La crisis de legitimidad y la
salida constituyente
Los acontecimientos desencadenados a partir
de la votación parlamentaria del pasado 9 de enero, fecha de la
ratificación de los hoy Magistrados de la Corte Suprema de Justicia
(CSJ), Winston Spadafora y Alberto Cigarruista, abrieron una crisis
sin precedentes en la historia de la sempiternamente débil y espuria
democracia panameña, tanto por su dimensión y profundidad como por
su naturaleza. Al respecto, el presidente de la Asamblea Legislativa
ha reconocido, en su discurso inaugural de la tercera legislatura,
que “la crisis afecta por igual a los tres órganos del Estado”,
y que la misma es “la más grave en la historia de la institución
legislativa”, al extremo que, “de no levantarse la inmunidad la
totalidad de los legisladores, puede colapsar el órgano legislativo”.
Con ello advierte el presidente de la Asamblea del peligro de un
posible colapso institucional del régimen político, que solo podría
evitarse mediante lo que llamó “una modernización constitucional
integral”. Para ello clama por un acuerdo nacional que haga posible
la designación de una comisión de notables, a fin de que redacte
un nuevo texto constitucional, que sería posteriormente adoptado,
vía referéndum, para así respetar “el actual marco constitucional”.
Si lo anterior arroja luz sobre la dimensión
y profundidad de la crisis, las cuatro encuestas que sobre el estado
de la nación han sido publicadas hasta la fecha, permiten avanzar
en la necesaria indagación de su naturaleza: una abrumadora mayoría
de los consultados ha señalado a los tres órganos del Estado como
corruptos, ineficaces e incapaces de resolver los problemas fundamentales
de la sociedad panameña, expresando, además, no guardar ninguna
expectativa en que ello cambie en el futuro inmediato. Pero aún
más significativo, en dichas encuestas los partidos tradicionales
y sus principales dirigentes se derrumban electoralmente, subiendo
de forma espectacular la opción por una candidatura independiente.
Hay que decir, al respecto, que no se debe confundir esa opción
independiente, sin rostro, con la del empresario Alberto Vallarino.
Una cosa es la posibilidad de capitalizar esa opción y otra muy
distinta ser el "dueño" de la misma.
I- LAS CAUSAS INMEDIATAS DE LA CRISIS
Entender el cómo se ha originado la presente
crisis no supone un mero, aunque importante, ejercicio académico
o teórico. Por el contrario, desentrañarlo es el único camino para
insertarse políticamente en su evolución, en la perspectiva de intervenir
en ella con la finalidad de lograr una salida lo más favorable posible
a los intereses de los trabajadores, las capas medias y las fuerzas
democráticas de la sociedad, que constituyen, indudablemente, la
mayoría nacional.
La imposición por parte del bloque oficialista
de sus candidatos a magistrados en la CSJ, utilizando para ello
el cerco económico y el chantaje político a la Asamblea Nacional
(hechos por lo demás notorios para la opinión pública), subordinó
a los tres órganos del estado, así como a otras instituciones fundamentales,
al férreo control del gobierno, creando de esa manera las condiciones
necesarias para intentar imponer un resultado electoral favorable
al oficialismo en las elecciones del 2004.
El escenario político en que se ha realizado
esta peligrosa y antidemocrática maniobra, puede sintetizarse de
la forma siguiente:
—Una corrupción rampante, solo comparable,
si cabe, al gobierno liberal del presidente Marco A. Robles, salpicada
de escándalos y denuncias públicas desde la toma de posesión.
—Una política económica carente de objetivos,
zigzagueante e incoherente, e incapaz por tanto de responder a fracción
alguna de las clases y capas sociales que integran la sociedad.
—Un populismo verbal (“el gobierno de los
pobres”), abandonado en la práctica al día siguiente de la toma
de posesión, ocasionando con ello la corrosión permanente de su
base electoral, especialmente en las concentraciones urbanas.
—Una grave crisis económica y social, profundizada
por las políticas económicas neoliberales impuestas, y que el actual
gobierno preserva, agravada por la incapacidad del gobierno para
articular políticas públicas paliativas, ocasionando así el aumento
desenfrenado del desempleo y el cierre indiscriminado de grandes,
medianas y pequeñas empresas.
—Una administración del Estado desarticulada
e incoherente, carente de cuadros gerenciales mínimamente capaces
de conducir las instituciones, lo que ha dado por resultado la cuasi
postración en que se encuentran los servicios públicos de educación,
salud, agua, etc.
—El aumento galopante de la inseguridad ciudadana,
generada por un escenario de exacerbada violencia urbana, ausente
en tales grados incluso después de la invasión.
—Una opinión pública y unos medios de comunicación
sociales casi absolutamente volcados a la crítica de la gestión
gubernamental, al extremo que el clamor ciudadano, que atraviesa
todas las capas sociales, se expresa en frases tales como “esto
no lo aguanta nadie”, “esto no puede continuar”, “hay que hacer
algo”, etc., etc.
—Y, por último, la ausencia de un claro liderazgo
en la conducción del gobierno de la nación, así como la de proyecto
nacional alguno.
