Panamá, 24 de marzo de 2002
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Asuntos nacionales y locales

Nadie quiere poner en peligro la institucionalidad del país, ni la democracia; ambas las pagamos con sangre

Guillermo Sánchez Borbón

Aun cuando se convocara a una Constituyente, la Asamblea Legislativa continuaría funcionando hasta completar su período. Los cambios que introduciría en este terreno una nueva constitución, me explicó un especialista, entrarían en vigencia a partir de las próximas elecciones. De manera que los diputados no tienen por qué oponerse a la única salida que le veo a la gravísima crisis política, ni temer los cambios que inevitablemente habrá de traer. Nadie quiere poner en peligro la institucionalidad del país, ni la democracia; ambas las pagamos con sangre. Precisamente el artículo en que preconizaba esta salida, lo titulé “Constituyente e institucionalidad”.

En él discutí la necesidad de volver al diputado nacional, es decir, al legislador no de una sola circunscripción electoral, sino de todo Panamá, y expliqué las razones para hacerlo. Algunas personas han secundado la idea. En el escrito de marras resalté su importancia para elevar el tono del debate, y para que puedan ocuparse en las cuestiones generales del país.

El trabajo de Andreve es de 1928. En 1930 Ortega y Gasset (en La redención de las provincias) llegaba sustancialmente, por su cuenta, a las mismas conclusiones que el panameño. Ortega decía que España (la de su tiempo, la de hoy no tiene casi nada en común con aquélla) era esencialmente rústica, que elegía diputados también rústicos, incapaces de “interesarse por los grandes y abstractos problemas nacionales, principalmente por las disputas ideológicas sobre los principios de derecho político”. Los únicos que podían elevarse hasta ellos eran los de Madrid. “Pero Madrid elegía sólo ocho diputados y el Parlamento se componía –números redondos– de cuatrocientos”. “No puede imaginarse incongruencia mayor que la existente entre la idea de la Constitución y la realidad de la nación, de la vida efectiva y cotidiana de España”. Ortega hace una advertencia: “el que las grandes cuestiones sean abstractas no quiere decir que no sean reales”. “Si toma el lector un Manual de ingeniería, hallará que en sus páginas no hay más que fórmulas algebraicas y figuras geométricas. Nada más abstracto. Sin embargo, de ese manual salen los ferrocarriles, puentes”, etc. La tesis central de Ortega no es aplicable a Panamá. Además, la solución que propone –poco práctica a mi entender– es completamente distinta a la de Andreve.

El diputado nacional no excluye a los diputados provinciales o circuitales. Al contrario, se complementan a las mil maravillas. Pongamos un ejemplo: una circunscripción electoral cualquiera (situada en una zona agrícola), donde la principal actividad económica sea, digamos, el cultivo de melones –para que nadie se sienta aludido con otros ejemplos–, de la cual vive un elevado porcentaje de la población, necesita un legislador bien familiarizado con los problemas agrícolas y económicos de los melones (tema inaccesible a los diputados nacionales) que defienda los intereses de sus electores. Por eso insisto en que no se puede prescindir de los diputados locales, quienes serían un incentivo adicional para atraer a los ciudadanos de las zonas rurales a las mesas de votación.

Además de las reformas electorales (que cambiarán para siempre, y para bien) la fisonomía del Organo Legislativo, es preciso hacer otras complementarias para consolidar, profundizar y extender la democracia. Una de las novedades que se implementaron en 1945, fue la postulación libre. Tenía dos propósitos: una, rasgar la camisa de fuerza del partido, y la otra, darle representación a las minorías, incorporarlas al proceso político para que no tuvieran que recurrir a medidas extremas, como el terrorismo o la guerrilla. Recuerdo que en el 45 el aspirante a diputado tenía que inscribir 500 adherentes en su provincia para poder postularse. Ahora habría que agregarle un número proporcional al aumento de la población.

La figura de la libre postulación generó interesantísimos fenómenos políticos. A finales de la década del 40 y principios de la del 50, aquí surgió un poderoso partido municipal. Su líder, Lolito Patiño, estuvo dos veces a un tris de ganar la alcaldía de la capital en las urnas. La muerte de Lolito, aunada a las nuevas realidades políticas, pusieron fin al experimento. Es una lástima.

Otra ventaja de la libre postulación: sería muy saludable para el país contar con algunos diputados independientes, que no respondieran a las consignas ni a la ciega disciplina de los partidos, sino que votaran a favor o en contra de los proyectos por sus méritos o deméritos.


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