Panamá, 15 de marzo de 2002
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Parte de nuestras vidas murió con las torres

“Vimos morir a amigos, compañeros de trabajo, abogados, profesionales de muchas ramas en medio del horror de las llamas”

Nubia Aparicio S.
naparicio@prensa.com

Las torres gemelas en llamas, luego de los atentados suicidas ocurridos el 11 de septiembre.

Ambos se creían muertos, después de que un avión con pasajeros se estrelló intencionalmente contra la torre gemela No.1, el pasado 11 de septiembre.

Arturo y Carmen Griffith, una pareja de casados que laboraba en ese edificio, se enteró de que uno y otra estaban vivos, luego de tres días de llanto y desesperación.

Cuando ocurrió el fatídico hecho, ella estaba en el piso No.78, y él en el No.15.

Pareciera que cada ser humano está signado por el destino. Eso lo podemos decir, “mi esposo y yo que fuimos protagonistas de la hecatombe del 1 de septiembre del 2001”, expresa Carmen.

Como todos los días, Arturo y Carmen, quienes tenían 25 y 21 años, respectivamente, de trabajar en la torre gemela No.1, llegaron a las 6:00 de la mañana a sus labores habituales.

De pronto sintieron el impacto infernal de los misiles aéreos. “¿Cómo nos salvamos?, yo creo que se trató de un doble milagro. Porque vimos morir a amigos, compañeros de trabajo, abogados, profesionales de muchas ramas en medio del horror de las llamas”, recuerda Carmen.

También vieron a los que se lanzaban desde las torres en un acto de desesperación suicida “que no podríamos describir”.

Si ver este infierno por televisión horroriza, ¿qué podemos decir nosotros que estábamos inmersos en la tragedia que ha cambiado la historia del mundo?, pregunta Carmen.

Desde entonces, también el concepto de la vida para Arturo, un panameño, y Carmen, de origen puertorriqueño, ha cambiado. Ahora se sienten más solidarios con sus semejantes, son más humanos, porque, según dijeron, han aprendido que “hoy estamos aquí y más tarde puede que no estemos en este mundo”.

Ellos sienten que esas llamas también quemaron parte de su existencia porque, desde entonces, algo indefinido les falta... “no somos los mismos y nunca volveremos a ser como éramos”, indica Arturo.

¡Por qué el edificio se está quemando!

Carmen estaba en el piso No.78. En ese momento se dedicaba a trasladar a personas en uno de los elevadores hasta los pisos 106 y 107, que era donde quedaba el restaurante Windows.

“Ahora nuestro amor es mucho más intenso que antes del 11 de septiembre”, asegura Arturo, quien aparece aquí con Carmen y Terrence.

Todos los días Carmen llegaba a las 6:00 de la mañana a su trabajo, encendía las luces de las escaleras eléctricas, ponía a funcionar los elevadores (que eran 99) y luego se dedicaba a monitorear a través de un panel el funcionamiento de éstos. Si había algún problema, ella se encargaba de resolverlo, llamaba a mantenimiento y a las personas indicadas para notificarles de los problemas, y tenía que asegurarse de que todo quedara bien. Algunas veces llevaba a los turistas por los elevadores a los diferentes pisos del edificio.

Esa mañana “había muchas personas en el piso 78 que iban para el restaurante y yo les dije vengan, los llevo”, relata Carmen.

“Se introdujeron alrededor de 20 personas en el elevador. Cerré la puerta y de momento escuchamos un estruendo. Nadie tenía idea de que era un avión que había impactado el edificio... la puerta del elevador medio que se abrió como resultado del choque y yo empecé a halarla con todas mis fuerzas; logré abrirla y me quedé ahí aguantándola, dándole oportunidad a las personas para que salieran; salían por entre mis piernas, porque no había otra manera”, recuerda Carmen.

Indica que la desesperación era tan grande, que algunos se tiraron por sobre su cabeza; todo el mundo estaba quemado, “porque en ese elevador había candela”. De pronto, Carmen mira hacia atrás y una bola de fuego “me estaba apuntando directamente a la cara y dije: ¡Ay Dios mío me voy a morir! Fue en ese momento cuando se me quemó toda la cara. Mis manos también estaban ardiendo. Entonces solté la puerta del elevador y me tiré al piso. Logré que se me apagara el pelo que también estaba ardiendo y me froté las manos con la alfombra para que se apagara el fuego”.