En ese marco, dos acontecimientos políticos
de gran envergadura estremecieron el aparato gubernamental, desahuciando
sus futuras posibilidades electorales. Nos referimos concretamente
a su pérdida del control político de la Asamblea Legislativa (Pacto
Meta, septiembre de 2000)) y la movilización popular contra el alza
del pasaje ( 9 de mayo de 2001). La construcción del inesperado
Pacto Meta, con todo lo que ello significa en otro importante orden
de cosas, posibilitó el control político de la Asamblea Legislativa
por parte de la oposición, provocando el debilitamiento extremo
del actual gobierno. Con ello, si es que hacía falta, la opinión
pública le retiró al bloque oficialista su ya mermado crédito electoral.
Por su parte, la movilización popular del 9 de mayo puso al desnudo
las debilidades e incoherencias del gobierno, convenciendo a todas
las fracciones burguesas de la peligrosidad que representa para
la estabilidad del país la renovación del mandato electoral al arnulfismo.
Suspendidos en el aire por carecer de apoyo
social alguno, que no sea el de sectores desorganizados y muy atrasados
del campo, acorralados políticamente por el Pacto Meta y por una
opinión pública volcada en su contra, el gobierno, utilizando métodos
bastardos, forzó in extremis la abrupta ruptura de la fracción parlamentaria
del PRD, garantizándose de esa manera la recuperación del control
de la mayoría legislativa y una correlación de fuerzas ampliamente
favorable en la CSJ. Con esto último se hace posible la separación
del procurador general de la Nación y del fiscal electoral, para
nombrar en sustitución de los mismos a personal férreamente adscrito
al círculo íntimo del gobierno. Por lo demás, tales circunstancias
pueden ser aprovechadas para el nombramiento de un señalado nuevo
director de la PTJ, personalidad que, sin la modificación de la
correlación de fuerzas existente en la CSJ, no obtendría tal designación.
Para rematar, la nueva mayoría legislativa le permite al gobierno
la utilización del Presupuesto General de Estado sin ataduras ni
controles y, lo más importante, la apropiación clientelista de los
mil trescientos millones del Fondo Fiduciario.
Conscientes de las graves implicaciones que
tenía la ruptura de su fracción parlamentaria y la imposición de
la ratificación de los dos magistrados de la CSJ, el PRD lanzó en
el hemiciclo legislativo un demoledor ataque, denunciando que el
gobierno había utilizado el soborno para lograr los tres votos “rebeldes”
de su bancada, así como el cobro de coimas, por parte de uno de
los magistrados ratificados y hasta ese momento ministro de Gobierno
y Justicia, para otorgar indultos a favor de reos de narcotráfico.
Con ello se propinó un golpe mortal a la ya frágil legitimidad del
Ejecutivo y la CSJ. Por su parte, creyendo que podría desviar la
atención pública respecto de su responsabilidad en la ratificación
de los magistrados, y sumir de paso al PRD en una grave crisis política,
el legislador Afú denunció, unos días más tarde, que el PRD había
sido sobornado para lograr la aprobación del Contrato-Ley del Centro
Multimodal, Industrial y de Servicios (CEMIS). Por lo que se ve,
nadie pensó que sus declaraciones, bochornosamente autoinculpatorias,
deslegitimarían sin remedio al órgano legislativo, arrastrando con
ello a los partidos mayoritarios del gobierno y de la oposición
al mismo precipicio.
II- LA NATURALEZA DE LA CRISIS
Nos encontramos ante una crisis de legitimidad
del régimen político, resultado de haberle retirado los ciudadanos
su consenso. Como se sabe, el núcleo del poder del Estado, que ejerce
el gobierno, descansa en una específica combinación de consenso y
coerción. El consenso alude a la voluntaria aceptación ciudadana del
régimen político, a través del cual se ejerce el gobierno. Cuando
se pierde el consenso, o este declina significativamente, el régimen
político se sostiene apoyándose en el reverencial temor ciudadano
a la utilización en su contra de la coerción, es decir, a la violencia
organizada y dirigida por el Estado. En el caso que nos ocupa, la
inmensa mayoría de los ciudadanos han manifestado y siguen manifestando
su descrédito absoluto de todas las instituciones fundamentales del
régimen político vigente: poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial,
a lo que hay que agregar el sistema bipartidista, que es parte integral
de la forma en que políticamente se nos gobierna. No se trata únicamente,
por lo que se ve, de una crisis de legitimidad del gobierno. La crisis
actual va mucho más allá.
Se trata, pues, de una situación sin precedentes
en la historia de la democracia panameña, ya que la crisis de legitimidad
se produce “en frío”, es decir sin el concurso de movilizaciones
populares significativas, lo que de paso nos permite comprender
por qué el gobierno no ha tenido necesidad de utilizar la coerción
todavía, y por qué, lo que es mucho más significativo, el régimen
político se mantienen por inercia.
