Para mí... la cruz de palo
Yo tengo colgada en mi cuello una cruz de alambre barato que compré por un dólar en un aeropuerto centroamericano
I. Roberto Eisenmann Jr.
¿Qué representa para mí la cruz, hoy Viernes Santo, en que no hago más que pensar y meditar sobre ella? La cruz fue un instrumento de tortura que producía la más indigna de las muertes lentas. El calvario forzaba al condenado a cargar su propio instrumento de muerte entre la jauría burlona de “las mayorías” que celebraban el castigo al condenado.
Pero, como ocurre siempre cuando la injusticia golpea al hombre de principios, al hombre justo... esa muerte de Cristo en la cruz se convirtió en el símbolo fundamental de un movimiento de justicia y de humanidad que cumple ya 2 mil años. Cristo, el Hijo de El que todo lo creó, escogió morir en la cruz de palo para que nosotros entendiéramos un poco más el maravilloso regalo de la vida que su Padre entregó a cada uno de nosotros.
Casi todos los cristianos –en una u otra forma– portamos una réplica de la cruz; muchas son de oro o de algún metal precioso. Yo tengo colgada en mi cuello una cruz de alambre barato que compré por un dólar en un aeropuerto centroamericano, en un tristísimo momento en que como exiliado errante fui en busca de unos amigos ... y estos, viéndome en situación difícil, me tiraron la puerta en la cara. Me sentí deprimido, rechazado, sin patria, sin raíz, sin esperanza... y caminando como un zombi por ese aeropuerto tan ajeno a mi vida, paré frente a una sucia vidriera y enfoqué ese crucifijo de alambre. Me llamó la atención. Mis ojos veían un crucifijo; ¡mi alma veía al mismo Cristo clavado en la Cruz! Caí en una profunda meditación y pensé para mis adentros: ¿Qué derecho tengo yo a sentirme destruido y deprimido con mi situación? Lo mío no es nada comparado al Calvario del Hijo de Dios... “¡Levanta tu espíritu!” –me regañaba a mí mismo. “Es un ejercicio inútil tratar de descubrir lo que la vida te traerá; lo que logremos en ella será por arte de creación propia. No se puede conocer la felicidad si no se conoce la tristeza. ¡A convertir este dilema que tienes en oportunidad! ¡Evita tu pesimismo, aléjate de toda duda, rechaza todo temor, disciplínate a mantener a toda costa tu pensamiento creativo! Aquel que quiere garantías en la vida... realmente no quiere vida”.
Todo eso pensé al mirar ese barato crucifijo de alambre. Lo compré, me lo puse en el cuello y cambié de actitud. Del hombre derrotado me convertí en el fiel hijo de Dios... en creador; fue en el año de 1976. Todavía llevo el crucifijo conmigo y cada vez que desfallezco, que me desanimo, lo toco, lo miro y recuerdo mi obligación de levantarme y seguir el proceso de creación.
Desde aquel triste momento en que miré ese crucifijo de alambre por primera vez, mis rezos a mi Dios nunca son de súplica, de pedirle que dos más dos sean cinco, para entonces desilusionarme cuando resultan cuatro. Mis rezos son siempre de gratitud por habernos dado el regalo de la vida, y la posibilidad y oportunidad de creación.
La vida no nos la dio para sufrirla con temor... ni con la esperanza de que nos caiga del cielo una lotería... o la salvación de la vida eterna. Hay que “salvarse” en esta vida de la tragedia de la no realización, de la no-creación, de no dedicarle esfuerzos continuos a darle dignidad a los más pobres, de no ofrecerles oportunidades de hacerse ellos mismos.
Si creemos, si sabemos, si tenemos fe absoluta, si tenemos una claridad visceral –una total certeza de nuestro camino– estaremos comprobando paso a paso que esa horrible muerte de Cristo en la cruz no fue en vano. Demostraremos así que entendimos el mensaje divino. La vida no es pesimismo, duda, temor, loterías, súplicas. La vida es un regalo de oportunidades de creación constante y permanente; creación de propósitos superiores, creación que logre que dejemos un mundo un poquito mejor que el que encontramos. Creación que nos permita, cuando nos toque exhalar el último suspiro, murmurarle en silencio a nuestro Dios: “Cumplí, estoy listo para irme tranquilo”... sabiendo que se muere... para vivir.
Esto es lo que representa para mí el clavado en la cruz de palo.
El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
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