Panamá, 12 de abril de 2002
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Nepotismo y corrupción

Justificar el nepotismo es ignorar que este, igual que el “amiguismo”, es una de las principales fuentes de corrupción

Franklin Castrellón
fcastrellon@prensa.com

Cuando escucho a los políticos panameños justificar el nepotismo, me viene a la memoria lo que sobre la mentalidad latinoamericana escribió Lawrence Harrison en su interesante obra El subdesarrollo está en la mente.

Harrison afirma que más que los recursos naturales disponibles en el país, lo que determina la capacidad para alcanzar altos niveles de desarrollo es la actitud mental de los ciudadanos del respectivo país y sus valores culturales.

A manera de ejemplo compara a dos grandes países, Argentina y Australia, con recursos naturales comparables, pero con abismales diferencias en materia de desarrollo. A juicio de Harrison, la cultura hispanoamericana no estimula el desarrollo. A diferencia de otras culturas (la anglosajona y la asiática, p.e.), los latinoamericanos - salvo honrosas excepciones- concedemos mucha más importancia al ocio y a la diversión que al trabajo productivo (“el trabajo lo hizo Dios como castigo” es una expresión muy popular en nuestra cultura).

Justificar el nepotismo es ignorar que este, igual que el “amiguismo”, es una de las principales fuentes de corrupción. Fueron esos vicios los que se combinaron para provocar la caída del imperio otomano. Más recientemente, el caso de Indonesia, proporciones guardadas, es un espejo en el que pareciera que nos estamos mirando. Allí, la familia de Suharto amasó una fortuna de más de 30 mil millones de dólares y su estilo de manejar los asuntos públicos llevó a Indonesia a ser considerado el país más corrupto del mundo.

La crisis por la que atravesó Asia hace algunos años tuvo en el nepotismo y el amiguismo una de sus principales causas, según lo afirmó el vicepresidente del Banco de Desarrollo de Asia, Myoung-Ho Shin, ante la Novena Conferencia Internacional Contra la Corrupción en octubre de 1999.

Por ello nos causó extrañeza y profundo malestar que la presidenta de la República, Mireya Moscoso, hubiese declarado esta semana que el nepotismo “no es pecado” y justificó esta práctica en su gobierno alegando que se trata de profesionales que trabajaron en su campaña (política). Pobre juicio para quien se comprometió en su programa de gobierno a impulsar “la reglamentación necesaria para evitar los conflictos de intereses entre los servidores públicos”, y “establecer los controles (necesarios) para evitar el nepotismo”.

Al respecto de su compromiso contra el nepotismo, en particular, y la corrupción, en general, Transparencia Internacional (Panamá) invitó públicamente a la mandataria hace varios meses a que honrara su promesa electoral, sin que a la fecha se haya producido acción concreta, salvo la de nombrar la Comisión Anticorrupción.

Lamentablemente para el país, especialmente para los distinguidos comisionados, las recomendaciones hechas contra el nepotismo y el amiguismo como fuentes incuestionables de corrupción, parecieran haber chocado contra la voluntad política de la presidenta.

Panamá jamás podrá despegar hacia un desarrollo sostenible si no se combate la corrupción en todas sus aristas. Se necesita más coraje político para hacer esto que para proteger a familiares y amigos que se aprovechan de puestos públicos para enriquecerse. En otras palabras, frente a la incapacidad de los gobernantes de atacar el problema que más nos ancla en el subdesarrollo crónico, lo único que queda es apoyar a las organizaciones no gubernamentales que, como Transparencia, luchan contra este flagelo.

Sobradas razones tenía el célebre autor inglés Aldous Huxley, cuando en su libro Un Mundo Feliz vaticinaba que la civilización del futuro estaría dividida en dos grandes mundos: uno superdesarrollado con pleno empleo, niveles elevados de salud y bienestar; y otro primitivo en el que sus ciudadanos tendrían un precario nivel de vida. Hacia allá parecieran llevarnos los gobiernos que, como el actual, no sabe identificar con precisión cuáles son los principales enemigos del desarrollo económico y social.

El autor es periodista






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