¿Cómo se explica que la gravedad de la crisis
no haya generado movilizaciones ciudadanas significativas? Hay que
tener presente que se trata de una crisis política surgida en “las
alturas”, en y entre los órganos del Estado, resultado de las contradicciones
políticas de un régimen agotado. Por lo demás, la población, aunque
indignada e insumisa, no ha sido víctima todavía de ninguna agresión
directa. Otra cosa sería que además se tomaran medidas económicas
o de policía que empujaran a la población a la calle para defenderse,
tales como la imposición de la utilización del Fondo Fiduciario
o el corte del suministro y la subida de las tarifas del agua a
los sectores populares, tal como vienen anunciando, o que el gobierno
cometiera la imprudencia de reprimir a sectores sociales específicos.
Lo que debe quedar claro es que cualquier chispa puede incendiar
la pradera.
III- LA CRISIS SE PROFUNDIZA
Hay que tener presente que la legitimidad se gana
o se pierde en la acción política, por lo que la crisis puede agravarse
hasta generar una situación insostenible o, por el contrario, evolucionar
hacia la recuperación parcial de consenso ciudadano, mediante la ejecución
de políticas orientadas a dar satisfacción, aunque limitada y parcial,
a las reivindicaciones levantadas por la sociedad. No se trata, por
tanto, de un fenómeno estático.
Con relación a lo anterior, debemos señalar
que las últimas acciones políticas del bloque oficialista apuntan
hacia una profundización de la crisis:
—La bochornosa negativa a levantarse la inmunidad
legislativa, pese al generalizado clamor nacional, resulta ser un
desafío inaudito al soberano, que abre las puertas a que se levanten
voces exigiendo, ahora, la dimisión colectiva de la corporación
legislativa.
—El ataque político frontal contra el procurador
general de la Nación, en razón de la investigación que realiza,
acusándolo de formar parte de un “complot político”, no es otra
cosa que una peligrosa y descubierta maniobra tendiente a paralizar
las investigaciones.
—La descarada resistencia a la aplicación
de la ley de Hábeas data, sancionada por el gobierno bajo una gran
presión de la opinión pública, utilizando para ello el falaz argumento
de que requiere ser reglamentada, separa aún más, si cabe, a la
sociedad civil del régimen político que dice representarla.
—El desafío que ha realizado el gobierno
al movimiento popular y a otros sectores sociales y políticos, amenazando
con enviar la ley que regula la utilización del Fondo Fiduciario
a la Asamblea Legislativa para su aprobación, aprovechando su actual
mayoría legislativa y con desprecio de la inexistencia de consenso
político y social al respecto, constituye un acto de suma irresponsabilidad,
que podría devenir en graves enfrentamientos sociales.
Con estas acciones no se hace otra cosa que
radicalizar y extender la crisis, llevándola a sus límites más peligrosos,
ya que la crisis de legitimidad no ha afectado todavía en grado
extremo al Ministerio Público, y por ello la ciudadanía aún guarda
ilusiones en la posibilidad de que el sistema sea capaz de purgarse
a sí mismo, mediante el esperado juicio y castigo a los culpables
de los actos de corrupción y soborno. Perdida esa ilusión, las movilizaciones
callejeras no se harán esperar.
La apertura de la tercera legislatura evidenció
otro hecho crucial: mientras el presidente de la Asamblea Legislativa
dedicó gran parte de su discurso a la gravedad de la crisis y a
su posible salida política, la presidenta de la República la ignoró
casi por completo, dedicando sus mejores esfuerzos a explicarnos
el prometedor futuro económico que nos espera con el inicio de sus
inminentes megaproyectos. Este manifiesto estrabismo político del
Legislativo y el Ejecutivo, lo que pone de relieve es que nos encontramos,
por la profundidad y gravedad de la crisis de legitimidad, a un
paso de la ingobernabilidad. Tómese en cuenta que ambos discursos
expresan salidas diferentes a la crisis: la presidenta se aferra
al salvavidas del Fondo Fiduciario, con la esperanza de poder articular
así una salida política clientelista, mientras que el presidente
de la Asamblea Legislativa y del Partido Popular opta por una salida
constituyente controlada.
Dejando de lado el autismo político incurable
del bloque oficialista en la presente coyuntura, el debate constituyente
se ha instalado en el seno de la sociedad. Los medios de comunicación
casi unánimemente, partidos políticos tales como el Popular y Solidaridad,
personalidades políticas de todos los signos (incluyendo a significados
dirigentes del PRD), el propio Tribunal Electoral, y una opinión
pública mayoritaria, discuten abiertamente sobre las vías para lograr
una nueva Constitución, o la reforma inmediata de la misma, como
único camino para salir de la crisis.
IV- UN RÉGIMEN POLÍTICO AGOTADO
El surgimiento de una corriente mayoritaria
de opinión pública que se decanta por una opción electoral independiente
(de los actuales partidos políticos, agregamos nosotros), señala con
nitidez el rumbo por el que marcha el soberano. Tanto el órgano ejecutivo
como el legislativo han dejado de encarnar a la nación. Sumidos en
un profundo descrédito, gobiernan al margen de la sociedad que dicen
representar. Ninguna clase o fracción de clase se reconoce en ellos.
Por su parte, el órgano judicial se encuentra igualmente empantanado
en un descrédito similar: su cúpula (CSJ) está inhabilitada por la
presencia en ella de tres magistrados cuya legitimidad está cuestionada.
