La reputación
Es difícil ganar una buena reputación; conservarla toda la vida es aún más difícil; y preservarla después de la muerte es casi una utopía
Rocío Romina Rodríguez R.
La reputación es la opinión que las personas tienen de uno como sobresaliente en una ciencia, arte o profesión. Pareciera sencillo, pero no lo es, porque en muchas ocasiones nuestra carta de presentación puede ser lastimada por algo que yo llamaría insana maldad y, una vez dañada, es muy difícil reconstruir pedazo a pedazo lo que queda de ella, porque, inexplicablemente, la mayoría de las veces queda esa negativa impresión en las personas.
Dañar la reputación de alguien es muy bajo e inaceptable, pero irónicamente se está convirtiendo en una costumbre por parte de personas que no tienen nada que hacer, tan solo menoscabar la vida e imagen de sus semejantes.
No se puede ni se debe jugar con el honor y el buen nombre; es muy importante que aprendamos a respetarnos los unos a los otros y, sobre todo, que juntos, como hijos de Dios, como familia, como hermanos y como seres humanos, luchemos por llevar esta titánica tarea a la práctica.
Impidamos entonces que esta mala costumbre y falta de valores subsista. ¿Será que los valores se están perdiendo?
Seríamos nosotros los únicos responsables, pero estoy convencida, amigo lector, de que no deseamos que eso suceda.
De repente he recordado un diálogo entre Otelo y Yayo que aparece en la obra Otelo, el moro de Venecia, de William Shakespeare. Le dice Yayo, el alférez, a Otelo, el noble moro al servicio de Venecia: “Mi querido señor, en el hombre y en la mujer, el buen nombre es la joya más inmediata a sus almas. Quien me roba la bolsa, me roba una insignificancia, nada; fue mía, es de él y había sido esclava de otros mil; pero el que me hurta mi buen nombre, me arrebata una cosa que no le enriquece y me deja pobre en verdad”. ¡Es este diálogo tan profundo y tan real!
Dice mi hermano mayor, odontólogo de profesión, que la reputación es una especie de vidrio, y yo concuerdo con él; pero lo curioso es que a veces ese vidrio lo rompen sin una razón justa y menos aún aceptable.
Es difícil ganar una buena reputación; conservarla toda la vida es aún más difícil; y preservarla después de la muerte es casi una utopía.
Todo sería más sencillo si nos respetáramos mutuamente.
Dios nos otorgó sin merecerlo un planeta en el que hay cabida para todos; cada quien puede soñar y trazarse metas, pero sin pasar por encima de los demás, dañándoles su vida, porque la reputación es nuestra vida.
Aquí hay lugar para todos nuestros sueños, anhelos, metas e ilusiones.
Nuestro Padre es perfecto y realizó todo en su justa medida.
¿Por qué en vez de dañarnos con mentiras los unos a los otros, no aprendemos a cumplir uno de los mandamientos más importantes?: Amarnos los unos a los otros.
Todos tenemos dones y cualidades que deben ser respetados.
Es muy cierto que todos somos diferentes, pero hay algo en lo cual, si no todos, la mayoría coincidimos: deseamos que se nos respete y que no se nos inventen falsos, y, definitivamente, no creo que exista alguien que no anhele y desee fervientemente esa amada reputación.
La autora es estudiante de derecho
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