Panamá, 9 de abril de 2002
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Educar en estos tiempos

El docente debe ser guía, consejero, y padre o madre cuando haga falta

Leticia Paddy de Holder

En tantas ocasiones he escuchado decir que el educador de antes era mejor que el de ahora, que su capacidad de entrega y sacrificio era ilimitada, reafirmando el conocido refrán de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Es innegable el respeto y la admiración que se le prodigaba al educador de ayer en nuestra sociedad. Aún está presente en nuestra memoria el hecho de que para una madre o un padre la palabra del maestro era prácticamente una ley; sus recomendaciones eran seguidas al pie de la letra, las quejas escuchadas con atención, y cada castigo que imponía a sus estudiantes, producían una nueva sanción en el hogar.

Sin contradecir esta afirmación, pienso que los alumnos de ahora no son tan dóciles ni obedientes como los de hace décadas; incluso son muy escasos y casi inexistentes los padres de familia que toman en cuenta la palabra del educador.

Educar en estos tiempos es un verdadero reto que requiere entereza y perseverancia para hacer valer el conocimiento, y despertar en nuestros niños y jóvenes el interés por el estudio, que muchos han perdido. Es necesario educar con el ejemplo, porque nuestra juventud no cree en palabras que se las lleva el viento. Los tiempos han cambiado y por ende nuestros estudiantes y maestros.

Como resultado de este cambio, la imagen del educador se ha ido deteriorando. En esto hemos contribuido los maestros y profesores de hoy día, quizás porque no medimos las repercusiones de nuestras acciones dentro y fuera del aula, y porque en ocasiones olvidamos la mística de educar.

El inicio del nuevo año escolar puede ser un buen momento para recobrar parte del terreno perdido. Esta debe ser una de nuestras prioridades. Trabajemos arduamente en nuestras aulas, en los centros escolares y en las comunidades para que nuestros estudiantes nos admiren y respeten por lo que somos.

La sociedad en general, a pesar de los avances científicos y tecnológicos, necesita de sus educadores, no héroes ni santos, pero sí mujeres y hombres comprometidos en conducir a la niñez y a la juventud estudiosa por el camino correcto, preocupados por su superación y actualización. Individuos de gran sensibilidad, capaces de comprender lo que la carencia de afecto y recursos puede hacer en la conducta de los estudiantes.

El docente debe ser guía, consejero, y padre o madre cuando haga falta. Debe ocupar siempre su lugar, sin que esto signifique estar en un pedestal; debe ser, honesto, confiable, responsable de su compromiso social y, sobre todo, debe dominar el arte de enseñar.

El nuevo año escolar debe estar inspirado en tantos educadores de nuestro país que han dejado gratas huellas en el recuerdo de sus discípulos, porque la enseñanza, como bien dijera José Martí, “es ante todo una obra de infinito amor... que agiganta en los educandos la voluntad y la aptitud de aprender y se les queda en el alma dulcemente como una visión del paraíso que les conforta y alegra la ruta en los desfallecimientos forzosos de la vida”.

La autora es profesora de geografía e historia

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