El resto del aparato judicial, igualmente reconocido como corrupto,
no le garantiza a ningún sector de la sociedad una justicia expedita,
independiente y profesional. Por su parte, la Procuraduría General
de la Nación ha estado y está sometida, notoria y constantemente,
al acoso y derribo de sus máximos representantes por parte de los
órganos Legislativo y Ejecutivo.
Por su parte, el régimen electoral, firme
apoyatura del bipartidismo y pieza fundamental e indisoluble del
actual régimen político, se ha constituido en un obstáculo insalvable
para la expresión política y la representación de las nuevas corrientes
sociales que pugnan por hacerse escuchar e intervenir en la dirección
del estado y la sociedad. Dicho de otra manera, el régimen que agoniza
está incapacitado para mediar en los conflictos políticos y sociales
que emergen de la sociedad actual, e inhabilitado para administrar
adecuadamente las contradicciones políticas en su seno. Y ¿qué es
lo que ocurre? Ni más ni menos que el régimen político está agotado
y se ha convertido en una losa que le impide a esas nuevas corrientes
verse representadas. ¿Y cuáles son esas nuevas corrientes? A vuelo
de pájaro, intentaremos dar una inicial respuesta a esa pregunta
crucial.
V- LOS ORÍGENES HISTÓRICOS DE LA CRISIS
Surgida al amparo de la política económica desarrollista
de “crecimiento hacia adentro”, iniciada en la década de los años
50, se hizo presente en el escenario nacional una impaciente burguesía
industrial que pugnaba por ampliar el mercado interno, propiciando
leyes y políticas públicas que expandieran y protegieran sus intereses
empresariales. Por ello, y con la finalidad de apropiarse además del
apetitoso mercado “zoneíta”, dieron su abierto apoyo a una política
claramente orientada a la reforma de nuestras relaciones contractuales
con los Estados Unidos. Con esos objetivos, respaldaron el surgimiento
y desarrollo de nuevos partidos políticos que respondieran a sus necesidades
de afianzamiento, o impulsaron el fortalecimiento de corrientes modernizantes
que se expresaban al interior de los tradicionales partidos políticos
oligárquicos. Pese a todo, lo cierto es que no lograron desplazar
el régimen oligárquico de representación política, emponzoñándose
dramáticamente la vida política nacional.
Como correlato del surgimiento, fortalecimiento
y expansión de la burguesía industrial, se consolidó un nuevo proletariado,
alimentado fundamentalmente por las masas que emigraron del campo
a la ciudad, buscando ávidamente la nueva vida que significaba insertarse
en ese mercado laboral. De ahí surgen nuevas y más poderosas organizaciones
sindicales y políticas, que exigen leyes laborales y espacios políticos
democráticos que les posibilitarán la representación y defensa de
sus intereses. Era natural que chocaran sistemáticamente con una
“clase política oligárquica” de terratenientes, rentistas y comerciantes,
para los que tales demandas eran la expresión viva y aterrorizante
de la “revolución comunista” en ciernes. Como era de esperarse,
el único diálogo posible era el entablado a través de la cachiporra,
la caballería y el fusil, deviniendo las más elementales protestas
democráticas en duros y sanguinarios enfrentamientos sociales.
Sobre ese piso social se levantó una pequeña
burguesía ilustrada, ajena a las burocracias políticas de la oligarquía,
que se expresó con cada vez mayor fuerza exigiendo la apertura de
espacios democráticos que hicieran viable su participación en la
administración del estado, llegando incluso a liderar organizaciones
políticas que, abiertamente, cuestionaban el régimen político oligárquico
y el enclave colonial. Con sus luchas lograron representación ocasional
en la Asamblea Nacional.
Una sociedad urbana y plural, con una clase media en
ascenso y expansión, en cuya cúspide se situaba una
fracción ilustrada y modernizadora, asentada sobre la burguesía
industrial en ascenso y un proletariado joven y vigoroso, no podía
menos que luchar denodadamente por liberarse de un régimen
político oligárquico, deslegitimado, que había
dejado de representarla y que la asfixiaba política, social
y económicamente. Se requería de un nuevo régimen
político y nueva legitimidad, fundada en las fuerzas sociales
emergentes, que abriera las puertas a una democracia capaz de incorporarlas
y representarlas.
El golpe militar y la consolidación del torrijismo
El golpe de estado de 1968 vino a resolver, manu militari, previa
expropiación política del régimen de representación
y gobierno oligárquico, la insostenible crisis que atenazaba
a una sociedad preñada de contradicciones. Sin entregar el
gobierno del Estado a las nuevas fuerzas sociales, el torrijismo
materializó la alianza denominada yunta pueblo-gobierno,
que no fue otra cosa que la integrada, inicialmente, con la burguesía
industrial, la pequeña burguesía y los trabajadores.
Con ello, y desde arriba, se dio paso libre a la masificación
de la educación, al financiamiento y protección industrial,
a la regulación modernizadora del mercado de trabajo, al
desarrollo del capitalismo en el agro, al impulso de una nueva forma
de inserción de la burguesía en el mercado mundial
y al inicio de la cancelación de las relaciones contractuales
que permitían la existencia del enclave colonial.
