Nepotismo y corrupción
Justificar el nepotismo
es ignorar que este, igual que el “amiguismo”, es una de las principales
fuentes de corrupción
Franklin Castrellón
fcastrellon@prensa.com
Cuando escucho a los políticos panameños
justificar el nepotismo, me viene a la memoria lo que sobre la mentalidad
latinoamericana escribió Lawrence Harrison en su interesante obra
El subdesarrollo está en la mente.
Harrison afirma que más que los recursos
naturales disponibles en el país, lo que determina la capacidad
para alcanzar altos niveles de desarrollo es la actitud mental de
los ciudadanos del respectivo país y sus valores culturales.
A manera de ejemplo compara a dos grandes
países, Argentina y Australia, con recursos naturales comparables,
pero con abismales diferencias en materia de desarrollo. A juicio
de Harrison, la cultura hispanoamericana no estimula el desarrollo.
A diferencia de otras culturas (la anglosajona y la asiática, p.e.),
los latinoamericanos - salvo honrosas excepciones- concedemos mucha
más importancia al ocio y a la diversión que al trabajo productivo
(“el trabajo lo hizo Dios como castigo” es una expresión muy popular
en nuestra cultura).
Justificar el nepotismo es ignorar que este,
igual que el “amiguismo”, es una de las principales fuentes de corrupción.
Fueron esos vicios los que se combinaron para provocar la caída
del imperio otomano. Más recientemente, el caso de Indonesia, proporciones
guardadas, es un espejo en el que pareciera que nos estamos mirando.
Allí, la familia de Suharto amasó una fortuna de más de 30 mil millones
de dólares y su estilo de manejar los asuntos públicos llevó a Indonesia
a ser considerado el país más corrupto del mundo.
La crisis por la que atravesó Asia hace algunos
años tuvo en el nepotismo y el amiguismo una de sus principales
causas, según lo afirmó el vicepresidente del Banco de Desarrollo
de Asia, Myoung-Ho Shin, ante la Novena Conferencia Internacional
Contra la Corrupción en octubre de 1999.
Por ello nos causó extrañeza y profundo malestar
que la presidenta de la República, Mireya Moscoso, hubiese declarado
esta semana que el nepotismo “no es pecado” y justificó esta práctica
en su gobierno alegando que se trata de profesionales que trabajaron
en su campaña (política). Pobre juicio para quien se comprometió
en su programa de gobierno a impulsar “la reglamentación necesaria
para evitar los conflictos de intereses entre los servidores públicos”,
y “establecer los controles (necesarios) para evitar el nepotismo”.
Al respecto de su compromiso contra el nepotismo,
en particular, y la corrupción, en general, Transparencia Internacional
(Panamá) invitó públicamente a la mandataria hace varios meses a
que honrara su promesa electoral, sin que a la fecha se haya producido
acción concreta, salvo la de nombrar la Comisión Anticorrupción.
Lamentablemente para el país, especialmente
para los distinguidos comisionados, las recomendaciones hechas contra
el nepotismo y el amiguismo como fuentes incuestionables de corrupción,
parecieran haber chocado contra la voluntad política de la presidenta.
Panamá jamás podrá despegar hacia un desarrollo
sostenible si no se combate la corrupción en todas sus aristas.
Se necesita más coraje político para hacer esto que para proteger
a familiares y amigos que se aprovechan de puestos públicos para
enriquecerse. En otras palabras, frente a la incapacidad de los
gobernantes de atacar el problema que más nos ancla en el subdesarrollo
crónico, lo único que queda es apoyar a las organizaciones no gubernamentales
que, como Transparencia, luchan contra este flagelo.
Sobradas razones tenía el célebre autor inglés
Aldous Huxley, cuando en su libro Un Mundo Feliz vaticinaba que
la civilización del futuro estaría dividida en dos grandes mundos:
uno superdesarrollado con pleno empleo, niveles elevados de salud
y bienestar; y otro primitivo en el que sus ciudadanos tendrían
un precario nivel de vida. Hacia allá parecieran llevarnos los gobiernos
que, como el actual, no sabe identificar con precisión cuáles son
los principales enemigos del desarrollo económico y social.
El autor es periodista
|