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¿Cuándo habrá paz?
“Si por cada gota de sangre derramada por un látigo, el golpeador recibe un golpe de espada, la venganza es completamente legítima y justa”: Abraham Lincoln
José Antonio Ardila A.
ardilajose@yahoo.com
Todo individuo y toda colectividad tienen un límite de paciencia. Cuando ese límite de paciencia es rebasado, actúa desmedidamente.
Durante siglos, y a través de generaciones, la humanidad ha sido presa de todo tipo de manifestaciones ideológicas, culturales, sociales y políticas que fomentan la discriminación, el odio, el genocidio y la intolerancia religiosa. Muchos han sido los ejemplos, pero ninguno tan fehaciente como el expresado contra el pueblo judío.
La nación hebrea ha sido receptora de la furia de grupos fanáticos, religiosos y políticos que se oponen a su existencia como tal. Primero los faraones; luego los romanos, la Inquisición y los pogroms; más tarde las hordas fascistas hitlerianas y, hoy día, los militantes terroristas de las organizaciones fundamentalistas apoyadas y auspiciadas por regímenes establecidos en el Oriente Medio que todavía creen que “pueden arrojar a todos los judíos al mar”.
Hasta 1948, año de la fundación del Estado de Israel, el pueblo judío soportó estoicamente todas las atrocidades que en su contra se cometieron.
A partir de esa fecha, ha respondido a los ataques de sus enemigos con los mismos argumentos que estos utilizan: las armas; porque Israel, nacido de la insurrección armada, aprendió a defenderse.
Creo que el pueblo palestino tiene pleno derecho a su autodeterminación y a participar en el concierto de las naciones, junto con el Estado de Israel; pero en lo que no creo es en el secuestro, asesinato, acciones suicidas, ni en el terrorismo internacional que, por fanatismo religioso, se desarrolla contra la población israelí y todos los judíos del mundo.
El Estado de Israel se ha construido bajo duras condiciones, en un ambiente de provocaciones constantes: la Guerra de los Seis Días, en 1967; la masacre terrorista en el aeropuerto de Lod y el asesinato de varios atletas israelíes en las Olimpíadas de Munich, en 1972; la Guerra del Yom Kipur, en 1973; el rescate de pasajeros judíos, secuestrados por terroristas pro-palestinos en el aeropuerto de Entebbe (Uganda), en 1976; los atentados en Buenos Aires y Londres, por mencionar algunos.
Las acciones terroristas suicidas que han venido perpetrándose en las diferentes ciudades de Israel me llenan de estupor y me obligan a no creer que para “tranquilizar” las ambiciones de estas sectas armadas hay que “ceder”.
Cuando el “Guerrero de la Paz”, Itzhak Rabin, inició conversaciones con los dirigentes de la O.L.P. y firmó los Acuerdos de Paz y de Reconocimiento de la Autoridad Nacional Palestina, y más tarde Ehud Barak ofreció más de lo que el israelí común estaba dispuesto a aceptar, muchos creíamos que los actos terroristas irían bajando en intensidad y que Yasser Arafat sería un agente catalizador entre las diferentes facciones “políticas” palestinas, logrando un entendimiento y la convivencia pacífica. ¡Qué ingenuos hemos sido! Pero al igual que en la naturaleza, toda acción provoca una reacción; y esa reacción, en la mayoría de los casos, es más violenta que el propio acto que la originó. Además, los atentados terroristas no han sido capaces de hacer tambalear, ni mucho menos derrocar, ningún gobierno israelí; y a pesar de la secuela de luto y dolor que dejan esas manifestaciones, el “éxito” de un acto terrorista sólo evoca una animación pasajera que se irá convirtiendo, ineludiblemente, en apatía y desengaño en la población palestina.
Los últimos acontecimientos han demostrado que los israelíes están dispuestos a actuar con firmeza y decisión contra toda infraestructura terrorista, no importa de qué grupo de facinerosos sea, que perturbe la tranquilidad de los habitantes de Israel, la existencia de todo judío, independientemente del lugar donde se encuentre, y la posibilidad de desarrollar y profundizar el proceso de paz.
Se requerirá de mucho esfuerzo por parte de la dirigencia palestina para demostrar su deseo de lograr y asegurar una paz permanente con los israelíes, porque “habrá paz cuando (los árabes) amen más a sus hijos de lo que nos odian a nosotros”: Golda Meir.
El autor es economista y profesor universitario
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