Dicho sea de paso, esa alianza no constituyó obstáculo
para que la burguesía financiera obtuviera grandes beneficios
al amparo de las inversiones descomunales que se hicieron en servicios
públicos y ampliación y modernización de infraestructuras,
además de los incentivos importantísimos que obtuvieron
para posibilitar la sustitución de una vieja y atrasada fracción
de clase oligárquica denominada casateniente,
posibilitando así el surgimiento de un gigantesco mercado
hipotecario de viviendas. La burguesía financiera se expandió
y fortaleció y la burguesía comercial se modernizó.
Bajo la sombra de ese franco y acelerado proceso de modernización
burguesa, se masificó una poderosa clase media, escolarizada
e ilustrada, al extremo que la dirección política
y administrativa del Estado estuvo en sus manos.
El nuevo régimen democrático
Muerto Torrijos, y clausurados por sus sucesores los planes para
traspasar el poder político a las nuevas fuerzas sociales
en presencia, rápidamente el régimen bonapartista
devino en mera dictadura militar, al autonomizarse completamente
la institución armada y dejar de representar a las fuerzas
sociales en las que inicialmente y durante un largo período
se apoyó, y que ahora exigían su representación
directa en el gobierno del Estado. Al ser aplastada la dictadura
por la invasión militar norteamericana, la sociedad surgida
de sus entrañas, aún más compleja y fuerte
por su desarrollo bajo el torrijismo, demandó el establecimiento
del nuevo régimen político que habría de representarla.
Por el contrario, y desaprovechando esa oportunidad histórica,
los gobernantes surgidos después de la invasión no
se atrevieron a convocar a una Asamblea Nacional Constituyente,
que hubiese sentado las bases políticas de esa nueva legitimidad.
¿Las razones? El miedo a ser desbordados por una sociedad
que había realizado las movilizaciones más grandes
en la historia de la República, en lucha por establecer un
nuevo régimen que posibilitara la expresión y representación
directa de sus intereses. Ciertamente, ese nuevo régimen
es muy probable que no hubiese legitimado a los viejos partidos
tradicionales, ni reproducido, calcándolas, las viejas instituciones
políticas, y prueba de ello es que la lucha contra la dictadura
se hizo al margen de esos partidos, apoyándose la sociedad
en organizaciones y dirigentes ajenos a ellos. En esa situación,
la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente representaba
un peligro evidente para el restablecimiento de la vieja burocracia
política, sus partidos e instituciones. Por supuesto, elevaron
a rango constitucional el que la institución armada, ahora
denominada Fuerza Pública, no pudiera jugar el papel de árbitro
sustituto de la vieja burocracia política y sus partidos
en la mediación de los conflictos y contradicciones políticas
y sociales.
Esa enorme estafa política ha durado apenas tres gobiernos.
Hoy se evidencia, con fuerza renovada, el agotamiento del régimen
político, alimentado por las consecuencias desastrosas de
las medidas neoliberales que el actual gobierno preserva. El actual
bipartidismo no representa para nada a las nuevas fuerzas presentes
en el escenario social, y el resto de los partidos saltimbanquis
representan únicamente a sus dueños unipersonales,
que compran cuotas de poder con sus aportes millonarios a uno (o
los dos) grandes partidos hegemónicos, o truecan sus menguados
votos legislativos por un ministerio o dos instituciones estatales.
En el régimen político todavía hoy dominante
pero en abierta crisis, reproductor renovado de las viejas lacras
de la oligarquía, los partidos políticos representan
los intereses de sus propias burocracias enquistadas, ya sea en
el gobierno o la oposición, con el único objetivo
de acumular privativamente del presupuesto del Estado, al margen
de las clases y fracciones de clases de la sociedad.
La burguesía panameña requiere de un aparato estatal
modernizado, capaz de responder a sus crecientes necesidades de
desarrollo orgánico e inserción renovada en el mercado
mundial. No en vano la totalidad de los gremios empresariales se
han convertido en agentes críticos que levantan demandas
imposibles de satisfacer por el actual régimen político,
o piden abiertamente una constituyente controlada, para así
concretar las reformas necesarias para la representación
en el Estado de sus intereses empresariales.
La pequeña burguesía y las capas medias, escolarizadas
como nunca antes en nuestra historia, con acceso a un torrente de
información diaria y constante, inconcebible hace solo veinte
años atrás, son generadores de una opinión
pública poderosa, crítica y exigente. Sometidas a
un proceso de empobrecimiento constante, cuando no al desempleo
y la quiebra, son las principales demandantes de una candidatura
independiente, ajena a los actuales partidos políticos
que ya no los representan, y exigen que se les abran los canales
de participación política necesarios para defender
su interés de ampliar la inversión presupuestaria
en salud, educación y servicios públicos en general,
participando en la elaboración de una política económica
capaz de generar empleos bien remunerados y redistribuir parcialmente
en su beneficio el ingreso nacional.
