De profesión, niñera
Si bien es cierto que
no se ven demasiadas niñeras malvadas libres por ahí, de que las
hay no me cabe la menor duda
Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Se llama Julisa, tiene veinte años y llegó a la capital procedente
de unas montañas interioranas. Venía con ganas de trabajar y dejar
atrás el hambre y el aburrimiento que decía reinaban en su pueblo.
Pero sin haber finalizado el bachillerato y con una nula experiencia
laboral, sólo pudo conseguir trabajo cuidando niños en una casa.
Aún así aceptó el puesto encantada. Se sentía cómoda tratando con
chiquillos y, además, contaría con buena comida y un techo mucho
más lujoso de lo que nunca habría soñado.
Los días en este hogar transcurren tranquilos
y sin mayores dificultades. Los padres de las criaturas trabajan
casi todo el día y a ella le toca bañarlos, vestirlos, darles la
comida, en definitiva casi criarlos. Cosa que hace contenta. Habiendo
sido la mayor de cinco hermanos está más que acostumbrada a estos
menesteres. Y además le gusta mucho jugar con ellos. Casi tanto
como lo que ahora mismo es su mayor afición: ver televisión.
No hay para ella, de momento, satisfacción
mayor que tumbarse en su canapé y disfrutar del aparato. Específicamente
con las telenovelas que ahí se emiten. Casi todas le gustan, pero
como no se vería bien ante los jefes, espera que estos se vayan
para verlas. A los niños ya les ha tocado en más de una ocasión
tener que aguantárselas hasta que tras muchas insistencias ella
accede cambiar a algún canal infantil, no vaya a ser que alguno
de ellos se vaya de la lengua y le cuente a su mamá que no les dejó
ver las caricaturas.
Por lo demás, los niños la adoran, ella es
cariñosa y se los ha ganado a pulso. Si bien las charlas que sostiene
con ellos son bastante pobres en contenidos y vocabulario, y las
explicaciones que les da relacionadas con las cosas que pasan entrañan
una lógica demasiado concreta y simplista (quizás debido a su falta
de estudios, la poca estimulación recibida y una pobre capacidad
de razonamiento) su trato amable y cálido equilibran la balanza.
Salvando diferencias de edad y rasgos de
carácter, Julisa representa el prototipo de nanas que por suerte
más abunda. Y digo por suerte porque si se hice una categorización
del perfil de este tipo de trabajadoras, nos encontraríamos con
otros grupos cuya relación con los niños dejaría mucho que desear.
Por ejemplo está el caso de Zoraida que aunque
tiene casi los mismos años de Julisa, su ceño muchas veces fruncido
y su personalidad algo más seca hacen que se le atribuyan unos tantos
más. Cuando pasea en su carrito a la niña que tiene que cuidar hay
que fijarse bien si lo que trae consigo es un bebé o un paquete
de la compra. A solas con ella cumple cabalmente todas las asignaciones
(lavarla, darle el biberón, cambiarla...) pero casi sin hablarle.
Si bien ganas no le han faltado, nunca le ha puesto las manos encima.
Puede que no le haya despertado las fibras sensibles pero tampoco
la repudia; simplemente, le es indiferente. Bueno, eso mientras
no llegan los jefes porque cuando esto pasa se muestra de lo más
dulce con la chiquilla.
Dulce también parece Anayansi con unos mellizos
cuando la están viendo otras personas. Pero de puertas para dentro
las cosas se ponen muy pero que muy feas. Los agarra de los pelos
o los empuja cuando ellos remolonean, les da la comida a la fuerza
si no quieren más, los deja llorar sin atenderlos por varios minutos
e incluso les ha dado un par de nalgadas. Mientras no hablen, piensa
ella, difícilmente los patrones se enterarán de semejante maltrato.
Y desafortunadamente eso puede pasar. Conscientes
de que sobre todo antes del año y medio los pequeños lo tienen más
difícil para explicar verbalmente situaciones que se están dando,
las niñeras abusadoras dan rienda suelta a la expresión de sus propias
frustraciones a través de ellos. Por lo general se trata de mujeres
frustradas muchas veces por los avatares de la vida y que han optado
por este empleo como método de supervivencia, nunca por verdadera
vocación. Por encima, si son madres, suelen guardar resentimiento
al no poder brindarles a sus propios hijos ni la enésima parte de
los bienes materiales o la atención de que gozan los privilegiados
a quienes tienen que cuidar.
A Dios gracias, lo que prima son las que
se parecen a nuestra protagonista; aunque no son pocas las Zoraidas
con las que sin duda también hay que pelar el ojo. De estas, las
primeras son obviamente las mejores cuidadoras y el único peligro
que emanan es el concerniente a ellas mismas. Con muy poca educación
sexual, son presas fáciles de los machos (solteros o no) ávidos
de lo que ellos llaman carne fresca. Por eso unas cuantas lecciones
de la ama de casa en torno al tema no vendrían nada mal. Pero ese
es otro cantar.
Lo que aquí se pretende exponer es que aunque
esta tipología no pase de ser una hipótesis (y haya que tomarla
con reserva atendiendo las diferencias individuales) no en manos
de cualquiera deberían estar unos seres en pleno desarrollo. Si
bien es cierto que no se ven demasiadas niñeras malvadas libres
por ahí, de que las hay no me cabe la menor duda. Y a diferencia
del contrapeso que los padres pueden hacer ante la falta de una
comunicación fecunda entre las empleadas y los niños ( por ejemplo,
hablando lo más posible con ellos cuando se llega del trabajo),
las secuelas que dejan las del tipo de Anayansi son más difíciles
de erradicar.
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