Panamá, 1 de abril de 2002
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Pedófilos, pederastas y proxenetas

Debemos aplicar las más enérgicas sanciones para cualquiera que violente la salud sexual de los niños, independientemente de su papel en la sociedad

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Numerosas desviaciones o perversiones sexuales afectan a la raza humana. Estas conductas exhibidas por minorías incluyen la zoofilia (atracción sexual hacia animales), el masoquismo (goce sexual al ser humillado o maltratado por otra persona), el sadismo (excitación sexual obtenida al cometer actos de crueldad sobre otro individuo), el fetichismo (se logra el deseo sexual al sustituir la pareja por un objeto inanimado, usualmente un zapato o una prenda de vestir), el voyeurismo (disfrute sexual al contemplar, sin ser visto, actitudes íntimas o eróticas de otra gente), el incesto (relación carnal entre parientes), el travestismo (regocijo al utilizar ropas de vestir del sexo opuesto), la coprofilia (atracción sexual a los excrementos de la pareja), la urolagnia (atracción sexual a la orina de la pareja), la necrofilia (obtención de placer erótico con cadáveres), etc. No obstante, la aberración sexual más ruin y execrable es cuando los adultos involucran a niños como victimarios de sus enajenaciones mentales. Los términos utilizados para describir a estos depravados delincuentes son la pedofilia (atracción erótica o sexual de un adulto hacia niños), la pederastia (abuso sexual de niños) y el proxenetismo (beneficio obtenido mediante la prostitución de otro, usualmente un menor de edad).

Hay pedófilos y pederastas de todas las clases sociales. Los más peligrosos son ciertamente aquellos en los que el niño confía o idealiza por naturaleza, como un criado, un amigo de la familia, un sacerdote, un bombero o un policía. Aunque no existe un perfil exacto de este tipo de perpetradores sexuales ni se les puede reconocer a simple vista, ciertas características son compartidas por muchos de ellos: son usualmente varones, entre los 30 y 50 años de edad, profesionales cualificados, con trabajos o actividades que garantizan cercanía a niños, de nivel social medio o alto, con fuertes convicciones religiosas, con historia pasada de actitudes negativas hacia el sexo o experiencias de abuso sexual, de personalidad inmadura y solitaria, baja autoestima, con tendencia al alcoholismo, sin antecedentes penales, con elevada probabilidad de reincidencia y que generalmente no reconocen los hechos ni asumen su responsabilidad. En una tercera parte de los casos, el abusador se encuentra en el hogar y puede ser el propio padre, el tío o el abuelo de la víctima.

Los pedófilos, pederastas y proxenetas actúan de diversas maneras para conseguir niños y niñas, con la finalidad de abusar de ellos, integrarlos a una red de prostitución infantil o para elaborar pornografía comercial. Todos los padres debemos conocer las formas y los lugares preferidos de actuación de estos malhechores para velar por la seguridad de nuestros hijos. Algunos sitios frecuentados por pederastas sociales incluyen salas de juegos recreativos infantiles, salidas de colegios y parques, discotecas, zonas marginales donde habitan los niños de la calle, centros comerciales y a través del chat de internet. Conviene también mirar con lupa a todas las personas allegadas dentro del hogar, incluyendo familiares cercanos, conocer mejor a los educadores de nuestros hijos y vigilar a los sacerdotes con actitudes muy afectivas, especialmente si alguno de nuestros vástagos participa como monaguillo en prácticas eclesiásticas.

Las secuelas sicológicas que quedan en el niño víctima de estas perversiones sexuales son numerosas, graves y, a menudo, irreversibles. Por tanto, todos estos malévolos personajes deben ser castigados severamente por los tribunales penales de justicia. Ha resultado vergonzoso enterarse de obispos y clérigos que, por décadas, habían abusado sexualmente a menores y que sus “castigos” incluyeron solamente cambio de parroquia, reprimendas privadas o pago de indemnizaciones a la familia afectada para mantener el hecho en la clandestinidad. En pocas semanas, han aparecido alegaciones bien documentadas en arquidiócesis de Florida, Boston, Francia, Polonia e Irlanda de monseñores pedófilos. Qué triste es pensar que las autoridades eclesiásticas han archivado este tipo de delitos por tanto tiempo y que sólo ahora, debido a que se ha superado un peligroso umbral noticioso para los intereses del Vaticano, la condena papal se hace pública. Es cierto que los sacerdotes son seres humanos con derecho a tener los mismos errores y debilidades de todos nosotros, pero también merecen ser juzgados de manera idéntica. Nadie puede estar por encima de la ley. Debemos aplicar las más enérgicas sanciones para cualquiera que violente la salud sexual de los niños, independientemente de su papel en la sociedad. En este sentido, me agradó la opinión clara y abierta del sacerdote jesuita Néstor Jaén (La Prensa, marzo 26, 2002); con más individuos así en posiciones jerárquicas, la Iglesia sería una institución más democrática, transparente y progresista, que se preocupa más de las necesidades de sus fieles que de la imagen excelsa y omnipotente de sus líderes.

Me cansa escuchar a tanta gente pregonando que los niños son el futuro de nuestras civilizaciones y que merecen lo mejor. A juzgar por los hechos, estas palabras parecen pertenecer más a discursos decorativos y a demagogias estéticas que a convicciones genuinas. Día a día, los derechos de los niños son flagrantemente violentados. La creciente pobreza, el limitado acceso de niños humildes a una salud de primer nivel, los desiguales esquemas de vacunación infantil, el paupérrimo nivel de la educación escolar pública y los numerosos escándalos de abuso sexual y prostitución de menores, son sólo algunos ejemplos de la doble moral exhibida por numerosos integrantes de esta, nuestra irracional y aberrante especie.

Adenda. Acaba de ser denunciado un pediatra ucraniano-brasileño por abuso sexual a sus pacientes. Ojalá lo encarcelen por muchos años por maltratar a menores y denigrar nuestra noble profesión médica

El autor es médico del Hospital del Niño

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