Tom,el antiterrorista
El está convencido de
que Estados Unidos todavía está bajo peligro de más actos terroristas
y se lo dice a cuanto periodista esté dispuesto a escuchar
Jorge Ramos Avalos
www.jorgeramos.com
Algo no cuadra en Tom Ridge, el jefe de la
Seguridad Nacional de Estados Unidos. Debiera ser el más fiero policía
antiterrorista del mundo. Pero su trato cordial y su sonrisa siempre
amable no dan una imagen de dureza. Es más, Tom Ridge se ruboriza
cuando se descubre presumiendo de las dos o tres frases que puede
pronunciar en alemán. Los cachetes se le ponen rojos y sus grandes
dientes no se pueden ocultar a pesar de los insistentes esfuerzos
de los labios.
Hay algo extraño en llamarle Tom -así, sencillito,
en lugar de decirle mister Thomas Ridge- a quien tiene la misión
de evitar otros hechos terroristas dentro de Estados Unidos como
el del pasado 11 de septiembre. Y Tom actúa con esa atractiva informalidad
de los políticos norteamericanos que no se tienen que dar aires
de grandeza —como acostumbran los líderes de la política en América
Latina— para demostrar que son poderosos, y disfruta, todavía, de
un seco sentido del humor. Por alguna extraña razón nunca me imaginé
al zar antiterrorista de Estados Unidos riéndose con soltura.
Tom Ridge tiene una responsabilidad grande,
enorme, y él es un hombre grande; pasa de los seis pies de altura.
Parte de su trabajo es asegurarse de que nadie, absolutamente nadie,
pueda explotar una bomba en un centro comercial, colarse en una
de las 103 plantas nucleares del país, secuestrar a un artista o
empresario importante o desaparecer del mapa a un avión norteamericano.
Pero la otra parte es dar malas noticias.
El está convencido de que Estados Unidos
todavía está bajo peligro de más actos terroristas y se lo dice
a cuanto periodista esté dispuesto a escuchar. Y yo estaba dispuesto
a escuchar. Conocí a Tom (perdón, a mister Ridge) durante una visita
a Miami y su ropa —traje oscuro de rayas, zapatos negros, camisa
blanca, corbata plana y aburrida— delataba que se acababa de bajar
del avión y que el fuerte sol de las playas de Miami aún no le había
hecho sudar la blanquísima frente.
Tan pronto comenzó a hablar la suavidad de
su trato se transformó en firmeza con un mensaje —preciso, sin ambigüedades—
que ha repetido una y mil veces. ¿Qué falló el 11 de septiembre?
le pregunté. ¿Cómo es posible que la CIA y el FBI no se enteraran
de los planes para atacar el Pentágono y el World Trade Center?
“Como país nos sentíamos inmunes porque teníamos amigos al norte,
con Canadá, y al sur, con México, e históricamente teníamos dos
océanos que nos protegían”, reconoció sin titubeos el ex gobernador
de Pennsylvania. “Teníamos un sentido exagerado de nuestra propia
seguridad”.
Eso —todos los que vivimos aquí lo sabemos—
ya cambió. El hecho de que los 19 terroristas que mataron a más
de tres mil personas en septiembre hayan sido extranjeros —15 de
Arabia Saudita— ha provocado que los 30 millones de inmigrantes
que viven en Estados Unidos paguen las consecuencias. Y Tom Ridge
no pide disculpas por eso. “Queremos hacer las fronteras más seguras”,
me dijo.
Sobre las nuevas medidas de seguridad que
evitan que los inmigrantes indocumentados obtengan licencias de
manejar, Ridge —corriendo el riesgo de volverse monotemático— vuelve
a la cuestión del terrorismo. Algunos de los 19 terroristas tenían
licencias válidas para conducir —dice— y ese “privilegio debe ser
sólo para quienes estén legalmente” en Estados Unidos. (Esta medida
ha sido, sin embargo, contraproducente; los indocumentados siguen
manejando pero ahora lo hacen sin licencia. Además, sin la información
de sus licencias, el Gobierno estadounidense ni siquiera sabe cómo
se llaman ni dónde viven).
“Para usted, ¿los indocumentados son criminales?”
le pregunté a bocajarro. “Técnicamente lo son”, me contestó Ridge,
“porque violaron la ley”. Pero luego hizo un extraordinario esfuerzo
para diferenciar entre los extranjeros que son terroristas “y que
nos quieren hacer mal” de los que son “gente buena que está tratando
de mantener a su familia” y contribuyen al desarrollo económico
de este país.
Tom Ridge no quiso enlodarse con el asunto
de la amnistía para los más de ocho millones de inmigrantes sin
documentos legales que viven en este país. “No hay solución fácil”,
me dijo, para luego apuntar que tiene planeadas varias reuniones
con altos funcionarios del Gobierno mexicano donde discutirán y
negociarán el tema de la legalización de inmigrantes. Amnistía sigue
siendo una palabra llena de espinas.
Antes que se fuera a otra reunión más, quería
preguntarle a Ridge si Estados Unidos está considerando atacar a
Irak. “No tenemos un plan de ataque”, contestó. “Pero todas las
naciones del mundo saben que (el líder iraquí) Saddam Hussein ha
adquirido y usado armas biológicas y químicas, y hay preocupación
de que pueda conseguir armas nucleares”. Irak, no me quedó la menor
duda, le sigue a Afganistán en la fila de los países por bombardear.
Y así, con el mismo torbellino de seguridad
con que llegó, se fue Tom: rodeado de tres o cuatro agentes del
servicio secreto y en medio de una caravana de autos blindados protegida
por patrullas de la policía y motocicletas para abrir el camino.
Mientras lo veía irse me quedé parado, medio congelado y preguntándome
¿cómo este hombre tan suave y cordial se convirtió, de pronto, en
el policía antiterrorista más duro y temido del mundo? ¿Cómo?
El autor es periodista de Univisión
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