La corrupta victoria de Mugabe
Zimbabwe, en alguna época
exportador de granos, requiere actualmente de importaciones para
alimentarse a sí mismo
Robert Mugabe ha asegurado la reelección
como presidente de Zimbabwe, pero la votación estuvo manchada, y
el resultado presagia seis años más de un régimen corrupto y decrépito.
Sudáfrica, el vecino de Zimbabwe, necesita persuadirlo de que permita
una transición hacia la plena democracia.
Con algunas excepciones, los países africanos
al parecer están determinados a legitimizar los resultados. Una
delegación de Namibia los calificó de “muy, muy cerrados, sin espacio
para manipularlos”. Es casi como si esta delegación hubiera estado
en un país diferente con respecto a los integrantes de una delegación
noruega, la cual dijo que las elecciones de Zimbabwe no siguieron
procedimientos democráticos.
Una opinión benévola sobre la evaluación
de los namibianos es que no pasaron suficiente tiempo en Zimbabwe
para observar el acoso sobre mítines de la oposición, la interferencia
de leyes electorales, y otros obstáculos que Mugabe colocó en el
camino de una contienda justa. Quizás los observadores se desviaron
por la estatura de Mugabe como el libertador de este país hace 22
años. Los namibianos pudieran también haber tenido una razón política
para mostrar su simpatía, ya que su presidente, Sam Nujoma, se alió
voluntariamente con Mugabe en una intervención armada al Congo.
Namibia y otros países africanos que se apresuraron
a felicitar a Mugabe por su victoria están en peligro de repetir
el error de Estados Unidos al impulsar a Mobutu Sese Seko, el dictador
congolés, hasta que arruinó a su país. Fue reemplazado por Laurent
Kabila, otro tirano, quien fue respaldado por Mugabe y Nujoma para
profundizar sus ambiciones geopolíticas.
La economía de Zimbabwe está en crisis, con
un desempleo del 60% y una inflación de 112%. Un colapso económico
de mayor envergadura seguramente afectará a Sudáfrica.
Jacob Zuma, el vicepresidente de Sudáfrica,
visitó Mugabe la semana pasada para aprobar la legitimidad de los
comicios. El presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, se ha abstenido
de verter comentarios. Como el mandatario de la nación africana
más influyente, necesita tomar las decisiones que impedirán ver
a Zimbabwe convertida en una dictadura o desintegrándose en un caos
similar al del Congo.
Mbeki tiene que asegurarse de que Mugabe
no vea las elecciones como un mandato para arrebatar más poder.
El pasado viernes, Mugabe aprobó una ley enfocada a restringir la
cobertura de reporteros extranjeros. La población de Zimbabwe aún
apoya una prensa animada y una fuerte oposición en el Parlamento,
y ambos deben ser mantenidos por la verdadera democracia.
Asimismo, Mbeki debería alentar al septuagenario
Mugabe –de 78 años– a retirarse antes de que concluya su mandato.
Países de Occidente pueden ayudar con la promesa a Mugabe de un
libre paso a cualquier lugar que desee, siempre y cuando salga del
país antes de que quede arruinado y no trate de elegir personalmente
a su sucesor.
Zimbabwe, en alguna época exportador de granos,
requiere actualmente de importaciones para alimentarse a sí mismo.
Estados Unidos necesita ser generoso con la comida. Es una responsabilidad
africana, sin embargo, asegurarse de que el caos que aflige a buena
parte del continente no se trague a los 13 millones de zimbabwenses.
The New York Times News Service
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