Panamá, 10 de abril de 2002
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Una receta, una venta y un desquite

Escribir es una terapia para la opresión de pecho que produce el tremedal de la corrupción

Ernesto Endara

Meto en un balde Variaciones sobre un tema de Paganini de Rachmaninoff, envuelto en los dos gruesos tomos de Las mil y una noches; añado el sonido de mis pasos por el Boulevard Des Italiens en un solitario amanecer parisino y el sorprendente momento en que entendí el teorema de Pitágoras. Como se trata de un balde mágico, le cabe la risa que me arranca el inolvidable “Tres Patines” y la escena de Chaplin jugando con el mundo en El Gran Dictador; agrego una bola de helado de jobo de la antigua “Oriental” de Calle Tercera; el «yo y mis circunstancias» de Ortega, que me condujeron a las puertas de la teoría de la relatividad; el Poema Quince de Neruda, almacenado entre algodones al lado de Patria, de Miró. Hago burbujear el balde cuando añado la sal del patriótico escalofrío que sentí un miércoles fragante y lejano, cuando me senté en el sitio exacto donde habían fusilado a Victoriano; luego desmenuzo la noche del estreno de Sir Henry el pirata, y la riego, como si fuera queso parmesano, sobre mi primera computadora.

Continúo alimentando el balde con la serenidad que obtuve después de mis tormentas; con un pincelazo añil de Benítez, que me devuelve los mares navegados; con una porción de arroz con coco de Doña Gume, con una pleamar de enero en la playa de Gorgona, con el relajante estornudo que me salió del alma y con la vieja amistad de Juan Pea, que yo sé que sobrevive por los predios del Paraíso Escondido. Por último, agrego una pizca de la recién adquirida capacidad de reflexión. Con esto se llenó el balde. Pues bien, licuaré el menjurje (espolvoreándole un cuento de Quique Villegas) y cuando esté bien espumoso invitaré a Mili, a mis hijos, a mis nietas y a mis hermanos (los que quieran venir), a probar una copa de los sabores que me hicieron entender que la vida valió la pena vivirla.

¿No tienes un balde para tu batido? Búscalo.

La venta

Escribir es una terapia para la opresión de pecho que produce el tremedal de la corrupción, un amor que se desvanece, una injusta acusación, una ofensa que causamos por brutos, o la desesperación que, irremediablemente, te producirá el procesar papeles en ese Leviatán llamado burocracia.

¿Por qué tú crees que escribí La receta? También para ilustrar a mi fratello Enrique D'arena sobre cómo sacar el ácido del cuerpo con palabras (con agua es difícil pues desaparece todos los días). Hace poco acompañé a mi amigo en la venta de su destartalado apartamento. Fue una carrera de obstáculos (y pagos, naturalmente) por todos los escritorios de Hacienda. Las peripecias y malas sangres que sufrió, me hicieron recordar una historia de Ambrose Bierce (Ese Gringo Viejo de

Fuentes, que se perdió en una polvareda de la Revolución Mexicana), que contaré a mi manera:

Se encuentran —cuando entraban al cine a ver la película de Harry Potter— dos asaltadores profesionales. Uno dice al otro:

—En estos días le metí “un chino” nada menos que al director de la Caja de Seguro Social y le arrebaté lo poco que tenía en los bolsillos.

El otro lo miró con admiración y a su vez dijo:

—Pues yo paré al ministro de Hacienda y Tesoro.

—¡Por los pantalones de María! ¿Te fajaste con ese tipo y lo dejaste limpio?

—¡Qué va, hombre! Después de recibir una gran paliza, salí huyendo con los bolsillos volteados al revés.

El desquite

El homo no es tan sapiens como asegura él mismo. O, al menos, esa clasificación todavía nos queda grande. Somos tan, tan, tan... que más parecemos campanas que hombres. Basta echarle un vistazo a los dictadores que quedan por ahí, en sus imposibles mundos, rodeados de secuaces infecundos; a los drogadictos y sus proveedores; a los guerrilleros colombianos, a los etarianos y otros fanáticos de la pólvora. ¿Y qué decir de la hemofílica guerra palestino-israelí? Hago eco a Umberto Eco: “Si alguien te sale al encuentro para matarte es él quien no tiene razón. ¿O no?” Difícil tomar partido. Un verdadero deseo de paz no insistiría en dar el último golpe. ¿Qué puede resultar de ese “ojo por ojo y diente por diente” sino una ceguera irreparable y una boca desdentada? Y eso que las religiones de los grupos que se descuartizan nacen de la misma barba: la de Abraham. Bueno, las religiones siempre han sido el tobogán favorito de las guerras porque, como dice Jonathan Swift: “Tenemos bastante religión para hacernos odiar, pero no la suficiente para lograr que nos amemos los unos a los otros”.

El autor es escritor

Además en opinión

Una receta, una venta y un desquite: Ernesto Endara
El problema principal no está en la Constitución: Guillermo A. Cochez
¡A romper la alcancía..!: Adán Castillo G.
¿Quién habla?: Francisco Moreno Mejías
Rehenes del CONATO: Alvaro Alemán






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