Los millones de la discordia
No es justo para nuestro
pequeño país que nos enredemos en el cómo y en el cuánto, y nos
olvidemos del qué
Diana Campos Candanedo
dcampos@prensa.com
Fondo Fiduciario para el Desarrollo. ¿Los
millones para la posteridad o los millones de la discordia? ¿El
mentolatum chino, que sirve para todo, pero no se ha podido usar
para mucho?
En Panamá esos mil 252 millones de dólares
han puesto en “jaque mate” a ministros, descontrolaron a políticos,
acabaron con alianzas parlamentarias, dieron en qué entretenerse
a los economistas y pusieron los nervios de punta a las calificadoras
de riesgo.
Pero sobre todo han logrado sentar en un
gran “Diálogo Nacional” a los sectores representativos de la sociedad
panameña. El Fondo Fiduciario para el Desarrollo (FFD) es ahora
un tema de Estado.
La mala noticia es que han transcurrido cinco
meses tratando de llegar a un acuerdo, mientras el “ahorro nacional”
deja de ganar cada día 100 mil dólares diarios por el diferencial
entre lo que se paga por la deuda pública y lo que rinden estos
“millones de la discordia” en depósitos a bajísimas tasas de interés.
¿Por qué en los últimos dos años, Panamá
ha vivido de desacuerdo en desacuerdo en temas cruciales? Los políticos
de Gobierno y de oposición tendrían mucho que responder. Mientras
al Gobierno le cuesta trabajo tomar decisiones con alto costo político,
como la del FFD, la oposición toma una postura muy cómoda y le deja
la responsabilidad “al consenso”, del cual ellos precisamente forman
parte. El resultado final es que no se toman las decisiones y, peor
aún, se envía un mensaje de que en Panamá no podemos ponernos de
acuerdo en una visión de país.
Ciertamente, no es fácil explicarle a un
pueblo hambriento que vive en la pobreza, que es necesario tomar
gran parte del ahorro nacional para pagar la deuda externa, en lugar
de construir acueductos, calles, escuelas y hospitales.
Pero sucede que el peso de la deuda externa
desangra cada año el presupuesto y limita la capacidad para invertir
precisamente en esas escuelas, hospitales y acueductos, sin contar
la cuestionable eficiencia del gasto gubernamental, que sería tema
para otro artículo.
Lo cierto es que este año el pago de la deuda
externa representa cerca del 24% del presupuesto nacional, en un
país donde el endeudamiento público representa un 83% del Producto
Interno Bruto.
Pedir la condonación de la deuda. Ignorar
a las calificadoras de riesgo, los mercados internacionales y decir
“no pagamos la deuda”, son también opciones, pero a la larga podrían
resultar en “un tiro en el pie”.
Panamá tiene una agobiante deuda, pero no
califica como país pobre, porque su ingreso per cápita (lo que produce
el país, dividido entre el número de habitantes) supera con creces
las mediciones internacionales. Esto se llama pésima distribución
de la riqueza, pero el resultado final es que no aplicamos para
solicitar la condonación de la deuda.
También se podría ignorar a los mercados
internacionales y no pagar la deuda. Para un país que gasta más
de lo que produce (siempre tiene déficit fiscal) y debe pedir prestado
cada año para financiar su presupuesto, los mercados internacionales
y las calificadoras de riesgo “sí importan”.
Y si no lo cree, pregúntele a Argentina,
que vio cómo sus bonos se depreciaron hasta valer “nada”, mientras
los intereses de su deuda se volvieron insostenibles. ¿Queremos
eso para Panamá?
A diferencia de Argentina, que se gastó el
dinero de las privatizaciones, en Panamá existe el Fondo Fiduciario,
que se ha convertido en el talón de Aquiles en las negociaciones
del diálogo nacional.
El FFD puede cumplir dos misiones: reactivar
la maltrecha economía a través de obras de infraestructura que tengan
retorno social y económico. Y segundo, mejorar el perfil de deuda
del país para obtener financiamiento más cómodo y liberar recursos
para la inversión social.
No es justo para nuestro pequeño país que
nos enredemos en el cómo y en el cuánto, y nos olvidemos del qué.
Ya es hora de ponerle “fecha de cumpleaños” al Fondo Fiduciario
y que su apellido “para el Desarrollo” cobre realmente un sentido
práctico y productivo.
La autora es periodista
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