Panamá, 18 de marzo de 2002
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Choque generacional en medicina

A todos, irremediablemente, nos llegará la hora de la decadencia biológica y habrá que estar preparado para ese momento

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

El choque laboral y profesional que ocurre entre individuos pertenecientes a diferentes generaciones es, sin duda, un problema que acontece en trabajos de toda índole, sean estos públicos o privados. Debido a que representa un acontecimiento previsible y lógico, resulta imprescindible que toda institución o empresa se anticipe y se prepare continuamente para minimizar su potencialmente funesta consecuencia. Por mi afinidad formativa, me voy a circunscribir a relatar el constante enfrentamiento generacional que acontece en el campo de la medicina, tanto en el ambiente hospitalario como en el universitario.

Desafortunadamente, nuestras instituciones médicas carecen de una política definida que favorezca la sucesión generacional sin menoscabar la integridad intelectual del veterano. Es así como en los hospitales del país y en la Facultad de Medicina (a menos que la corrupta política se inmiscuya) los puestos jerárquicos son patrimonio de los médicos de mayor antigüedad, usualmente hasta que estos decidan jubilarse o hasta que una enfermedad repentina perturbe su intelecto e independencia. El resultado de esta perpetuación en las posiciones de mando es que la modernización de nuestras instituciones no se logra al ritmo que dicta el progreso y el avance del conocimiento. Además, esto trae consigo la desesperación y frustración del galeno joven que busca una oportunidad, que nunca llega, para ejecutar sus noveles ideas, generadas en su reciente y sólida formación profesional.

La super-especialización académica y la mayor oportunidad de tener acceso a una formación más competitiva debido a la globalización, el avance de la tecnología y los adelantos en comunicación, han contribuido a que la dinámica del trabajo actual adquiera un ritmo mucho más acelerado que antes, lo que repercute directamente en las estructuras jerárquicas y en la calidad de las relaciones internas entre los funcionarios de cada institución. Los veteranos, quienes generalmente sustentan su carrera por su vasta experiencia, ven amenazados sus puestos ante el arribo de jóvenes profesionales con excelente formación académica. La conducta típica, producto de un mecanismo de defensa, es menospreciar al joven tildándolo de inexperto o, haciendo gala del misoneísmo propio de la edad, calificar de rebeldes y peligrosos los cambios sugeridos. En ausencia de una política de sucesión clara, al final sobreviene una crisis de liderazgo cuando el veterano decide abandonar su mando y a nadie se le ha preparado para el relevo.

La solución a este grave problema descansa en incorporar constantemente individuos a la institución, capacitarlos en la eventual sucesión y renovar las posiciones jerárquicas a corto y mediano plazo, dependiendo del poder de ejecución y éxitos logrados por una jefatura sometida a un análisis meticuloso periódico. Para evitar la depresión y el rencor por el desplazamiento, el médico longevo debe tener un proyecto personal que vaya más allá de lo estrictamente laboral y académico. Tampoco se trata de necesariamente despedirlo del trabajo, especialmente si esta persona permanece intelectualmente intacta y razonablemente útil (de hecho, yo conozco a prestigiosos profesionales de edad avanzada que todavía exhiben insuperables habilidades mentales). Es menester que se designen posiciones consultoras o asesoras para que el veterano pueda aportar su tremenda experiencia a los más jóvenes, sin interferir con la ejecución de cambios o modificaciones a las tradiciones laborales. De esta manera, nuestros maestros serán ejemplos imperecederos, dignos de emular por todos los alumnos.

Resulta triste observar en nuestras instituciones académicas, la falta de respeto y las constantes diatribas que acontecen entre las nuevas generaciones de profesionales y los médicos seniles a la cabeza de jefaturas hospitalarias, o entre los jóvenes estudiantes de medicina y los catedráticos añosos. Deprime pensar que nuestros profesores y médicos de ejemplar trayectoria y amplios logros curriculares se conviertan con el paso del tiempo en estorbo y en el blanco de burlas y críticas intelectuales de jóvenes que no conocieron sus años gloriosos y productivos. Es el sistema y la falta de previsión lo que origina este cruel enfrentamiento. Una asombrosa analogía la podemos observar, por ejemplo, en el boxeo. Cuando aquel formidable boxeador sobrepasa la barrera de los años, los gladiadores jóvenes le faltan al respeto, lo golpean sin misericordia y denigran su reputación. El boxeador, al igual que el catedrático, debe saber cuándo retirarse o ceder su posición jerárquica a los que impetuosamente, pero con créditos, buscan escalar la cima.

A todos, irremediablemente, nos llegará la hora de la decadencia biológica y habrá que estar preparado para ese momento. Lo que no debemos permitir es que la actitud conmovedora y el sentimentalismo hacia nuestros queridos maestros interfieran con la escalada progresista de toda la colectividad restante. Es hora de que nuestras instituciones médicas piensen en estructurar una política de sucesión acorde con los vertiginosos cambios y adelantos que suceden en la actualidad. Sólo así nos subiremos al tren del desarrollo científico y tecnológico. De lo contrario, estaremos destinados al fracaso, a la parsimonia laboral, al estancamiento profesional y a la anquilosis académica, factores que contribuyen a ampliar aún más la brecha entre el mundo desarrollado y el que a nosotros nos agobia.

El autor es médico

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