Luego se fue gateando, no veía nada, solo el humo negro del fuego. Llegó a un lugar en el mismo piso, donde había un poco de luz.

Ahí pudo ver la pared de mármol que se estaba desprendiendo y le dijo a las personas que estaban ahí: “no se queden aquí”. Ellos no le hicieron caso porque dijeron que tenían miedo.

Luego, alguien la llevó a una oficina, donde la sentaron. El jefe de esa empresa era hispano.

Carmen recuerda que agarró al señor por la camisa y le dijo llorando: “yo no quiero estar aquí, sáquenme, por favor”; fue entonces cuando él le dijo a alguien: “ella está muy histérica, llévala a la escalera para ver si alguien la ayuda a bajar”. La llevaron. Carmen recuerda que no había luz por ninguna parte, se veía solo humo negro... “yo como pude fui bajando las escaleras; por todos lados escuchaba voces que gritaban ‘¡Dios mío qué es lo que está pasando!, ¡ayúdenme!, ¡me voy a morir!, ¡no veo nada!’...era una cosa impresionante”.

En su huida, Carmen se encontró con una de sus compañeras de trabajo que le dijo: “Carmen eres tú, yo te oigo, pero no te veo’, hasta que nos encontramos y nos abrazamos. ‘Vámonos hacia abajo”, le dije.

Se fueron corriendo por las escaleras “y cuando llegamos al piso, calculo que era el No.45, empecé a ver a la gente parada contra la pared en las escaleras. Todo el mundo esperando y los bomberos subían. Y yo decía, ‘pero esta gente qué hace aquí, por qué no se mueve, se van a morir’. En eso un bombero dijo: ‘denle paso a todo aquél que esté herido. Pero yo seguí bajando, iba gritando, no podía dejar de gritar... hasta que llegué abajo y me introdujeron en una ambulancia”. Un muchacho que era paramédico la atendió, ahí había fotógrafos y reporteros. La última foto que le tomaron a ese paramédico fue con ella.

“Después que él me atendió y me dio los primeros auxilios, regresó para ayudar a más gente, pero no volvió; fue una de las tantas personas que ahí murieron. La familia de él me ha llamado, la mamá me dijo que quiere aunque sea tocarme, porque yo fui la última persona que estuvo en contacto con él. En la ambulancia donde él me atendió había cinco personas más que estaban quemadas por todos lados: en la cara, en las manos, en las piernas, fue algo impresionante verlos a ellos en esas condiciones. De pronto, cuando me acuestan en la ambulancia yo miro para arriba y él me tapa los ojos y me dice: ‘no mires eso, para qué miras para allá’, y yo entonces le pregunté: ‘¡¿por qué el building se está quemando!?...’. yo no tenía idea de que un avión había impactado la torre”.

Carmen Griffith llora desconsolada, mientras señala que nunca pensó que esa mañana tendría que decirle adiós a tantos amigos de toda la vida.

Cuando llegó al hospital fue que ella vio en una televisión pequeña que había ahí, lo que estaba sucediendo y ponían una y otra vez la escena de cuando esos aviones se estrellaban con los building. “De pronto reaccioné y dije: Arturo, ¡ay, Dios mío, Arturo debe estar muerto! En eso llega un grupo grande de heridos y yo le dije a una de las personas encargadas que por favor, si ellos estaban haciendo una lista, se fijaran si aparecía el nombre de mi esposo: ‘él se llama Arturo Griffith, y todo el mundo lo conoce como Panamá...¡please, venga y dígame!”; la persona regresó y le comunicó a Carmen que no lo habían encontrado.

En su mente solo había una idea: “está muerto”. En ese momento se puso tan histérica que tuvieron que ponerle una inyección para que se durmiera. Eso fue en cuidados intensivos. Despertó a los tres días. Estaba tan, tan hinchada, que no podía abrir los ojos. Se tocaba la cara, la boca, “y me sentía que estaba deformada y empecé a llorar otra vez, y la persona que estaba conmigo cuidándome me decía: ‘no te preocupes que tú vas a estar bien, tú te salvaste... hay mucha gente que no se salvó y que ni siquiera la encuentran’; en ese momento yo le pedí a alguien en el hospital que por favor llamara a mi mamá y le informara la verdad: que yo estaba quemada en la cara y en las manos. Después de un rato la persona vino hacia mí y me dijo que había hecho la llamada y que mi mamá le informó que mi esposo estaba vivo”. En medio de tanta tristeza, por lo menos tuvo esa buena noticia: que su esposo no había muerto.

