Una receta, una venta y un desquite
Escribir es una terapia
para la opresión de pecho que produce el tremedal de la corrupción
Ernesto Endara
Meto en un balde Variaciones sobre un tema
de Paganini de Rachmaninoff, envuelto en los dos gruesos tomos de
Las mil y una noches; añado el sonido de mis pasos por el Boulevard
Des Italiens en un solitario amanecer parisino y el sorprendente
momento en que entendí el teorema de Pitágoras. Como se trata de
un balde mágico, le cabe la risa que me arranca el inolvidable “Tres
Patines” y la escena de Chaplin jugando con el mundo en El Gran
Dictador; agrego una bola de helado de jobo de la antigua “Oriental”
de Calle Tercera; el «yo y mis circunstancias» de Ortega, que me
condujeron a las puertas de la teoría de la relatividad; el Poema
Quince de Neruda, almacenado entre algodones al lado de Patria,
de Miró. Hago burbujear el balde cuando añado la sal del patriótico
escalofrío que sentí un miércoles fragante y lejano, cuando me senté
en el sitio exacto donde habían fusilado a Victoriano; luego desmenuzo
la noche del estreno de Sir Henry el pirata, y la riego, como si
fuera queso parmesano, sobre mi primera computadora.
Continúo alimentando el balde con la serenidad
que obtuve después de mis tormentas; con un pincelazo añil de Benítez,
que me devuelve los mares navegados; con una porción de arroz con
coco de Doña Gume, con una pleamar de enero en la playa de Gorgona,
con el relajante estornudo que me salió del alma y con la vieja
amistad de Juan Pea, que yo sé que sobrevive por los predios del
Paraíso Escondido. Por último, agrego una pizca de la recién adquirida
capacidad de reflexión. Con esto se llenó el balde. Pues bien, licuaré
el menjurje (espolvoreándole un cuento de Quique Villegas) y cuando
esté bien espumoso invitaré a Mili, a mis hijos, a mis nietas y
a mis hermanos (los que quieran venir), a probar una copa de los
sabores que me hicieron entender que la vida valió la pena vivirla.
¿No tienes un balde para tu batido? Búscalo.
La venta
Escribir es una terapia para la opresión
de pecho que produce el tremedal de la corrupción, un amor que se
desvanece, una injusta acusación, una ofensa que causamos por brutos,
o la desesperación que, irremediablemente, te producirá el procesar
papeles en ese Leviatán llamado burocracia.
¿Por qué tú crees que escribí La receta?
También para ilustrar a mi fratello Enrique D'arena sobre cómo sacar
el ácido del cuerpo con palabras (con agua es difícil pues desaparece
todos los días). Hace poco acompañé a mi amigo en la venta de su
destartalado apartamento. Fue una carrera de obstáculos (y pagos,
naturalmente) por todos los escritorios de Hacienda. Las peripecias
y malas sangres que sufrió, me hicieron recordar una historia de
Ambrose Bierce (Ese Gringo Viejo de
Fuentes, que se perdió en una polvareda de
la Revolución Mexicana), que contaré a mi manera:
Se encuentran —cuando entraban al cine a
ver la película de Harry Potter— dos asaltadores profesionales.
Uno dice al otro:
—En estos días le metí “un chino” nada menos
que al director de la Caja de Seguro Social y le arrebaté lo poco
que tenía en los bolsillos.
El otro lo miró con admiración y a su vez
dijo:
—Pues yo paré al ministro de Hacienda y Tesoro.
—¡Por los pantalones de María! ¿Te fajaste
con ese tipo y lo dejaste limpio?
—¡Qué va, hombre! Después de recibir una
gran paliza, salí huyendo con los bolsillos volteados al revés.
El desquite
El homo no es tan sapiens como asegura él
mismo. O, al menos, esa clasificación todavía nos queda grande.
Somos tan, tan, tan... que más parecemos campanas que hombres. Basta
echarle un vistazo a los dictadores que quedan por ahí, en sus imposibles
mundos, rodeados de secuaces infecundos; a los drogadictos y sus
proveedores; a los guerrilleros colombianos, a los etarianos y otros
fanáticos de la pólvora. ¿Y qué decir de la hemofílica guerra palestino-israelí?
Hago eco a Umberto Eco: “Si alguien te sale al encuentro para matarte
es él quien no tiene razón. ¿O no?” Difícil tomar partido. Un verdadero
deseo de paz no insistiría en dar el último golpe. ¿Qué puede resultar
de ese “ojo por ojo y diente por diente” sino una ceguera irreparable
y una boca desdentada? Y eso que las religiones de los grupos que
se descuartizan nacen de la misma barba: la de Abraham. Bueno, las
religiones siempre han sido el tobogán favorito de las guerras porque,
como dice Jonathan Swift: “Tenemos bastante religión para hacernos
odiar, pero no la suficiente para lograr que nos amemos los unos
a los otros”.
El autor es escritor
Además en opinión
• Una receta, una venta
y un desquite: Ernesto Endara
• El problema
principal no está en la Constitución: Guillermo A. Cochez
• ¡A romper la alcancía..!:
Adán Castillo G.
•
¿Quién habla?: Francisco Moreno Mejías
• Rehenes del CONATO:
Alvaro Alemán
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