Panamá, 19 de marzo de 2002
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Acoso moral

El maltrato psicológico en el trabajo mina el estado anímico de unas víctimas que se encuentran totalmente desprotegidas

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Ya tiene nombre. Al acoso no sexual que se da sobre todo en el ámbito laboral ya se le ha adjudicado un término. Sin duda las múltiples quejas y el profundo malestar de miles de trabajadores de todas partes del mundo no podía pasar más tiempo sin un lugar reconocido por los especialistas de la salud y con un nombre propio. Y es que a partir de ahora se conocerá como mobbing esa situación con la que tiene que convivir una persona cuyo jefe o incluso algún compañero le hace la vida imposible.

Obviamente esto de nuevo no tiene nada. La rivalidad, los abusos de poder y el ambiente tenso suelen formar parte del día a día de muchas empresas desde que estas vieron la luz. Y las víctimas de ello —casi siempre profesionales interesados en hacer bien su trabajo y con un sentido de la ética y el deber del que la mayoría carece— vienen desde hace tiempo sufriendo en silencio una opresión que a veces ni comunican por el temor a sentirse incomprendidos.

Porque, ¿cómo se puede explicar, sin parecer exagerado, que un compañero de trabajo te acosa sin utilizar fuerza física ni comentarios sexualmente morbosos? ¿Cómo comprobar, sin evidencia ninguna, que el comportamiento de un jefe que ante los ojos de los demás parece una persona intachable, hace de la jornada laboral un suplicio? Es muy difícil, por no decir imposible. Si ya el maltrato psicológico de alguno de los cónyuges produce estragos no visibles y que por lo tanto dejan indefenso a la víctima, qué decir de las agresiones morales en el trabajo. Además, mientras que la esposa o el esposo (una vez que dejan de culpabilizarse y logran romper sus cadenas emocionales con sus verdugos) tienen la opción de la separación y con ello la posibilidad de terminar con el acoso, el trabajador lo tiene más difícil.

Con unos gastos que pesan sobre sus espaldas (letra del carro, de la casa, cuentas de luz, teléfono y demás) y varias bocas que alimentar, el empleado no puede darse el lujo de divorciarse de su jefe y apuntarse a la lista del desempleo. Pareciera preferible tener que aguantar con tal de preservar el puesto. Y más aun si el acoso no viene ya de puestos superiores al de uno, sino de algún compañero que está en la misma jerarquía de poder.

El ‘mobbing’

Soportar y soportar pareciera ser entonces lo único que le queda al que tiene que escuchar a diario críticas injustificadas sobre su labor y comentarios malintencionados. Y a veces de una forma tan sutil que sólo la víctima se percata, situación a su vez que le crea más sentimientos de indefensión e impotencia. Esto sin mencionar otras manifestaciones más descaradas, como las asignaciones arbitrarias, el trabajo desmesurado que le es encomendado, las declaraciones calumniosas y las amenazas de despido.

Así las cosas, psicólogos y psiquiatras se han mostrado muy interesados en el tema reconociendo que el asunto es muy serio; el hecho de que se le haya otorgado un término a todo este fenómeno es muestra de ello. Pero no era para menos. Las consecuencias de este nuevo tipo de acoso en el trabajo (novedad, repito, en cuanto al nombre porque maltrato moral lo ha habido siempre) merecen la misma atención que las derivadas de muchas patologías.

Y para muestra un botón: Mario, de 46 años, no puede más. Tiene molestias gástricas, náuseas, sensación de opresión en el pecho y duerme mal de noche. Su jefe lo ridiculiza, le echa para atrás sus proyectos y nunca reconoce su esfuerzo ni sus méritos. Rebelarse es la salida que su ego le exige, pero el pago de la colegiatura de sus hijos frustra su anhelo de mandar al trabajo y al jefe a donde se merecen.

Cristina, con 23, corre suerte parecida. Pero a ella la vida se la hace imposible nada más y nada menos que un compañero que se sienta a su lado. A cada rato le da a entender que sus logros se los debe a esas piernas y no a su cerebro, le propicia comentarios humillantes y la desprestigia —como quien no quiere la cosa— ante el jefe. Como Mario empieza a mostrar síntomas de un trastorno psicosomático e incluso una depresión incipiente. Pero renunciar a un trabajo que tanto le ha costado conseguir y que además le gusta, tampoco es para ella la solución. Al menos no la más justa.

Mal tener que abandonar y mal tener que aguantar. Hablar de justicia pareciera entonces una quimera. Y salvo en Francia, donde ya se ha estipulado el acoso moral como un delito (penalizado con una multa de hasta 20 mil dólares y un año de prisión) en el resto del planeta hay un vacío legal en torno al tema. Cosa que no me extraña. Así, al igual que la mujer maltratada lo tiene muy difícil para obtener protección (porque las amenazas no son suficientes para un juzgado de guardia), un trabajador víctima del mobbing está totalmente desprotegido.


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