Los trabajadores y las abigarradas masas de desempleados de las
dos grandes concentraciones urbanas, pugnan por empleo, salud, educación,
vivienda, servicios públicos eficientes y baratos, procurando,
además, garantizarse la permanencia de una de sus conquistas
más preciadas: la Caja de Seguro Social, y hacer escuchar
su voz, interviniendo en la elaboración de una política
económica elaborada y ejecutada en ignorancia de su existencia
y fuerza social.
Todos coinciden, aunque por intereses distintos y hasta enfrentados,
en la necesidad de un cambio político en el país,
abriendo canales de participación política que les
permitan representarse en la conducción del Estado y la sociedad.
Lo que está, pues, en el orden del día del debate
nacional es un necesario proceso constituyente que reorganice el
país sobre bases políticas y sociales que expresen
y recojan las demandas de las nuevas fuerzas presentes en el escenario
social. De dicho proceso, las fuerzas populares deberán salir
fortalecidas, levantando sus demandas y disputando su satisfacción.
Ciertamente, se trata de producir una profunda reforma política,
esencialmente democrática, orientada a establecer un nuevo
régimen político y una nueva legitimidad.
Una burguesía necesitada con urgencia de renovar, modernizándola,
su forma de inserción en el mercado mundial, y que choca
una y otra vez con un régimen político autista y depredador;
una pequeña burguesía y unas capas medias ilustradas,
cuya presencia y peso social en la sociedad no puede seguir siendo
ignorada; un proletariado cronológicamente joven, que desconoce
y rechaza la autoridad de los viejos aparatos políticos y
sindicales, desprestigiados e incapaces por ello de seguirlos reteniendo
y amordazando, pujan con fuerza por desembarazarse de las ataduras
de un régimen político agotado, caduco e inservible
como instrumento para dirimir los conflictos y exigencias de la
sociedad surgida de los grandes cambios y portentosas transformaciones
materiales ocurridas durante los últimos 50 años.
VI- EL DEBATE CONSTITUYENTE
El tema de la obsolescencia de la actual Constitución está
en la calle. Políticos, intelectuales, medios de comunicación
sociales, organizaciones sociales y movimientos políticos,
reflexionan públicamente sobre la conveniencia o inconveniencia
de un cambio constitucional, y sobre todo, y principalmente, sobre
la forma o el proceso que debe seguirse. Muchas son las interrogantes
que surgen y muy pocas se despejan. Veámoslas.
Lo primero que debemos respondernos es si una nueva Constitución
es capaz de resolver los graves problemas que aquejan al país.
Y la respuesta es terminante: ¡ No! No hay Constitución
que por sí misma pueda transformar la realidad y, por lo
tanto, resolver ningún problema. La realidad no la cambian
las leyes ni las constituciones, de la misma forma que las revoluciones
no se hacen por decreto. Por el contrario, es la realidad la que
puede cambiar constituciones, regímenes políticos
y Estados. Las constituciones son la expresión más
o menos deformada de la realidad política y social de una
nación. Y cuando el régimen político constitucionalizado
no se corresponde con la realidad política y social, entonces
el árbol de la crisis está sembrado, y florecerá
cuando la sociedad tome conciencia de esa contradicción,
lo que ocurre, generalmente, a partir de los acontecimientos más
inesperados.
Los que se atrincheran tras el argumento de la imposibilidad de
que una Constituyente pueda resolver los problemas del país,
pierden de vista, por ignorancia o perversión política,
que la Constituyente, más que un hecho jurídico es
un proceso esencialmente político, del que luego devendrá
un conjunto de normas escritas elevadas a rango constitucional.
La Constituyente tiene por único objeto resolver un grave
problema de carácter político: sustituir un régimen
que no se corresponde con la realidad política y social de
una nación. En ese escenario, recae sobre las fuerzas populares
y democráticas levantar su propio programa, proponerlo y
luchar por él en el seno de la sociedad, y defenderlo con
ahínco en la Asamblea Nacional Constituyente.
Otros sectores, mucho más lúcidos políticamente,
plenamente conscientes de la crisis de legitimidad de la que está
mortalmente enfermo el actual régimen político, levantan
el astuto argumento del cambio constitucional controlado, proponiendo
un proceso constituyente que deja en manos de un grupo de
notables la elaboración de un nuevo texto constitucional,
que luego de ser aprobado por la actual Asamblea Nacional, sería
llevado a plebiscito para su aprobación o rechazo por el
pueblo. Los proponentes de esta salida de la crisis olvidan
que el texto constitucional de 1946 fue elaborado por un grupo
de notables para luego ser llevado a debate a una Asamblea
Nacional Constituyente. ¿Qué sentido tendría
un texto constitucional elaborado por un grupo de notables, representantes
de los que cargan en sus espaldas con la responsabilidad de la crisis,
ya sea por omisión o por acción? Y el plebiscito que
proponen, ¿no estaría desvirtuado por la furibunda
campaña publicitaria a favor de su aprobación, realizada
por el actual gobierno y la misma clase política
que hoy está cuestionada? ¿O es que pretenden insinuar
que elaborarían un texto constitucional con el que no estarían
de acuerdo, y por tanto no harían campaña en su favor?
Y por último, ¿aprobaría la vigente Asamblea
Legislativa un texto constitucional que castrara todos y cada uno
de sus vergonzosos privilegios, rompiendo además con el monopolio
político de sus partidos?
