Acoso moral
El maltrato psicológico
en el trabajo mina el estado anímico de unas víctimas que se encuentran
totalmente desprotegidas
Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Ya tiene nombre. Al acoso no sexual que se da sobre todo en el ámbito
laboral ya se le ha adjudicado un término. Sin duda las múltiples
quejas y el profundo malestar de miles de trabajadores de todas
partes del mundo no podía pasar más tiempo sin un lugar reconocido
por los especialistas de la salud y con un nombre propio. Y es que
a partir de ahora se conocerá como mobbing esa situación con la
que tiene que convivir una persona cuyo jefe o incluso algún compañero
le hace la vida imposible.
Obviamente esto de nuevo no tiene nada. La
rivalidad, los abusos de poder y el ambiente tenso suelen formar
parte del día a día de muchas empresas desde que estas vieron la
luz. Y las víctimas de ello —casi siempre profesionales interesados
en hacer bien su trabajo y con un sentido de la ética y el deber
del que la mayoría carece— vienen desde hace tiempo sufriendo en
silencio una opresión que a veces ni comunican por el temor a sentirse
incomprendidos.
Porque, ¿cómo se puede explicar, sin parecer
exagerado, que un compañero de trabajo te acosa sin utilizar fuerza
física ni comentarios sexualmente morbosos? ¿Cómo comprobar, sin
evidencia ninguna, que el comportamiento de un jefe que ante los
ojos de los demás parece una persona intachable, hace de la jornada
laboral un suplicio? Es muy difícil, por no decir imposible. Si
ya el maltrato psicológico de alguno de los cónyuges produce estragos
no visibles y que por lo tanto dejan indefenso a la víctima, qué
decir de las agresiones morales en el trabajo. Además, mientras
que la esposa o el esposo (una vez que dejan de culpabilizarse y
logran romper sus cadenas emocionales con sus verdugos) tienen la
opción de la separación y con ello la posibilidad de terminar con
el acoso, el trabajador lo tiene más difícil.
Con unos gastos que pesan sobre sus espaldas
(letra del carro, de la casa, cuentas de luz, teléfono y demás)
y varias bocas que alimentar, el empleado no puede darse el lujo
de divorciarse de su jefe y apuntarse a la lista del desempleo.
Pareciera preferible tener que aguantar con tal de preservar el
puesto. Y más aun si el acoso no viene ya de puestos superiores
al de uno, sino de algún compañero que está en la misma jerarquía
de poder.
El ‘mobbing’
Soportar y soportar pareciera ser entonces
lo único que le queda al que tiene que escuchar a diario críticas
injustificadas sobre su labor y comentarios malintencionados. Y
a veces de una forma tan sutil que sólo la víctima se percata, situación
a su vez que le crea más sentimientos de indefensión e impotencia.
Esto sin mencionar otras manifestaciones más descaradas, como las
asignaciones arbitrarias, el trabajo desmesurado que le es encomendado,
las declaraciones calumniosas y las amenazas de despido.
Así las cosas, psicólogos y psiquiatras se
han mostrado muy interesados en el tema reconociendo que el asunto
es muy serio; el hecho de que se le haya otorgado un término a todo
este fenómeno es muestra de ello. Pero no era para menos. Las consecuencias
de este nuevo tipo de acoso en el trabajo (novedad, repito, en cuanto
al nombre porque maltrato moral lo ha habido siempre) merecen la
misma atención que las derivadas de muchas patologías.
Y para muestra un botón: Mario, de 46 años,
no puede más. Tiene molestias gástricas, náuseas, sensación de opresión
en el pecho y duerme mal de noche. Su jefe lo ridiculiza, le echa
para atrás sus proyectos y nunca reconoce su esfuerzo ni sus méritos.
Rebelarse es la salida que su ego le exige, pero el pago de la colegiatura
de sus hijos frustra su anhelo de mandar al trabajo y al jefe a
donde se merecen.
Cristina, con 23, corre suerte parecida.
Pero a ella la vida se la hace imposible nada más y nada menos que
un compañero que se sienta a su lado. A cada rato le da a entender
que sus logros se los debe a esas piernas y no a su cerebro, le
propicia comentarios humillantes y la desprestigia —como quien no
quiere la cosa— ante el jefe. Como Mario empieza a mostrar síntomas
de un trastorno psicosomático e incluso una depresión incipiente.
Pero renunciar a un trabajo que tanto le ha costado conseguir y
que además le gusta, tampoco es para ella la solución. Al menos
no la más justa.
Mal tener que abandonar y mal tener que aguantar.
Hablar de justicia pareciera entonces una quimera. Y salvo en Francia,
donde ya se ha estipulado el acoso moral como un delito (penalizado
con una multa de hasta 20 mil dólares y un año de prisión) en el
resto del planeta hay un vacío legal en torno al tema. Cosa que
no me extraña. Así, al igual que la mujer maltratada lo tiene muy
difícil para obtener protección (porque las amenazas no son suficientes
para un juzgado de guardia), un trabajador víctima del mobbing está
totalmente desprotegido.
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