Padres de la patria o ‘camaleonis panamensis’
Con mi voto no cuentan ni con el de miles de panameños que queremos un país próspero en el que vivan nuestros hijos, nietos, bisnietos, tataranietos
Anel González
anelpsi@hotmail.com
Cuando le llegó la hora a Noriega, murió el líder de los ladrones y narcotraficantes del poder y la muerte, al menos en términos de la superestructura montada para tal efecto. El dolor, la frustración, el miedo y la impotencia invadieron a sus seguidores. Los más astutos se refugiaron, hasta que el nuevo régimen mostrara celajes de compasión y les abriera la puerta de regreso a casa. Otros volaron fuera del país cuando atisbaron que la Casa Blanca se aprestaba a probar algunas sofisticadas armas. Unos volaron allende los mares para ponerse a buen recaudo.
Quienes dieron muestras de valor y patriotismo pasaron días de terror y desesperación en las celdas de la democracia. Sus convicciones soberanas no fueron amilanadas por los estallidos de las bombas ni por el estado de sitio montado tras la invasión. Su estoicismo y amor a la patria les aseguró su libertad, al pasar los años. Pero para los heraldos de la muerte, no hubo ni parece que habrá una ley del perdón o del punto final como lo hubo en Chile y Argentina. A quienes el despecho ciudadano les acompaña, desde entonces, están condenados al ostracismo social y político porque sus vínculos con los salvajes crímenes de la dictadura, son en verdad imperdonables, al menos por nosotros los humanos.
Ahora en el alba del milenio, nos hemos dado cuenta de que, al holocausto de la invasión del 89, y a la pesquisa de la democracia de los 90 sobrevivió un espécimen no identificado. Su habilidad sociopática y rasputínica inteligencia, le ha abierto un espacio para maniobrar y lo ha dotado de una maquiavélica habilidad para reírse de sí mismo y de todos los ciudadanos íntegros del país. Vaya que esta clase de camaleones (que me perdonen éstos) no han sido clasificados ni por Linneo ni por Darwin, y tampoco aparecen en la taxonomía de Von Humbolt, ni ha sido identificado por el más pintado de los naturalistas panameños. Yo lo denominaría camaleonis panamensis. Este se caracteriza, entre otros rasgos, por mutar de manera rápida e intempestiva de verde oliva a rojo-azul y blanco; de amarillo y morado a verde-blanco, de verde- blanco a azul y de rojo-azul y blanco a morado, no faltándole recursos para saltar de una tolda a la otra. Y aunque se deriva por línea directa del verde olivo, ha encontrado la fórmula para evitar que lo percibamos de ese color, o por lo menos abriga esa pretensión. Cuando estaba en las buenas hasta lucía botas que le hacían semejarse más al perfil de los pitufos o del militar, que al escuchar el primer disparo, en aquel infausto diciembre, voló sobre el muro de la Nunciatura.
¡Este personaje de mil colores, acaso podría ser de nuestra confianza¡ Lo que más enardece nuestro ánimo, es que se ríe sin carcajadas. En su fuero interno sabe que en las próximas elecciones le volveremos a dar el voto para que con sus payasadas financiadas por consorcios, nos muestre lo mejor de su camaleónica conciencia. El día antes de las elecciones lo veremos arrodillarse ante el santo más taquillero y confesarse con el cura; al día siguiente viajará fuera del país a descansar de su agobiadora campaña y al tercer día, ya descansado, no le importará que lo despellejen públicamente por habérsele descubierto un maletín donde guarda los cuaras con los que vendió al mismo cura que lo confesó.
Esta clase de especímenes asesta diariamente, aquí y acullá, mortales heridas a la institucionalidad democrática. Su conducta ha hundido al país en una crisis social, económica y moral de la cual no es tan fácil salir o que al momento no percibimos la vía de escape. El capital inversionista huye raudamente ante los escándalos que todos los días emergen a la luz pública, quizás, debido en parte, a que también como pueblo nos hemos hecho cómplices en que esta variedad de camaleones, de factura casera, se siga reproduciendo, cada cinco años en el mes de mayo.
Termino con un segmento de Los motivos del lobo del gran Rubén Darío, que literalmente dice: “Y su risa fue como agua hirviente y entre mis entrañas revivió la fiera de repente”. Abrigo la esperanza, como muchísimos panameños, que en mayo del 2004, estos tristes y mal actuados episodios de la serie “Corrupción made in Panamá” no vuelvan a editarse y que liquidemos para siempre a esta especie de mutantes, que tanto daño le están ocasionando a las presentes y futuras generaciones. Estén seguros de que con mi voto no cuentan ni con el de miles de panameños que queremos un país próspero en el cual vivan nuestros hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y chorros de manera digna y honrosa.
El autor es psicólogo industrial y docente universitario
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