Igualmente, ya han surgido voces que, percatándose de la
crisis agónica del régimen, pero temerosas incluso
del resultado del plebiscito, pese a que este sería una
pelea de tigre con mulo amarrado, proponen el recurso de recorrer
el camino seguro de su aprobación, respetando igualmente
el actual marco constitucional, en dos períodos legislativos
distintos. En pocas palabras, proponen que la actual Asamblea Legislativa,
deslegitimada completamente, apruebe el texto constitucional, y
que luego la siguiente, electa bajo las vigentes normas electorales
excluyentes, lo volviera a aprobar. Ambas vías respetan,
efectivamente, el marco de la vigente constitución caduca,
y presuponen el acuerdo de los partidos que hoy monopolizan el poder
político y el escenario electoral. Los mismos que ante la
faz de la nación se aferran desesperadamente a su inmunidad,
a la vergüenza del voto secreto, a las partidas circuitales,
a la inclusión vergonzosa de su parentela en la planilla
legislativa, a la exoneración y posterior venta de decenas
de automóviles, al tráfico escandaloso de influencia,
y un largo etcétera. Son los mismos que ahora nos proponen
que asistamos boquiabiertos al inaudito, sorprendente y público
espectáculo de su harakiri político. Los tiempos de
la patria boba han terminado. Ya no pueden ofrecernos
el puente y el río a la vez, ni sustentar con descaro que
el nepotismo tiene justificación alguna, o que las dádivas,
después de una votación legislativa, deben ser consideradas
como la generosa gratificación de un agradecido beneficiado.
VII- LA ASAMBLEA NACIONAL CONSTITUYENTE
Lo que la sociedad exige es la democratización del actual
régimen político, que por excluyente ha entrado en
crisis agónica. ¿Cómo, entonces, proponer un
proceso esencialmente antidemocrático, que excluye del debate
constituyente a las fuerzas políticas y sociales que lo están
demandando?
La nueva legitimidad solo puede surgir de un gran debate entre todas
las fuerzas políticas y sociales presentes en la sociedad
panameña de hoy, y para ello no hay otro camino que la convocatoria
de una Asamblea Nacional Constituyente, en la que puedan hacerse
representar todos los sectores que hoy demandan, por ejemplo, el
levantamiento de la inmunidad legislativa, recibiendo por respuesta
el desprecio del bloque oficialista; o los que exigen el cumplimiento
de los mandatos de la recién aprobada ley de Hábeas
data, y reciben la callada por respuesta. O los que piden, ya casi
a gritos suplicatorios, que no se cometa la infamia de elevar la
edad de jubilación ni de subirles la cotización porque,
de lo contrario, la recibirán en su lecho de muerte, a causa
de no comer para arrancarse de sus ya míseros bolsillos las
elevadas nuevas cuotas que tendrían que pagar a la Seguridad
Social. O los que piden poner en pie una política económica
que mire hacia el país de los panameños y panameñas,
desbancando de una vez por todas la política económica
neoliberal, ahora ya en crisis en todos los rincones del planeta.
O los que piden el fin de las partidas discrecionales
y el despilfarro insolente de las decenas (¿o son centenas?)
de millones de dólares invertidos por el mal
llamado Fondo de Inversión Social, con exclusivos fines de
clientelismo político. Y los que demandan el debate legítimo
y justificado, cara al pueblo, sobre la necesaria nacionalización
de las empresas privatizadas, que nos prometieron mejor servicio
y tarifas más baratas, y todo ha sido un gigantesco y perverso
engaño.
La Asamblea Nacional Constituyente es el escenario en que los ciudadanos
debatiremos abierta y públicamente las bases de una nueva
legitimidad republicana, y del que saldrá el nuevo texto
constitucional que la regulará. Para avanzar hacia ello solo
se requiere el acuerdo sobre una normativa electoral que posibilite
la participación democrática y sin exclusiones en
las elecciones constituyentes.
En la actual crisis de legitimidad, las fuerzas populares y democráticas
deben de estar en la primera fila de los luchadores por lograr ese
acuerdo sobre una normativa electoral democrática, para así
llevar a la Asamblea Nacional Constituyente un programa que recoja
las demandas de la mayoría social. No es el momento de esbozar
ese programa completo, pero sí podemos señalar, a
vía de ejemplo, algunos de sus ejes fundamentales:
Reforma integral de la Asamblea Legislativa, acabando con
los odiosos privilegios de astronómicos salarios, canonjías,
partidas circuitales, inmunidades y votos secretos, además
de con los largos meses de ociosidad de los honorables legisladores.
A este cuerpo legislativo se le deben ampliar y fortalecer sus funciones
fiscalizadoras y de control. Su composición debe ser más
representativa de la sociedad, instituyéndose la revocatoria
de mandato por sus electores, y eliminando, además, los superfluos
suplentes. Debe aplicárseles el principio de no reelección
inmediata.
Reforma Integral del Órgano Judicial, instituyendo
una carrera judicial profesionalizada, con plena estabilidad y graves
penas para la prevaricación. A los magistrados de la Corte
Suprema debe acortárseles su período y su elección
debe democratizarse, exigiéndoseles requisitos de profesionalidad.
