de desarrollo, sino simplemente cambiar lo que hay que cambiar y modernizar la participación ciudadana; puede ser un documento corto, sencillo, que fácilmente -una vez redactado por un equipo de ciudadanos íntegros- pueda lograr un gran consenso de la sociedad representada por los firmantes de la Visión 2020 más todo el que se quiera sumar.

Si uno lee documentos publicados y opiniones expresadas, hay cambios y asuntos que ya cuentan con un consenso espontáneo: queremos menos legisladores; no queremos suplentes; queremos adicionar legisladores provinciales y nacionales; queremos eliminar privilegios (carros exonerados, etc.) y bajar los ofensivos ingresos de las cúpulas de gobierno. Queremos eliminar la reelección, las partidas circuitales y todo lo que se les parezca; queremos hacer viables las candidaturas independientes... eliminando la partidocracia impuesta; queremos respetar las autoridades constituidas y que las nuevas reglas estén en vigencia para las elecciones del 2004; queremos agilizar e independizar el Organo Judicial. Queremos eliminar partidas discrecionales; queremos declaración de bienes anuales y públicas para todos los altos funcionarios; queremos transparencia real y efectiva, y queremos legitimar la participación ciudadana en el proceso de gobernabilidad. Lo que todos queremos es sencillo y, si creemos en los redactores y el documento que ellos produzcan, se produciría un amplio consenso a través de un debate nacional amplio y participativo; el pueblo -que es al fin y al cabo el soberano- lo podría instaurar vía plebiscito... y así daríamos inicio a la nueva república con una nueva base jurídica moral, y con la esperanza de una nueva ciudadanía moralizadora.

Una próxima reunión de los (as) firmantes de la Visión 2020 y las organizaciones representadas -convocada por la Conferencia Episcopal- será la iniciativa ciudadana que iniciará el camino hacia la nueva república que todos anhelamos.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana

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