Todos los días Carmen, inevitablemente, recuerda la tragedia y lo que más le duele es reconocer que “esa gente no pudo salir de allá arriba; era bastante gente que había del piso 101 al 107. En el 107, en la cocina, había más de 300 personas. Del 101 al 105 estaban las oficinas de la Bolsa de Valores, toda esa gente que ella conocía murió. Esos trabajadores llegaban todos los días a las 6:00 de la mañana. “Yo los veía siempre y nos saludábamos. Ese día los había llevado a sus respectivas oficinas. ¡Cómo me duele cada vez que pienso que no voy a ver nunca más esas caras que vi durante tantos años!...ninguno se salvó...qué triste es todo esto. Trato de no pensar en lo sucedido, pero ¿cómo hago?, si no lo puedo olvidar...qué horrible...tanta gente inocente que perdió su vida. Compañeros de trabajo de toda la vida, muchos de los cuales, la mayoría, eran buenos, buenos amigos. Todavía no creo que ellos se fueron; veo la lista una y otra vez, y me parece que todo esto no ha sucedido”.

Carmen y Arturo relatan los hechos ocurridos el 11 de septiembre, junto a su pequeño Terrence.

Carmen asegura que “nunca, nunca, voy a olvidar a esa gente ni las torres... con ellos se fue una gran parte de mi vida”.


Dile que la quiero, aunque esté quemada

Esa semana, Arturo, que laboraba en el Departamento de Mantenimiento, estaba cubriendo el turno de un compañero suyo, que precisamente es oriundo de Afganistán. Estaba trabajando en el elevador de carga que iba del sótano 6 al piso 108 de la torre número uno.

Arturo recuerda que como a eso de las 8:00 de la mañana, Carmen lo llama por radio y le informa que el suyo se estaba quedando sin carga. Así es que él se encargó de buscarle una batería y se la llevó al sótano 2; ahí recogió a una trabajadora de construcción y la iba a llevar al piso 49. Cuando iban por el piso No.15 “sentí un estruendo, algo muy fuerte. El elevador se desprendió, se fue en picada y paró en el sótano 2”.

Recuerda Arturo que luego se produjo una fuerte explosión que desprendió la puerta del elevador, la cual le cayó encima de la pierna y le partió la tibia.

Cuando eso sucedió hubo otra explosión en el panel, donde están los números de los pisos. Sintió que todo se estremeció y el movimiento hizo que se estrellara contra la pared, por lo que quedó inconsciente por unos minutos. Cuando volvió en sí, el elevador estaba tan lleno de humo negro y polvo que no podía respirar. Se cubrió la nariz con la camisa y al fondo vio como la luz de una linterna. “Pedí ayuda. La persona me decía: ‘te escucho, pero no te veo’ y yo le respondía: ‘estoy en el elevador de carga’... Cuando él ponía la linterna para alumbrar hacia donde yo estaba, lo que veía era humo negro. Yo le decía: ‘estoy aquí, estoy aquí’. El me preguntó que si podía caminar. Cuando me levanté caí inmediatamente. Traté de levantarme dos veces y dos veces me caí. Yo pensé que había huecos en el elevador, no entendía lo que estaba pasando, porque no me dolía nada. De pronto, me toco la rodilla y siento los huesos a flor de piel.