Deberá ponerse en pie un Consejo del Poder Judicial, facultado
para nombrar jueces y juzgarlos. El incumplimiento de los términos
procesales debe ser penado.
Reforma integral de las normativas electorales, posibilitando
las candidaturas independientes y la inscripción de partidos
políticos, cuyas autoridades y candidatos a puestos de elección
deben surgir de procesos internos auténticamente democráticos,
rompiendo así con el monopolio de la representación
en la vida política. La facultad de referéndum debe
poderse ejercitar sobre todos los asuntos que afecten la soberanía
y seguridad nacional, los servicios y la propiedad pública.
Debe poderse ejercer tanto sobre asuntos nacionales como municipales.
Creación de la carrera del funcionario público
y una ley general de salarios, que libere a los funcionarios de
la tiranía del poder político partidista, les dé
estabilidad y capacitación permanente, estableciendo que
su ingreso a la misma será por méritos y concurso
público. Los salarios que pagamos los contribuyentes a los
funcionarios deben ser públicos y razonables, haciéndose
valer el principio de a igual trabajo igual salario.
Autonomía efectiva y completa a la Caja de Seguro Social,
democratizando la elección de sus autoridades y garantizando
su existencia como entidad pública y solidaria.
La salud pública y la educación deben ser despolitizadas,
sustrayéndolas de la injerencia política del Órgano
Ejecutivo, acabando con las odiosas ternas, para lo
cual se crearían órganos de dirección autónomos,
democráticos y profesionales.
La transparencia y el rendimiento obligado de cuentas a la
sociedad debe garantizarse mediante leyes que introduzcan penalizaciones
inmediatas a su incumplimiento.
El referéndum que se convoque para la aprobación
de la nueva Constitución, llevará ante el soberano
un texto de mayoría y uno de minoría, para garantizar
así una decisión verdaderamente democrática.
Normas básicas como estas, hoy exigidas por la inmensa mayoría
del pueblo, deben ser llevadas y defendidas, como mandato, por los
representantes electos del movimiento popular y democrático
en la Asamblea Nacional Constituyente.
VIII- LAS REIVINDICACIONES DE LA COYUNTURA
Las consignas movilizadoras que en esta coyuntura debe levantar
como suyas el movimiento popular, están siendo expresadas
por la opinión pública mayoritaria. Estas deben ser
defendidas en todos los foros y movilizaciones, intentando que todas
las organizaciones sindicales, gremiales, profesionales, estudiantiles,
institucionales, etc., tomen posiciones respecto a las mismas.
1. Levantamiento colectivo de la inmunidad legislativa, renuncia
de los magistrados cuestionados, suspensión de la entrada
en vigor del contrato del CEMIS, juicio y castigo a los culpables
de soborno, vigencia inmediata de la ley de Hábeas data,
defensa del Fondo Fiduciario y paralización de la suspensión
del servicio de agua, a los sectores populares, por falta de pago.
Este conjunto de reivindicaciones están hoy unidas en la
conciencia del pueblo. Todos las sienten como suyas, y solo el movimiento
popular puede defenderlas e impulsarlas coherente y consistentemente.
Todas ellas responden a necesidades sentidas como inmediatas, y
de ahí su carácter movilizador.
2. La utilización del Fondo Fiduciario debe ser llevada a
referéndum nacional.
Efectivamente, ¿cómo permitir que una Asamblea Nacional,
deslegitimada por corrupta y desobediente del mandato soberano de
que se levanten la inmunidad, decida la utilización que debe
dársele al ahorro histórico de todos los panameños?
Si lo intentan, habrá que demandar a los legisladores que
renuncien de inmediato a sus curules. Hay que exigir la realización
de un referéndum con dos propuestas, a fin de que el pueblo
decida democráticamente el destino de sus dineros.
3. ¡Elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente, ya!
Esta es la consigna central que articula todas las demás
y que permitiría salir de la crisis que mantiene empantanado
al país. Por supuesto, el pacto electoral que proponemos,
así como el necesariamente consensuado organismo que la convocaría,
será acusado de romper el marco de la actual constitución,
pero, como ya hemos explicado, nos encontramos ante un problema
esencialmente político y no jurídico, que atañe
exclusivamente al soberano.
En esta lucha se abren para el movimiento popular y democrático
posibilidades inéditas y extraordinarias de poner en pie
una organización política capaz de jugar un papel
histórico, superior incluso al intento realizado en su momento
por el Frente Patriótico Nacional.
DOCENTES POR UNA ASAMBLEA NACIONAL CONSTITUYENTE
(Firman) Miguel Ángel Candanedo, Nelva Reyes, Celestino Andrés
Araúz, Gladys F. de González, Pedro Pineda, Anel González,
Marco A. Gandásegui, José A. Maturín, Simeón
González, Julio Arosemena, Manuela Foster, Luis López,
Francisco Castañeda.
Panamá, República de Panamá, a los dieciocho
días del mes de marzo del año dos mil dos.
Gran foro sobre la Asamblea Nacional Constituyente, el 11 de abril
a las 6:pm. en el Paraninfo Universitario
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