Panamá, 10 de abril de 2002
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Tom,el antiterrorista

El está convencido de que Estados Unidos todavía está bajo peligro de más actos terroristas y se lo dice a cuanto periodista esté dispuesto a escuchar

Jorge Ramos Avalos
www.jorgeramos.com

Algo no cuadra en Tom Ridge, el jefe de la Seguridad Nacional de Estados Unidos. Debiera ser el más fiero policía antiterrorista del mundo. Pero su trato cordial y su sonrisa siempre amable no dan una imagen de dureza. Es más, Tom Ridge se ruboriza cuando se descubre presumiendo de las dos o tres frases que puede pronunciar en alemán. Los cachetes se le ponen rojos y sus grandes dientes no se pueden ocultar a pesar de los insistentes esfuerzos de los labios.

Hay algo extraño en llamarle Tom -así, sencillito, en lugar de decirle mister Thomas Ridge- a quien tiene la misión de evitar otros hechos terroristas dentro de Estados Unidos como el del pasado 11 de septiembre. Y Tom actúa con esa atractiva informalidad de los políticos norteamericanos que no se tienen que dar aires de grandeza —como acostumbran los líderes de la política en América Latina— para demostrar que son poderosos, y disfruta, todavía, de un seco sentido del humor. Por alguna extraña razón nunca me imaginé al zar antiterrorista de Estados Unidos riéndose con soltura.

Tom Ridge tiene una responsabilidad grande, enorme, y él es un hombre grande; pasa de los seis pies de altura. Parte de su trabajo es asegurarse de que nadie, absolutamente nadie, pueda explotar una bomba en un centro comercial, colarse en una de las 103 plantas nucleares del país, secuestrar a un artista o empresario importante o desaparecer del mapa a un avión norteamericano. Pero la otra parte es dar malas noticias.

El está convencido de que Estados Unidos todavía está bajo peligro de más actos terroristas y se lo dice a cuanto periodista esté dispuesto a escuchar. Y yo estaba dispuesto a escuchar. Conocí a Tom (perdón, a mister Ridge) durante una visita a Miami y su ropa —traje oscuro de rayas, zapatos negros, camisa blanca, corbata plana y aburrida— delataba que se acababa de bajar del avión y que el fuerte sol de las playas de Miami aún no le había hecho sudar la blanquísima frente.

Tan pronto comenzó a hablar la suavidad de su trato se transformó en firmeza con un mensaje —preciso, sin ambigüedades— que ha repetido una y mil veces. ¿Qué falló el 11 de septiembre? le pregunté. ¿Cómo es posible que la CIA y el FBI no se enteraran de los planes para atacar el Pentágono y el World Trade Center? “Como país nos sentíamos inmunes porque teníamos amigos al norte, con Canadá, y al sur, con México, e históricamente teníamos dos océanos que nos protegían”, reconoció sin titubeos el ex gobernador de Pennsylvania. “Teníamos un sentido exagerado de nuestra propia seguridad”.

Eso —todos los que vivimos aquí lo sabemos— ya cambió. El hecho de que los 19 terroristas que mataron a más de tres mil personas en septiembre hayan sido extranjeros —15 de Arabia Saudita— ha provocado que los 30 millones de inmigrantes que viven en Estados Unidos paguen las consecuencias. Y Tom Ridge no pide disculpas por eso. “Queremos hacer las fronteras más seguras”, me dijo.

Sobre las nuevas medidas de seguridad que evitan que los inmigrantes indocumentados obtengan licencias de manejar, Ridge —corriendo el riesgo de volverse monotemático— vuelve a la cuestión del terrorismo. Algunos de los 19 terroristas tenían licencias válidas para conducir —dice— y ese “privilegio debe ser sólo para quienes estén legalmente” en Estados Unidos. (Esta medida ha sido, sin embargo, contraproducente; los indocumentados siguen manejando pero ahora lo hacen sin licencia. Además, sin la información de sus licencias, el Gobierno estadounidense ni siquiera sabe cómo se llaman ni dónde viven).

“Para usted, ¿los indocumentados son criminales?” le pregunté a bocajarro. “Técnicamente lo son”, me contestó Ridge, “porque violaron la ley”. Pero luego hizo un extraordinario esfuerzo para diferenciar entre los extranjeros que son terroristas “y que nos quieren hacer mal” de los que son “gente buena que está tratando de mantener a su familia” y contribuyen al desarrollo económico de este país.

Tom Ridge no quiso enlodarse con el asunto de la amnistía para los más de ocho millones de inmigrantes sin documentos legales que viven en este país. “No hay solución fácil”, me dijo, para luego apuntar que tiene planeadas varias reuniones con altos funcionarios del Gobierno mexicano donde discutirán y negociarán el tema de la legalización de inmigrantes. Amnistía sigue siendo una palabra llena de espinas.

Antes que se fuera a otra reunión más, quería preguntarle a Ridge si Estados Unidos está considerando atacar a Irak. “No tenemos un plan de ataque”, contestó. “Pero todas las naciones del mundo saben que (el líder iraquí) Saddam Hussein ha adquirido y usado armas biológicas y químicas, y hay preocupación de que pueda conseguir armas nucleares”. Irak, no me quedó la menor duda, le sigue a Afganistán en la fila de los países por bombardear.

Y así, con el mismo torbellino de seguridad con que llegó, se fue Tom: rodeado de tres o cuatro agentes del servicio secreto y en medio de una caravana de autos blindados protegida por patrullas de la policía y motocicletas para abrir el camino. Mientras lo veía irse me quedé parado, medio congelado y preguntándome ¿cómo este hombre tan suave y cordial se convirtió, de pronto, en el policía antiterrorista más duro y temido del mundo? ¿Cómo?

El autor es periodista de Univisión

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