Pericón
Guillermo Sánchez Borbón
Alguien me pide una definición más clara del “Post hoc, ergo propter hoc”. Haré algo mejor, se lo ilustraré con un ejemplo.
Años atrás, veía en mi televisor una pelea de Mano de Piedra Durán –cuando estaba en su apogeo– contra no recuerdo quién. De pronto Durán le conectó un derechazo en la mandíbula a su contrincante. Yo me di cuenta en el acto de que lo había noqueado, aunque el pugilista continuara en pie –por inercia, quizás–, amagando y sonándose las narices con el pulgar del guante. El locutor deportivo no se dio cuenta de lo que había sucedido. En eso Mano de Piedra le tiró un jab blandito, casi una caricia, tal vez para medirlo antes de volver a soltar la derecha, y el otro cayó a la lona como fulminado por un rayo. Y entonces el comentarista, muy agitado, comenzó a gritar: “¡Durán acaba de derribarlo con un tremendo gancho de izquierda!”. No se dio cuenta de que el débil jab no tuvo absolutamente nada que ver con el nocaut; que fue el derechazo –que él no vio– el que lo puso fuera de combate. Este es el mejor ejemplo que conozco de Post hoc, ergo propter hoc.
****La capital se ha convertido en una cosa horrible. Antes teníamos un barrio precioso (La Exposición) que parecía clamar al cielo. Atendiendo el clamor, los constructores, esos agentes de fealdad, lo han llenado de geométricos cajones. Las bellas casas que todavía se tienen en pie, ahora se ven –al lado de sus gigantescos vecinos– encogidas, murriñosas, acomplejadas. Tengan paciencia: como al caballo que se ha roto una pata, pronto les darán el tiro de gracia. Es lo que también ha sucedido en San Francisco, un barrio tan agradable antes, que se ha ido llenando de panales antiestéticos. Punta Paitilla parece la alucinación de un engomado. Y en las afueras se extienden barriadas idénticas, sin personalidad, repetidas casi al infinito.
Ahora estamos trasladando la fealdad a las áreas revertidas. Para eso queríamos que nos las devolvieran, para reemplazar lo que Richard M. Koster llama Early yankee imperialism tropical arquitecture, por urbanizaciones de casas idénticas, uniformemente feas, y por malls que parecen diseñados por Schopenhauer en uno de sus peores ataques de misantropía; pero ni a éste se le hubiera ocurrido lo que nos están preparando: una ciudad gubernamental para alojar, íntegra, la monstruosa e improductiva burocracia estatal, que en el ínterin se ha multiplicado como una pesadilla de Malthus, y que hoy devora todas las energías de la nación. Yo propongo, en nombre del único profeta del siglo XX, que designemos al engendro “Villa Kafka”.
Y lo peor es que Villa Kafka va a usurpar terrenos que son el área natural de expansión del puerto de Balboa y del ferrocarril. Pero estas son actividades productivas, que ningún constructor (ni burócrata) que se respete puede tolerar. Mejor concentramos en ese espacio, en un solo tumor, todas las células cancerosas que hoy andan dispersas por el organismo urbano, produciendo a veces las más inesperadas metástasis.
****En la tediosa entrega del Oscar a los ganadores de este año, pasó algo gracioso. La incomparable Woopi Wolberg, dijo: “ahora, si ustedes me lo permiten, voy a cumplir una orden de Ashcroft [procurador general de Estados Unidos], y fue a cubrir, con una vistosa tela, las partes pudendas (no importa que no las tenga) del gigantesco símbolo del Oscar, que se levantaba cerca de la tarima. Esta fue una de las escenas de la ceremonia que pasó al día siguiente uno de los noticiarios gringos.
Yo nunca veo las entregas del Oscar, porque son demasiado largas y aburridas. Y porque tampoco aguanto las atroces traducciones al español que nos infligen todos los años las mismas voces.
Dicen que el pueblo hace los idiomas. Eso sería antes, ahora los hacen los periodistas y los políticos, y se los imponen a los pueblos. Y la porosa (o distraída) Aduana de Madrid deja pasar, y encima les da carta de nacionalidad, a sus espantosas novedades. Uno de los anglicismos que más me irritaban era nominación. Pues bien: si consultas el DRA (Diccionario de la Real Academia) de 1970, puedes leer que nominar en castellano significa “Dotar de nombre a una persona”. Es la única acepción. La única, también, del DRA de 1992: “Dar nombre a una persona o cosa”. Pero el último, el del 2001, cediendo quizás a la irresistible presión de los feístas, le agrega estas acepciones: “2. Designar a alguien para un cargo o cometido. 3. presentar o proponer a alguien para un premio”.
Razón tenía Paul Groussac: “Cada nueva edición del Diccionario de la Real Academia nos hace añorar la anterior”.
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