Panamá, 22 de marzo de 2002
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Los millones de la discordia

No es justo para nuestro pequeño país que nos enredemos en el cómo y en el cuánto, y nos olvidemos del qué

Diana Campos Candanedo
dcampos@prensa.com

Fondo Fiduciario para el Desarrollo. ¿Los millones para la posteridad o los millones de la discordia? ¿El mentolatum chino, que sirve para todo, pero no se ha podido usar para mucho?

En Panamá esos mil 252 millones de dólares han puesto en “jaque mate” a ministros, descontrolaron a políticos, acabaron con alianzas parlamentarias, dieron en qué entretenerse a los economistas y pusieron los nervios de punta a las calificadoras de riesgo.

Pero sobre todo han logrado sentar en un gran “Diálogo Nacional” a los sectores representativos de la sociedad panameña. El Fondo Fiduciario para el Desarrollo (FFD) es ahora un tema de Estado.

La mala noticia es que han transcurrido cinco meses tratando de llegar a un acuerdo, mientras el “ahorro nacional” deja de ganar cada día 100 mil dólares diarios por el diferencial entre lo que se paga por la deuda pública y lo que rinden estos “millones de la discordia” en depósitos a bajísimas tasas de interés.

¿Por qué en los últimos dos años, Panamá ha vivido de desacuerdo en desacuerdo en temas cruciales? Los políticos de Gobierno y de oposición tendrían mucho que responder. Mientras al Gobierno le cuesta trabajo tomar decisiones con alto costo político, como la del FFD, la oposición toma una postura muy cómoda y le deja la responsabilidad “al consenso”, del cual ellos precisamente forman parte. El resultado final es que no se toman las decisiones y, peor aún, se envía un mensaje de que en Panamá no podemos ponernos de acuerdo en una visión de país.

Ciertamente, no es fácil explicarle a un pueblo hambriento que vive en la pobreza, que es necesario tomar gran parte del ahorro nacional para pagar la deuda externa, en lugar de construir acueductos, calles, escuelas y hospitales.

Pero sucede que el peso de la deuda externa desangra cada año el presupuesto y limita la capacidad para invertir precisamente en esas escuelas, hospitales y acueductos, sin contar la cuestionable eficiencia del gasto gubernamental, que sería tema para otro artículo.

Lo cierto es que este año el pago de la deuda externa representa cerca del 24% del presupuesto nacional, en un país donde el endeudamiento público representa un 83% del Producto Interno Bruto.

Pedir la condonación de la deuda. Ignorar a las calificadoras de riesgo, los mercados internacionales y decir “no pagamos la deuda”, son también opciones, pero a la larga podrían resultar en “un tiro en el pie”.

Panamá tiene una agobiante deuda, pero no califica como país pobre, porque su ingreso per cápita (lo que produce el país, dividido entre el número de habitantes) supera con creces las mediciones internacionales. Esto se llama pésima distribución de la riqueza, pero el resultado final es que no aplicamos para solicitar la condonación de la deuda.

También se podría ignorar a los mercados internacionales y no pagar la deuda. Para un país que gasta más de lo que produce (siempre tiene déficit fiscal) y debe pedir prestado cada año para financiar su presupuesto, los mercados internacionales y las calificadoras de riesgo “sí importan”.

Y si no lo cree, pregúntele a Argentina, que vio cómo sus bonos se depreciaron hasta valer “nada”, mientras los intereses de su deuda se volvieron insostenibles. ¿Queremos eso para Panamá?

A diferencia de Argentina, que se gastó el dinero de las privatizaciones, en Panamá existe el Fondo Fiduciario, que se ha convertido en el talón de Aquiles en las negociaciones del diálogo nacional.

El FFD puede cumplir dos misiones: reactivar la maltrecha economía a través de obras de infraestructura que tengan retorno social y económico. Y segundo, mejorar el perfil de deuda del país para obtener financiamiento más cómodo y liberar recursos para la inversión social.

No es justo para nuestro pequeño país que nos enredemos en el cómo y en el cuánto, y nos olvidemos del qué. Ya es hora de ponerle “fecha de cumpleaños” al Fondo Fiduciario y que su apellido “para el Desarrollo” cobre realmente un sentido práctico y productivo.

La autora es periodista

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