Panamá, 10 de abril de 2002
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Ingrid Betancourt sigue en manos de la guerrilla

Reina de belleza e hija de un funcionario gubernamental colombiano, de niña viajaba habitualmente entre Bogotá y París

John Otis

Antes de emerger como una de las políticas más polémicas de Colombia, Ingrid Betancourt creció en París, donde vivía en un lujoso apartamento, mantenía tratos con diplomáticos e intercambiaba versos con el poeta chileno Pablo Neruda.

Un día, sin embargo, escribe Betancourt en su autobiografía, su ama de casa portuguesa habló con ella en privado y advirtió a la adolescente que estaba viviendo en un mundo de fantasía.

“La realidad es dolorosa”, le dijo la doncella a Betancourt. “La vida es difícil, y un dia quizá lo sea para ti”.

Durante los últimos ocho años, las palabras de su ama de casa han resultado proféticas para Betancourt, ahora de 40 años y candidata con pocas probabilidades de alcanzar la Presidencia de su país en las elecciones del 26 de mayo.

Como legisladora, Betancourt recibió amenazas de muerte por denunciar la corrupción gubernamental. Para proteger a sus hijos, los envió a vivir en el extranjero. Después, mientras ella realizaba su campaña en el sur de Colombia en busca de la Presidencia, rebeldes marxistas la secuestraron. Desde entonces, nada se ha sabido de ella.

Aunque el secuestro provocó protestas y una gran reacción en el extranjero, en realidad nunca ha generado una gran simpatía por Betancourt —cuyo nombre permanece en la lista de candidatos— en su propia patria. Muchos colombianos dicen que actuó tontamente al aventurarse en un área dominada por los rebeldes, quienes ganan millones de dólares mediante el secuestro de civiles.

Inmediatamente después del secuestro, el ministro del Interior, Armando Estrada, culpó a la propia Betancourt por lo ocurrido, diciendo que “el Gobierno advirtió a los candidatos presidenciales que no sería prudente viajar” por esa región.

“Lo que hizo fue una locura”, dice Carlos Eduardo Jaramillo, analista político colombiano, “y es por eso que la gente la critica”.

Los partidarios de Betancourt dicen que la reacción negativa que se ha registrado se debe a la política antigubernamental de la candidata, y denuncian que el gobierno no está actuando en absoluto, en lugar de buscar agresivamente su libertad.

“Ingrid ha sido una piedra en el zapato de mucha gente”, dice Adair Lamprea, trabajador de la campaña de Betancourt que fue secuestrado junto con la candidata, pero liberado poco después. “Estoy seguro de que hay más de una persona en el Gobierno que está feliz de que ella haya sido secuestrada”.

Betancourt ha cortejado la controversia casi desde el inicio de su carrera política.

Reina de belleza e hija de un funcionario gubernamental colombiano, de niña viajaba habitualmente entre Bogotá y París, donde su padre era representante de su país ante las Naciones Unidas. Con el tiempo, casó con un diplomático francés y tuvo dos hijos.

Pero, a medida que Colombia descendía en una espiral diabólica hacia la guerra de guerrillas y la violencia del narcotráfico, Betancourt experimentó cada vez más deseos de regresar a su patria. En 1990 abandonó a su esposo, se mudó a Bogotá y obtuvo empleo en el Ministerio del Tesoro.

Escandalizada por la corrupción que presenciaba en el Gobierno, Betancourt se postuló para un escaño en la cámara baja del Congreso en 1994. Aunque era virtualmente desconocida, triunfó con un campaña que consistió en gran parte en pararse en las esquinas de las calles de la capital para repartir condones como “protección” simbólica contra la corrupción.

En la Cámara de Diputados, Betancourt se convirtió en una de las críticas más severas del entonces presidente Ernesto Samper, quien fue elegido en 1994 con la ayuda de 6 millones de dólares provenientes del Cartel de Cali. Pero sus denuncias audaces tuvieron un precio.

En sus memorias, publicadas el pasado enero en Estados Unidos bajo el título Until Death Does Us Part (Hasta que la muerte nos separe), Betancourt recuerda cuando un desconocido se presentó en su oficina para advertirle que habían pagado a sicarios para que la asesinaran.

“Palidezco”, escribe Betancourt. “En ese momento me doy cuenta de que no está mintiendo. Tengo visiones de hombres en motocicletas cuya misión es darme muerte”.

Betancourt envió a su hijos a vivir con su ex esposo en Nueva Zelanda, pero siguió combatiendo contra el ingreso de dinero del narcotráfico en las campañas políticas de Colombia. Explotando su nueva fama, conquistó un escaño en el Senado colombiano en 1998, obteniendo la mayor votación entre todos los aspirantes a senadores.

Desde entonces, sin embargo, la carrera política de Betancourt se había estancado.

Aunque su autobiografía fue un enorme éxito de ventas en Francia el año pasado, fue severamente criticada en Colombia. Los críticos dijeron que la autora era una prima donna y llegaron a la conclusión de que era una mujer dispuesta a conquistar un nombre al tiempo sin importarle arrastrar por el fango la imagen de su patria.

El libro “presenta una Colombia que sólo tiene bandidos, mafias, narcotraficantes y asesinos”, dice Juan Camilo Restrepo, quien fue embajador de Colombia en Francia el año pasado, cuando el libro fue la sensación de París y Betancourt fue aclamada como una especie de Juana de Arco colombiana.

La publicidad negativa en Colombia ocurrió precisamente cuando Betancourt emprendía su candidatura presidencial independiente. En esta ocasión, empezó a regalar tabletas de Viagra mientras hacía campaña en contra de la corrupción.

Pero su plataforma anticorrupción no logró encontrar eco en una nación que aparentemente está más preocupada en frenar los avances militares de la guerrilla, dice Juan Manuel Charry, rector de la Facultad de Leyes en la Universidad de Rosario en Bogotá.

Además, Betancourt ha respaldado enérgicamente las negociaciones de paz entre el Gobierno y la mayor fuerza guerrillera de la nación, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, una posición que ha resultado muy poco popular a raíz de la oleada de secuestros y asesinatos perpetrados por los rebeldes.

En contraste, el candidato que lleva la delantera en las encuestas, Alvaro Uribe, ha realizado una campaña con una plataforma de línea dura antiguerrillera. Encuestas recientes colocan el apoyo popular de Betancourt en uno por ciento.

Quizá para dar impulso a su campaña, Betancourt emprendió una gira por el pueblo sureño de San Vicente del Caguán, el pasado 23 de febrero. El viaje se llevó a cabo tres días después de que el Presidente Pastrana canceló las negociaciones de paz y ordenó al Ejército volver a tomar una vasta zona que él había dejado bajo el control de los guerrilleros en 1998, para promover las pláticas de paz.

Betancourt había pasado por San Vicente, el pueblo principal de la zona, con otros dos candidatos tan sólo una semana antes, para discutir el proceso de paz con los líderes rebeldes. En consecuencia, no pensaba que su gira más reciente fuera particularmente riesgosa, dijo su trabajador de campaña.

La candidata, agregó, estaba de acuerdo con muchos de los puntos de vista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) sobre la reforma política, pero no con los métodos violentos del grupo. “Sus enemigos son los criminales en el Congreso, no los guerrilleros”, dijo Lamprea.

El autor es periodista de The New York Times News Service


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