Teoría de Jesús
Un día como hoy, escupen y flagelan a quien sólo hizo el bien, antes de someterlo al castigo más afrentoso conocido: la pena de muerte
Jaime Porcell
japorcell@yahoo.com.mx
Provoca 2 mil años de controversia. No existe humano más adorado y odiado, venerado y despreciado, seguido y contestado, que él. Por él dan la vida miles y otros la quitan. Su pensamiento influye tanto sobre la civilización occidental que le llaman cristiana.
Por su inmensa popularidad lo constituyen en mercancía. Los mismos que expulsa del templo a latigazos, lo convierten en molde que multiplican una y otra vez. Aparece así como frío ícono de plástico trepado en una cruz, mientras lo siguen crucificando día a día.
Para los cristianos, Jesús es ayer, hoy y siempre. Pervivir hoy, exige ser de este tiempo. Como siempre, la contradicción lo perseguiría. Entonces, a pesar de ser acogido en el Palacio Presidencial y la Nunciatura, pernoctaría entre piedreros y menesterosos. Lo dice Mateo, “el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Correría la voz de que cura hasta el sida y qué decir de parálisis y adicciones, con sólo recibir testimonio de fe. Rumores, quizás exagerados, insisten en que revive a un tal Lázaro, y que en boda pueblerina, convierte el agua en seco. Obviamente, las cámaras lo persiguen. Por su parte, los médicos insisten en quejarse por competencia desleal con la práctica privada y ejercer sin idoneidad, mientras el Ministerio de Salud persigue al “tal Cristo” por brujo.
Después de los 30, nunca conoce otro oficio que conspirar pacíficamente. Algunos institutores, obreros y profesores universitarios, querrán que el Mesías convoque a la insurrección para salvar al país. Pero, como los macabeos de entonces, terminan decepcionados con su mensaje de paz a ultranza.
Aparece de sorpresa. Sabemos cuándo está allí por el embrollo de gente que escucha con fervor inusitado. Un día cualquiera, lo tropieza uno en la peatonal, en el mercado, o lo encuentra en el parque Rufina Alfaro de La Villa, apoyado en el asta de la bandera, conminando a comerciantes, campesinos, obreros, limpiabotas y buhoneros, dejen todo y lo sigan. Los transeúntes nos detendremos para escuchar a este ser de camisilla y pantalón raídos, que se autodenomina el Hijo del Hombre. Para los del Psiquiátrico, no parece peligroso.
Decididamente es un tipo contradictorio. Es joven y viril. Las mujeres, incluso lo perfuman, pero permanece célibe y dicen que hasta virgen. Exhibe poderes que nunca usa para beneficio propio. Impide la violencia aunque sea para escapar de policías que lo apresarán. Escucha con demasiada atención a piedreros, mendigos y prostitutas, peor aun, los trata como iguales. Pero a poderosos que lo libran del calvario que sabe está por afrontar, no los cultiva. Además, se niega a realizar curaciones en televisión, aunque aprovecha el medio para enfilar contra la corrupción y propugnar por una reforma moral en una sociedad hipócrita, corrupta y desigual. Resulta demasiado subversivo para gustarnos a todos.
Políticos pugnan por halagarlo. Unos más audaces, intentan inscribirlo en un partido. Si tuviera dinero, llegaría a presidente– opinan incisivos analistas. Mas es tan pobre que sólo dispone de una muda de ropa que le regala su madre. Pero, oh decepción, “mi reino no es de este mundo” (Juan 18,36).
Selecciona a un grupo de humildes trabajadores, a los que da seminarios y llama discípulos. Parece más cómodo entre necesitados y menesterosos que entre miembros de clubes exclusivos, de los que acepta invitaciones, pero reprochándoles su poca inclinación a la vida espiritual. Y con acostumbrada crudeza, espeta que es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que un rico ir al cielo (Mateo 18, 25).
La clase dirigente hierve. No tolera que un desconocido, no educado en las tradiciones de ellos, les gane las masas. Denuncian a Jesús por conspirador, mientras un discípulo lo entrega por monedas y otro lo negará tres veces. Peregrinan de juzgado en juzgado, hasta que encuentran uno dispuesto a condenarlo.
Jesús enfrenta al orden establecido, y el poder lo derrota. Y un día como hoy, escupen y flagelan a quien sólo hizo el bien, antes de someterlo al castigo más afrentoso conocido: la pena de muerte.
Y como última pasada, y a pesar de dos policías que guardan la entrada día y noche, inexplicablemente su cadáver desaparece de la tumba, tras 76 horas de muerto.
El autor es investigador de mercado
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