Entonces, cuando yo estiré una de mis manos hacia donde él estaba, vio la punta de mis dedos y me agarró la mano. El me insistía en que saliera del elevador, pero le dije que no podía moverme. Entonces lo que hice fue que empecé a gatear al tiempo que él me halaba por una mano. Hasta que llegué al piso. A la muchacha que iba conmigo en el elevador no le pasó nada. Me quedé ahí un rato... goteaba agua por todos lados. Nosotros no teníamos idea de lo que estaba pasando. Por ahí llegó una persona que dijo: ‘¿saben que un avión se estrelló contra el edificio?’. Pero nosotros pensábamos que era una avioneta pequeña. No le dimos importancia, entonces yo pregunté: ‘¿en qué piso fue el impacto?’, y la persona respondió: ‘por los 80’. Fue cuando reaccioné, pensé en mi esposa y pedí que llamara por radio a mi esposa para saber si estaba bien. El muchacho me contestó: ‘mi radio no está trabajando’. Eso no era cierto, porque lo que él temía era que hubiese una mala noticia. Que ella estuviera gravemente herida o quizá muerta, porque como recordarás, ella estaba en el 78”.

“Estuvimos esperando por ayuda alrededor de 30 minutos y nadie llegó, y los muchachos que trabajaban en construcción cortaron dos pedazos de madera y me las colocaron en la pierna herida, luego me sacaron y me colocaron en un carro donde cargaban los equipos”, explica.

Salieron a una calle y cuando Arturo miró hacia lo alto del edificio, el daño era tan grande que fue cuando se dio cuenta de que no se trataba de un avión pequeño.

“Mi esposa está muerta”, esa era la única idea que Arturo tenía en su mente. Veía las ambulancias y le decía a todo el mundo “mi esposa está muerta”.... ”Ella no ha podido sobrevivir”.

Arturo recuerda, con lágrimas en los ojos, que pedía desesperadamente que lo llevaran hacia donde estaban las ambulancias, porque había muchas. De pronto vio al supervisor de Carmen y le preguntó por ella. El le contestó: “no, no ella está bien”. “¿Cómo dices que está bien si tú estás aquí abajo?”, le preguntó Arturo.

De ahí lo llevaron a un hospital en Manhattan y lo atendieron en el cuarto de urgencia. Luego lo condujeron a una sala donde había teléfono. De ahí llamó a la mamá de Carmen y le preguntó si había sabido algo de ella, a lo que la señora le respondió que no.

Todo el día Arturo se lo pasó averiguando por teléfono y no recibía noticias. Al otro día, (12 de septiembre) le informaron que lo iban a operar y que la operación iba a durar 3 horas y media.

Relata que llamó a Nelly, su suegra, y le comunicó que lo iban a intervenir. Cuando salió de la operación, como a las 10 de la noche del día siguiente, llamó a su suegra nuevamente y ella le dijo: “hijo, la encontramos, está viva, pero tiene quemaduras graves en el rostro y en las manos”.

“Fue una alegría grande para mí saber que ella estaba viva, pero no fue sino hasta tres días después que logré hablarle. Me dieron el número de teléfono del hospital donde estaba, llamé y hablé con una enfermera que me dijo que mi esposa no podía hablar y yo le contesté: ‘por favor, dígale que la quiero, no me importa si está quemada o no, la quiero como sea que esté”.

Por todo lo que sucedió ese día Arturo y Carmen han reforzado su amor. Ellos se conocieron en la torre gemela No.1. Durante muchos años fueron grandes amigos. Luego iniciaron una relación y al cabo de algún tiempo contrajeron matrimonio. Tienen siete años de casados.

–¿Qué ha significado esa experiencia para ustedes?

–Nosotros siempre hemos sido bien unidos, pero esta terrible experiencia nos ha unido aún más. Ahora nuestro amor es mucho más intenso, dice Arturo abriendo sus brazos plenamente.

Ahora apreciamos mucho más la vida; cosas que antes nos molestaban ya no nos producen ningún disgusto, esta experiencia, definitivamente, nos ha hecho más humanos.

Ahora Arturo y Carmen están incapacitados, ambos están en terapia, y próximamente tendrán que ser operados nuevamente. El en la pierna y ella en una de las manos.

Por recomendación de su terapista de Nueva York, están en Panamá tomando un relax, porque allá solo salían de la casa para ir a terapia. Ellos reciben una compensación de parte de una compañía de seguro, que también está cubriendo todos los gastos médicos.

Cada vez que hablo de lo que sucedió, me parece que lo estuviera viviendo, dice Carmen llorando incesantemente...es como si hubiera ocurrido ayer.

Las torres, sobre todo la gemela No.1, eran parte de sus vidas, “es por eso que sentimos que la mitad de nuestra existencia desapareció con ellas”, dice con nostalgia Carmen.


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