Deje su opio afuera
“A mí no me importa quién
sea el gobernante. Que nos deje hacer nuestros negocios. Estamos
hartos de las luchas”
Por Craig Nelson
JABAL SERAJ, Afganistán. -Para los corresponsales
extranjeros, Afganistán se ha convertido en el nuevo sinónimo de
la penuria. En lo que a mí se refiere, sin embargo, con sólo 0.50
centavos de dólar puedo encontrar alivio gracias a Lal Mohammed.
Lal, de 48 años, opera la Barbería de los
Hermanos en esta población, unos 55 kilómetros al norte de Kabul,
la capital. En una zona de frío congelante y servicios de electricidad
sólo ocasionales, Lal y su barbería son unos oasis para los barbudos
y los sucios.
Como las barberías en otros lugares, aquí
los hombres se reúnen para conversar, mentir y hablar de política,
dinero, deportes y mujeres.
Su negocio no es gran cosa. Un linoleo cubre
el piso, un solo foco alumbra el interior y hay una estufa que quema
leña en la mitad del establecimiento. Los espejos están agrietados
y viejas imágenes colgadas en los muros reproducen escenas de ciudades
asiáticas y chalets en las montañas suizas que, por supuesto, ningún
residente local ha visitado.
Pero las afeitadas que ofrece Lal hacen que
cualquier hombre olvide su pobre entorno. Y también lo hacen olvidar
los rastrillos de tres filos y el artículo que resume todo lo que
tiene de malo la vida moderna: la navaja de afeitar desechable.
Con la punta de los dedos mojados con agua
caliente, Lal masajea, oprime y frota el rostro del cliente hasta
que cada pelo de la barba está enhiesto, suplicando la espuma. Después,
durante 20 minutos, desliza su navaja a la antigua sobre cada poro,
oprimiendo labios y moldeando el rostro para detectar y afeitar
cada pelo desafiante.
El corte de cabello de Lal es tan rápido
como son lentas y detallas sus afeitadas. De hecho, la velocidad
de sus manos y tijeras harían avergonzarse a cualquier barbero profesional
de Occidente.
Aparte de esto, el ambiente en la Barbería
de los Hermanos hace que uno se sienta como, bueno, como si no estuviera
en Afganistán. Es entonces cuando Lal explica lo que no se permite
en su establecimiento, y uno recuerda rápidamente en qué país se
encuentra.
“Tabaco masticado, pistolas y municiones
están permitidos. El opio no”, dice.
Entre el sonido de las tijeras, la plática
de los hombres lleva a la política.
A Lal le preocupa que Hamid Karsai, el líder
interino de Afganistán, llegue a practicar la indiferencia gubernamental
hacia los afganos comunes que ha caracterizado al país en el pasado.
“El nuevo gobierno nunca ha venido aquí para
preguntarnos que es lo que nosotros pensamos que deben ser nuestros
líderes”, dice Lal. “A mí no me importa quién sea el gobernante.
Que nos deje hacer nuestros negocios. Estamos hartos de las luchas”.
Raz, de 28 años, hermano de Lal, trabaja
en una de las tres sillas de la barbería. Lo que él tiene en mente
es el sexo opuesto, y con ello el dinero que debe ahorrar –el “precio
de la novia” que debe pagarse a la familia de su prometida– antes
de que pueda pensar en casarse.
Todavía está lejano el día en que reúna la
suma necesaria, pero, por otra parte, todavía no ha encontrado la
mujer que desea. El sueña con una chica que sea alta, de buena figura
y no fea. “No me gustan las feas”, dice.
Sonriendo, Lal se refiere casualmente a su
próximo viaje a la ciudad norteña de Mazar-e-Sharif. ¿La razón de
su viaje? Un torneo de buzkashi que se celebra allí, el cual evidentemente
es muy conocido por los clientes que están en el establecimiento.
Al principio, Lal dice que sólo va a ver
lo que es un deporte nacional, una cruza entre un partido de polo
y uno de sóccer, en el que los jugadores cabalgan y utilizan un
cadáver de oveja como pelota. Pero sus palabras no van de acuerdo
con el brillo en su mirada, y cuando le pregunto si hay apuestas,
su sonrisa se hace más amplia. El ministro de Defensa de Afganistán,
Mohammed Fahim, tiene 10 caballos en el torneo, dice Lal, y los
apostadores astutos –y él es uno de ellos– dicen que son los mejores.
El comentario genera un ruidoso debate en
la barbería acerca de si es la calidad del jinete o la del caballo
lo que más importa en el juego. Las declaraciones dogmáticas de
la gente hacen pensar en la plática previa a un juego de domingo
de fútbol americano, donde los comentaristas debaten acerca de qué
es lo más importante: si la ofensiva o la defensiva.
No se ha llegado a un consenso 10 minutos
más tarde, cuando me levanto de la silla, coloco en la mano de Lal
lo que seguramente será dinero para sus apuestas y salgo del lugar
que se ha convertido en mi refugio en la tormenta que es cubrir
lo que sucede en Afganistán.
El autor es periodista del New York Times,
News Service
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