Panamá, 9 de abril de 2002
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¿Quién lo habrá engañado?

La letra nunca entró con agravios, ymenos con sangre. Y si entró fue acompañada del rencor y el resentimiento

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

Ya no se llama amor propio sino autoestima. Y no sé yo en realidad si a la postre es lo mismo. Me parece que no. Sin embargo, el segundo término ha desbancado al primero y pretende hacer las veces de sinónimo; pero sin serlo. Quizá sea válida la aclaración, ahora que los métodos educativos fundamentan en la autoestima el éxito de los ciudadanos del futuro.

Cuando la gente teníamos amor propio, no estábamos plenamente seguros de ser gente de éxito, qué va, ni de que nuestra conducta fuera la apropiada y, menos, de que el fruto de nuestro trabajo fuera digno de encomio. Más bien humildes éramos. Una pena, porque nos habríamos ahorrado el remordimiento, y la duda, y la vergüenza de aceptar los errores, y el empeño por hacer las cosas mejor, como dictaba el prurito personal.

Lo cierto es que el amor propio es una manera extraña de quererse; después de todo, la autocrítica es torturante, y lo único que tiene de bueno es que a fuerza de darle y darle, se logra una cierta calidad, eso sí. Pasa lo mismo que con las propias limitaciones, que cuando se conocen trasmiten una cierta y molesta timidez y tienen tan solo un punto a su favor: salvarnos de hacer el ridículo. El amor propio no podrá evitar que se rían en nuestra cara cuando tropezamos en público, pero al menos impide que se burlen de nuestra ignorancia cuando volvemos la espalda.

La autoestima moderna es diferente. Al menos, la autoestima de la que muchos hacen alarde. Es algo así como una seguridad impuesta y ficticia capaz de decir sin remilgos que el sol sale por poniente. Y capaz de excusar los errores personales con largueza, y de emprender cualquier tarea que se ponga por delante. Que se esté o no se esté preparado para ello es cosa de poca monta. El desconocimiento se suple con autoestima, y la escasez de autocrítica con la fuerza que confiere un ego bien alimentado.

Así, por ejemplo, hay gente que se dedica a la política sin tener idea de lo que la palabra entraña, y no faltan los que, seguros de sí mismos, se llaman novelistas sin “oficio” que los respalde. Mucha autoestima y poco amor propio, que ya André Maurois decía que el ser inteligente quiere ser elegido pero nunca soportado.

Ocurre que la educación es el rayo que no cesa, la luz que penetra en los rincones más oscuros y cubre todos los frentes del crecimiento humano. Por fortuna, lejos están los tiempos en que se aplicaban métodos tan nefastos como la humillación pública o la violencia física. La letra nunca entró con agravios, y menos con sangre. Y si entró fue acompañada del rencor y el resentimiento. Sin embargo, ahora corremos otro peligro: por miedo a traumatizar a las criaturas, los padres y los docentes tienden a colgarse del extremo opuesto.

Cuando somos pequeños, poca conciencia tenemos de que en el mundo existe algo más que nuestra personita, y con el cuento de la autoestima y las alabanzas desmedidas, se está impidiendo a los niños que crezcan, que se enfrenten al dolor y a la frustracción que son propios de la vida. Estamos creando pequeños monstruos de egoísmo que mañana terminarán por abochornarnos.

Si bien a los niños hay que hablarles con dulzura y alabar sus logros; y jugar con ellos, contarles cuentos y disfrutar sus ocurrencias, tampoco es bueno exagerar. Al pan, pan y al vino, vino. Por ejemplo, no sé por qué hay que aplaudir cada vez que el chiquillo termina su comida o hace buen uso de la bacinilla. Ni por qué hay que premiar que cumplan con sus quehaceres. ¿Qué ocurrirá cuando se acabe la novelería y nadie aplauda?

En estos tiempos en que los recién nacidos no traen un pan bajo el brazo, pero vienen con un potencial de inteligencia notable, es un crimen desperdiciarla. Ellos entienden otro lenguaje además del de la dulzura. Descartando para siempre la violencia de palabra y de obra, los chicos comprenden el humor y la risa, y las lágrimas, y la ironía y las miradas de complicidad o de reproche. Y privarlos de ello es condenarlos al limbo.

Dicho de otro modo, no solo de seguridad y autoestima vive el hombre. Sufrir un fracaso o contemplar en un espejo los errores propios no deja de ser un privilegio. El amor propio es como un hilo de acero que tiempla el alma. Sin embargo, cuando un ser humano va por la vida sin tocar fondo, siempre surgirá a su paso una pregunta: ¿Y quién ha engañado a ese?

La autora es correctora de La Prensa


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