El buen docente
Wendy Tribaldos
wtribaldos@prensa.com
La semana pasada iniciamos un perfil del buen maestro, que concluimos
con esta edición de Edutips:
El buen maestro:
Emplea una combinación de métodos de enseñanza
para acomodar los estilos de aprendizaje de sus estudiantes. Implica
presentar el material en diversos ángulos para facilitar conexiones
y aplicaciones de lo que se aprende. Un buen maestro conoce y aplica
combinaciones como, oratoria-discusión, simulaciones, aprendizaje
cooperativo, medios visuales/auditivos/prácticos, invitados especiales,
dramatizaciones, debates, y similares. Jamás usa sólo uno o dos
métodos únicamente.
Es un buen actor. Uno de mis mejores maestros
de universidad me dijo una vez que enseñar consistía en 1/3 conocer
el material, y 2/3 saberlo presentar de forma entretenida. El buen
maestro tiene vena de actor; entre otras cosas, debe modular con
voz clara y a buen volumen y saber dramatizar las cosas en su momento.
Tiene un gran sentido de humor. Un docente
efectivo sabe reír con sus estudiantes y utiliza el humor para fomentar
el aprendizaje, nunca para alejarse de él o peor aún, para burlarse
o ser cínico de sus estudiantes y del mundo en general. El maestro
sombrío, que apenas sonríe y tiene expresión de pesadilla andante
no pertenece a la categoría de buen maestro.
Sirve de guía para sus estudiantes. No los
deja fracasar (no hablo de notas, sino en empeño) ni les ofrece
ayuda prematura, sino más bien les permite a sus estudiantes aprender
de sus errores y también ser dueños de su propio éxito. Un buen
docente-guía regresa el trabajo de sus estudiantes con rapidez y
con comentarios constructivos y está dispuesto a ofrecer su asistencia
cuando se le necesita.
Mantiene un clima de seguridad intelectual.
Esto es, permite que se aireen ideas opuestas sin miedo a la censura
o a la retribución, tanto del propio maestro como de los demás estudiantes.
Este maestro permite las opiniones sin olvidar distinguirlas con
claridad de lo que es un hecho real.
Es un colaborador. No sólo de sus estudiantes,
sino también de sus propios compañeros de trabajo. Comparte ideas
y materiales con otros docentes, pide a los padres que se involucren
y pide ayuda a sus compañeros cuando tiene un problema.
Enseña con el ejemplo. ¿Quiere que sus estudiantes
muestren curiosidad por su materia? ¿Qué sean honestos? El buen
maestro sabe que, de aceptar y modelar actitudes negativas, sus
estudiantes tendrán la mejor excusa para aplicarlas ellos mismos.
Enseña el valor de preguntar. Preguntar no
la típica pregunta memorística, sino la que provoca el pensamiento
y la creatividad. Y permite que sus estudiantes pregunten a su vez,
sin miedo a escuchar un “qué pregunta más tonta”, o “esto debías
haberlo aprendido antes”.
Motiva a sus estudiantes positivamente, incorporando
la mayor cantidad de motivadores que le sean posibles en el aula.
Eso sí, motivadores positivos y no la motivación provocada por miedo
al ridículo, al sacar notas bajas y otras similares tipo castigo.
Dice y aplica. Hasta las cosas tan concretas
como enseñar que 1 + 1 es 2 se hacen abstractamente en demasiadas
escuelas panameñas. Por otro lado, el buen maestro enseña un lápiz,
lo coloca al lado de otro, y le dice a los niños “un lápiz más otro
lápiz hacen dos lápices”. Las demostraciones prácticas relacionan
los conceptos abstractos con situaciones concretas que ayudan a
cimentar el conocimento firmemente en las mentes de los estudiantes.
Hace ejercicios válidos. El buen maestro
hace exámenes y ejercicios pensando en el material básico, lo más
importante, lo que quiere que sus estudiantes recuerden a largo
plazo. No los hace pensando en ponérselas difíciles a los estudiantes,
con trabas y preguntas eternas de contestar. Tampoco hace ejercicios
tontos, demasiado fáciles para la mayoría de sus alumnos.
El maestro eficiente busca un punto medio,
un balance; trata de incluir además, por lo menos una pregunta que
diferencie a los estudiantes que piensan de verdad, del resto del
grupo. ¡Esta es la verdadera diferencia entre un 5.0 y un 4.5! Por
cierto, el buen maestro usa las notas como una herramienta para
medir cuánto han aprendido sus estudiantes, y no como un instrumento
de reconocimiento y/o castigo.
No duda en disciplinar cuando la ocasión
lo amerita, pero lo hace callada y dignamente. No ridiculiza a los
estudiantes o es cruel con ellos. Además, no pierde su autocontrol.
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