Origen del proyecto
Con unas docenas de páginas, un hombre había tenido la virtud de aglutinar a una masa dispersa
Guillermo Sánchez Borbón
Si uno quiere entender los grandes acontecimientos históricos debe saber primero cómo, dónde y cuándo nacieron. Por eso reproduzco hoy una página luminosa de Stefan Zweig, tomada de su autobiografía El mundo de ayer:
“El director del folletín de la Neue Frei Presse se llamaba Teodor Herzl, y fue el primer hombre de importancia histórica mundial con quien me enfrenté en mi vida”. Poeta, dramaturgo, gran ensayista, cuenta Zweig que “era un hombre respetado, adorado por la juventud y estimado por nuestros padres. Pero un día aconteció lo inesperado. El destino siempre halla el medio de atraerse al hombre que necesita para un fin determinado, aun cuando él procure esconderse”.
”Como corresponsal [en París] presenció la degradación oficial de Alfredo Dreyfus, vio cómo arrancaban las charreteras a aquel hombre pálido, mientras exclamaba soy inocente”. Herzl estaba convencido de que lo habían condenado únicamente por ser judío, en lo cual, desde luego, tenía razón. “En el instante en que asistió a la degradación de Dreyfus, la idea del destierro eterno de su pueblo penetró como un puñal en su corazón. Si el aislamiento es inevitable –se dijo- ¡que sea absoluto! Si la humillación ha de ser siempre nuestro destino, respondamos a ella con orgullo; si se nos condena al dolor de vivir como nómadas, ¡construyamos una patria nosotros mismos! Publicó entonces un opúsculo titulado El Estado Judío, en el que proclamó que la adaptación y la consecución de una tolerancia completa era imposible para el judío, el cual debía fundar una nueva patria en su vieja patria: Palestina.
”Al publicarse este opúsculo, que tenía la fuerza penetrante de un dardo de acero, yo estaba sentado todavía en un banco del instituto; pero recuerdo el asombro y el enojo que produjo en los círculos judío-burgueses de Viena. ¿Qué le ha ocurrido –se preguntaban malhumorados– a ese escritor por lo común tan inteligente, ingenioso y culto? ¿Qué desatino es éste? ¿Por qué hemos de trasladarnos a Palestina? Nuestro idioma es el alemán y no el hebreo: nuestra patria, la hermosa Austria. ¿No vivimos en una época progresista que en unos cuantos decenios hará desaparecer todos los prejuicios religiosos? Los rabinos echaban fuego en los púlpitos, el director de la Neue Frei Presse prohibió que se mencionara el término sionismo en su diario progresista. El Tersites de la literatura vienesa, maestro de mordacidad, Karla Kraus, publicó un folleto titulado El rey de Sión, y cuando Teodoro Herzl llegaba a una sala de teatro, todos murmuraban, con acento zumbón:
–Acaba de entrar Su Majestad.
”En el primer momento, Herzl consideró que lo habían interpretado mal. Viena, donde se creía seguro gracias a sus muchos años de popularidad, lo abandonaba y se reía de él. Pero, de pronto, la réplica resonó estruendosamente, con tal ímpetu y de modo tan inesperado, que Herzl casi se asustó de haber despertado un movimiento tan poderoso, tan superior a su natural modestia. Verdad es que no procedió de los judíos burgueses acomodados, que vivían a gusto en el occidente europeo, sino de las masas del Este, del proletariado de los ghettos: galicianos, polacos, rusos. Sin sospecharlo, Herzl había reanimado con su folleto al judaísmo que ardía bajo las cenizas del destierro, el milenario sueño mesiánico de la promesa reiterada por los libros sagrados del retorno a la tierra prometida; esperanza que era a la vez certeza, y que bastaba para dar un sentido a la vida de aquellos millones de hombres pisoteados y esclavizados. Cada vez que alguien –profeta o impostor–, en los dos mil años de destierro, tocaba esta cuerda, el alma entera del pueblo empezaba a vibrar; pero nunca vibró con tanta potencia, con un eco tan huracanado y rumoroso, como en esta ocasión. Con unas docenas de páginas, un hombre había tenido la virtud de aglutinar a una masa dispersa, desunida por rencillas y malquerencias, en una unidad compacta”.
Cuando Stefan Zweig escribió las palabras transcritas arriba, el holocausto estaba en el futuro (el autor, que murió por su propia mano en 1940, no llegó a conocerlo). Este acontecimiento le dio un sentido de urgencia al proyecto de Teodor Herzl. Lo malo es que Palestina estaba poblada ahora por árabes, quienes tenían cientos de años de vivir ahí. Para ellos era su patria. No podían admitir títulos de propiedad sacados del Antiguo Testamento.
El resto, como dicen, es historia.
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